Sociedad revolucionaria

Somos la sociedad que no asume el compromiso
con la evolución.
Decimos mucho y hacemos muy poco o nada.
Demasiados hipócritas y queda bien.
Una sociedad que convierte a la mujer 
en artículo de carnicería.
El acoso sexual parece normalizado;
son esas miradas que rozan y atraviesan la grosería;
esas palabras de más, que denigra el significado de respeto.
Una sociedad creada por nuevas generaciones
que se educaron sin el ejemplo de romanticismo;
ni cartas ni flores, ya solo se dedican canciones sobre sexo.

Hoy, desfilan los falsos amigos de internet
que aplauden por un follow a cambio.
Todo controlado por la superficialidad,
el poder, la avaricia o el qué dirán.

Hoy, está de moda la réplica
contra la defensa de un tema que toque la fibra.
Siempre va a haber alguien que se oponga y te rebata;
de eso, hoy, nadie se libra.
Si eres mujer y hablas en contra de un asesinato machista,
te hablarán de por qué no pones la misma pasión o interés
en la noticia de aquel asesinato que protagonizó una fémina.
Si eres hombre, te cuestionarán tu hombría
por no "meter en cintura" a tu novia.
Y ese, es otro ejemplo más de que la mujer,
siempre ha sido vista como una propiedad.
No nos entendemos;
quizá ni queremos.
La mujer se ha vuelto guerrera por necesidad,
y comprometida con su género.
Pero también es susceptible y tiene miedo al hombre.
El hombre, es el animal carnívoro más fiero sobre la noche.

Somos esa sociedad que confunde todavía 
feminismo con hembrismo.
Como si el feminismo solo fuera cosa de chicas;
chicas con altanería.
Nos juzgamos, nos tememos,
nos enfrentamos y nos declaramos la Guerra Fría.
Esa guerra a la que nos sometemos por no querer comprendernos,
es nuestro más elevado y tétrico abismo.

La revolución de ritmo incompenetrado
no va a conseguir vencernos;
nos morderemos como perros hasta sangrar,
pero nadie lo va a saber parar.

A la mierda

Es muy sencillo decir que seamos sinceros y comunicativos con lo que sentimos. ¡A la mierda! A la mierda todos los que te miran con pena e intentan que abras tus putas heridas como si fueras a devolver esa puta bilis que te remueve el estómago y entonces, todo parase. Que se vayan a la mierda, todos los que te aconsejan que hay que seguir adelante y ser felices. Como si existiese en algún recoveco de mi cuerpo esa escurridiza felicidad. Nadie que no haya pasado por algo parecido al infierno, sabrá lo duro que es contar esa verdad; lo imposible que es. Que me he mirado al espejo y he sentido asco, y he sentido odio al mirarme. Apenas me miraba para evitar esa maldita sensación. Me importé una mierda. Me traté como a un objeto al que mi mente movía con ese automatismo suyo, de un lado a otro, al que debía ir. Mi cuerpo estaba presente, mi cabeza... mi cabeza siempre estuvo en otro lugar. Dormía hasta las 14:00 de la tarde solo para poder encontrar esa estúpida felicidad en mis putos sueños, porque solo en sueños dolía todo un poco menos.
Me peleé con todo a mi alrededor, con mis nudillos prietos, rabiosos y decepcionados. Mi rostro no podía ocultar tanto; aunque lo deseaba, no podía. Grité tan fuerte que me rajé la garganta, pero no sangré. Nadie me oyó. Nadie se dio cuenta de que moría. Lloré tanto que deseé desaparecer, pero nunca desaparecí por más que rezaba para que todo acabara. Quise acabar conmigo. Por un tiempo no quise otra cosa que acabar conmigo. Ahogué mi rugido de auxilio con mis manos y también lo ahogué entre cojines que sufrieron mis garras. Nunca he sido capaz de abrir la boca para pronunciar la primera palabra, ni tan siquiera la primera consonante, de mi declaración de intenciones, ni de mi jodida confesión de este asesinato emocional que sufrí en mis putas entrañas. Y aún lo recuerdo. Me atormenta el recuerdo. Porque nadie fue capaz de parar con todo para apagar el maldito incendio que ardía a mi lado; el maldito incendio que quemaba mi cara, o quizá fueron las lágrimas. Las putas lágrimas. Demasiado tiempo pasó. Demasiado tiempo pasé de un infierno a otro quizá peor. Me desfasé con los efectos de la infelicidad. Estuve muerta; o quise estarlo.
Pero es que estoy harta de que todo vaya tan mal. Y sé que si vivo incrustada a esta mierda, acabaré muerta, a manos de mi pena. Y no me da la gana. Es muy sencillo decir cambiar. ¡Cambia! Pero nadie es capaz de hacerlo hasta que te ves de puntillas sobre el vértigo de la vida; y solo puedes elegir caer o seguir en la búsqueda de algún golpe de suerte. A la mierda, yo prefiero pelearme con lo que dicta este presente; luchando; buscando a mi suerte.

Noche 1

Beso a la luna con mis ojos fijos
sobre su vestido blanco, impecable y cristalino.
Las estrellas rumorean sobre nuestro romance,
deseando que el cielo las abrace
como yo abrazo al cuerpo celeste
con mi mirada clandestina y salvaje.

Dicen que nuestro amor es lunático.
Quizá para ellas no tenga sentido.
A diferencia, yo practico el amor, no lo predico.

Que digan lo que quieran.
Yo,
soy feliz a mi manera.


Plena vejez

Los surcos de mi piel
muestran todos mis años.
Cada pliegue representa un momento feliz,
quizá una fecha exacta, o tal vez
un amor que pasó por mi vida dejando
alguna que otra cicatriz.

Me llaman viejo,
pero mi niño interior aún vive;
lo siento dentro, saltando tan alto
como mis piernas ya no pueden.

Torpeza,
olvido,
quizá despiste.

Todo llega,
de pronto abres los ojos y
todo llega, ya ha llegado.

El torrente de energía se calma,
ya no hay llama viva en esta mecha anticuada.
Me llaman viejo
y es cierto que mis ojos marchitos me delatan;
y es cierto que en mi piel cuelgan mis noches más largas;
y es cierto que soy
débil, lento y tal vez aunque no lo admita, dependiente,
pero tengo tantas ganas de vivir como siempre.
Aunque ya no sonrío vigoroso,
si no, nostálgico.

Mi mente recuerda,
se entristece con profunda nostalgia.
La vida varía, y yo me siento un bebé descubriendo
las rarezas de este mundo.
Aprendo a conocerme a mí mismo
porque ya no parezco el mismo,
y eso me fatiga.
Y sí, me llaman viejo,
pero yo sé más que todos ellos
que la vida es tan cruel como también hermosa.
Que,
sin espinas, no hay rosa.
Que yo ya he vivido mi vida
y paseo por mis días llorando la perdida
de mi amada esposa.
La soledad me abraza,
me pesa, y duele.
Pero esto es la espina que clava en mis dedos.
Ella,
fue toda flor que clavé sobre mi pecho, intensamente.
Tuve su boca sostenida con mis labios
tantos años,
que ahora siento cómo ahonda en mi carne
el pinchazo de esa mujer que fue
clavel, lirio y rosa.

Mi vejez es plena, pero sin ella
mi vida deja de ser tan hermosa.

La soledad me abraza.
Me aterra y me desgasta.

El miedo en el amor

Él nos incapacita,
se burla de nuestra seguridad,
nos empuja hacia la duda.

Él nos manipula,
nos cela,
nos hace caprichosos,
bestias,
totalmente irracionales,
y portadores
de la enfermedad más aguda.

El miedo
es el domador de emociones
y acciones.

Más fuerte, más potente y más fiero
que cualquier maldita droga.

El miedo,
ese miedo,
es el irremediable tropiezo
que se prolonga hasta llevar con nosotros,
a quien decimos amar, hacia la soga.

No te reconozco

Debemos ser algo así como una constante variable,
o quizá tenemos en nuestra cabecita
un duende que nos diga
olvídalo todo
y entonces,
nosotros lo olvidamos todo
como por cuestión de inercia;
como si no hubiese pasado por nosotros
aquella persona que duró 365 noches.
Ya te dejan de vislumbrar sus manías
que te llegaron a gustar de forma crónica;
también sus poderes
para hacerte frágil e inderrotable.

Así de fácil nos olvidamos,
nos desaprendemos.

Y si no es así, entonces dime,
dime por qué no te reconozco.

Comerciantes de ilusiones

Me podrán sangrar las puntas de los dedos escribiendo sobre mis noches más tristes, y me seguirán negando la entrada a mi propio ensueño. Pero esos jodidos comerciantes de ilusiones, no van a quedarse con mi mérito. No los necesito.

El cuidador

Ha llegado el momento. Me siento ajeno a todo, como si todo fuera incierto. Pero esta realidad supera la magnitud compleja de un sueño.
La anciana que he estado cuidando era pura fragilidad; huesos ya rotos, como el cristal fino y débil. Pero ella, fue todo un huracán revolviendo mis emociones por dentro; quise mimar y mimé su piel manchada, arrugada y bruta. Yo sentía cómo clavaba su mirada sobre mi nuca, y me he sentido claustrofóbico entre su olor senil y su sonrisa agradecida. Pero eso me gustaba.

Me ato los cordones de estos zapatos negros, de brillo impoluto, que apenas suelo usar. No los quisiera tener que usar. Voy de camino a su entierro. Y me invade su recuerdo, cuando decía que me alejara de ella. No entiendo por qué querría eso.
Se supone que debería estar pensando en lo buena persona que fue, y lo bonita que era su alma, pero no cesan de llegarme escenas de todo lo que he sido por ella, y de todo lo que últimamente me ha hecho hacer, tan sucio. Maldita sea, esa perra me obligó a tener que ponerme estos zapatos negros. Ella prefirió esto.
Me ha dejado aquí tan solo; era todo lo que ocupaba mi rutina y ahora... me siento tan jodidamente solo. Y la culpo. La culpo porque ya no está. Le agarré y le dije déjate, y no se dejó, no quiso quedarse conmigo. Ella prefirió esto. Tanto la cuidé y quizá no supo verlo. Y aunque mis ojos estén inundados de reproches, yo aún siento amor por ella. Un mimo constante que se convirtió en hábito, un hábito que me consumía, y me aliviaba al mismo tiempo. Nuestras soledades ya no estaban solas.

Salgo de casa, vestido de este fúnebre traje, con el que me siento ahorcado con el maldito nudo de la corbata. Intento aflojarlo. Pero miro al cielo, y me doy cuenta de que aprieta aún más esta bochornosa calor de pleno julio. Mi frente suda, y se confunde con el sudor de mis nervios forzosamente pasivos.

Cojo el coche para conducir hasta el cementerio. El camino será largo. Adentro la llave de contacto y con el motor ya rugiendo, me detengo unos segundos con la mirada perdida, y tras ese silencio hueco, continúo. Mis manos presionan, sin darse cuenta, el volante. Me siento profundamente apenado y tan vacío que siento la ligereza de mi cuerpo flotando entre la melancolía. Maldita sea.

Estoy casi llegando. Busco con la mirada algún hueco libre para aparcar. Esto está lleno de coches. Voy tan despacio, como si no quisiera llegar nunca. Este afligimiento se convierte en pesadilla, quizá incertidumbre. El amor, tal vez, se convierte en odio por momentos. Es que la odio por no haberme dejado estar con ella. Si me hubiera dejado, no hubiera pasado nada de esto.

Aparco al fin. Allí están todos ellos, entrando ya por las puertas de este infierno de muertos. Y su silencio. El abandono. La pena colgando de sus letreros anunciando sus nombres. Las flores dando un poco de color, para engañarnos. Pretenden hacer bonito algo terrorífico. Yo, como todos, sigo el sendero hacia esta vida del revés. Cruzo la entrada y apresuro el paso para encontrarme con el resto. Todos son familiares y amigos. Quizá algún curioso, de paso. Respiro. El corazón me golpea contra la camisa y le susurro que pare. Pero mis ojos se encharcan. No veo nada. Me limpio.

-Por Dios, chico, ¿cómo estás? Siento que te haya pasado a ti, a solas. Debe de ser un recuerdo terrible. _me dice uno de los hijos de la anciana, golpeándome la espalda, en un abrazo efímero_
-No te preocupes; gajes del oficio. Siento no haber podido hacer más. _le contesto, lamentado_
-Mi madre era ya muy mayor, _dice para consolarme_ ya tuvo varias caídas, y le advertimos que no subiera las escaleras, ¡malditas escaleras! _se exalta culpando a las escaleras de la casa, mientras se reúne con sus otros hermanos_

Algunos familiares, más jóvenes, tan jóvenes como yo, parecen hacer más caso a sus móviles. Intercambian textos. Yo miro el mío, por si acaso, siempre por si acaso. Ni una llamada perdida, ni un mensaje, nada. Hace seis años que me alejé de todos. Yo me he buscado este vacío. Veo que son las 11:00. Apago la pantalla y alzo la vista hacia el ataúd. Madera gruesa de color caoba, rodeado de varias coronas de rosas, adornando a la tristeza. Como si eso remediara la sombría impresión que se siente en un lugar como este. Lo alzan con cuidado, lentamente, y lo introducen hacia el nicho. Todos aguardamos un minuto de silencio. La cabeza al suelo, la mirada volteada entre lágrimas. No veo nada. Otra vez no veo nada. Vuelvo a limpiarme. Tengo un flashback. Recuerdo otra muerte. La perdida terrible de mi novia hace ya seis años. Aún la quiero. Aún la recuerdo como si fuera ayer cuando miraba mis labios justo antes de besarme. La echo de menos. Desde aquel fatídico accidente de coche en donde la perdí, no he podido volver a estar con nadie. La anciana era toda persona con la que volvía a entregar mi cariño y dedicación. Nunca he podido hablar de ella. Me duele. Todavía me duele. A veces creo que cuando se fue, se llevó con ella mi cordura. Me horrorizó verla tan destrozada. Es algo que no puedo sacar de mi cabeza; ni mi amor por ella, ni su cuerpo convertido en pura fragilidad contra el asfalto. Ojalá yo hubiera ido con ella. Ojalá yo en su lugar.
Lloro. Lloro como aquel día en el que grité su nombre mientras la oscuridad sacudía sobre su féretro. Quizá morí con ella.
Después de este minuto, se escucha de nuevo al murmullo. A las voces cortadas por el llanto diciendo “no pasa nada, ya era mayor.” ¿Dejaremos de importar cuando cumplamos tantos años? ¿Acaso no duele tanto la pérdida cuando alguien muere mayor? Creo que esa es la frase más absurda, para consolar a la pena. “Es mayor.” “Ya pudo vivir su vida.” Creo que hay personas que han perdido la vida muy jóvenes y que han sido más felices que en toda la vida entera de algunas personas de 65 u 80 años. Caprichos de la vida. Azar. No sé.

Veo cómo todos se funden en largos abrazos que calman al dolor, y refrenan la caída de las lagrimas que quieren brotar hacia las mejillas, saltando con fuerza.
Todos vamos a echar mucho de menos a la anciana. Sobre todo el hueco de mis horas muertas que ella ocupaba. Pero ahora ya no importa. La depresión sigue a mi lado. Respiro. Nadie parece sospechar que yo la he matado.

Llamada de urgencia

¿Puede una persona avanzar cuando te están dando toquecitos sobre el corazón? Como si pudiera este hacer algo más, cuando está roto. Te grité socorro. Pero nunca me oíste.

¿Apostamos?

Quiero apostar por ti.
Mirarte un día y darme cuenta de
que eres todo lo que he buscado.
Detenerme en tus ojos y
transportarme a otro mundo
al mirarlos.
Agarrarme a tu cintura como si
fuese mi amuleto.
Perder mis miedos cuando me
abraces, y mis dudas cuando me
mires a los ojos.
Que puedas mirarme y ver en mí
a la persona que necesitas
contigo.
Llenar el sofá de palomitas por
comerte la boca en mitad de una
película.

Quiero arriesgar.
Si no me juego todo al rojo de tu corazón,
cómo saber que eres quien me hace bien,
o me hará mal.

Una hoja en blanco

Prefiero dejar la hoja en blanco a
escribirte unas palabras donde
trasladarte lo que me haces sentir
y cuánnto me gusta esa persona
que soy, contigo.
Prefiero dejar la hoja en blanco
porque no quiero crear una ilusión
preconcebida.
Quiero que
podamos mirarnos fijamente y
sepamos entendernos con la
mirada.
Tus ojos en los míos, y mi
corazón encajado en el tuyo...
o no.
Soy como un puzzle con una
pieza perdida y quiero encontrarte
como si tú fueras esa pieza.
Mi pieza.
Mi pieza perdida.

Pueblo y gobierno

Si no fuésemos tan borregos,
conformistas y autodestructivos,
no habría tanto títere
despellejando la confianza de quien quiere
y de quien necesita
mejorar.

Somos la sociedad burlada
a manos de la avaricia de poder.
A ellos no les conviene
que tú puedas prosperar.

Quieto, pobre, ignorante y con bozal,
eres mejor marioneta.

Progreso

Por las noches cerraba tan fuerte los ojos.
Quería desaparecer;
incluso rogué a la fe.
Me alentaba dentro de mis sueños.
Me prometía que saldría de esta.
Buscaba alguna excusa para creerlo.

Sin ilusiones,
no hay resurgimiento.

Huelga contra los piratas

El despotismo de la opresión nos controla.
El sistema nos controla.
Vivimos consumistas por unas necesidades
superficiales;
somos embaucados por el capitalismo.

Trabajadores explotados
con horarios reprochables,
y sueldos, descompensados
en relación a la labor realizada.
Esclavizados.
Desmoralizados por la mínima recompensa
y la falta de tiempo en ocio y descanso.

Todavía en este sigo XXI existe el explotador con su látigo.
Es la palabra del cacique.
La amenaza, es el despido.
La amenaza, es no poder mantener a una familia;
es no poder mantenerte a ti mismo.

Y eso, es miedo.
Así nos manejan, con el miedo.

El vendedor mira hacia su ombligo.
Los caciques recogen el mayor porte del beneficio,
recolectado por la mano de obra de los empleados marionetas.
El consumidor echa la vista hacia un lado,
solo piensa en su bolsillo.
La oferta y la demanda.
Venga, vacía tu bolsillo.
No importa el trabajador explotado.
No importa que realmente, en el fondo,
tú también seas engañado.

Aplaude tu estupidez o únete a la batalla.
Porque si no hay unión, todos salimos perdiendo.
Sin apoyo ni rebelión, siempre ganan esos malditos piratas.

Nos han mirado a los ojos,
nos han usado,
y luego,
nos han echado a patadas.

Que no se nos rían más a la cara,
esos aprovechados.

Provocación

Una noche cualquiera
me tropiezo con tus ojos fijos mirándome.
No deberías mirarme así, y lo sabes.
No debería mirarte así, y lo sé.
Qué haces tentándome, sonriéndome.
Quizá debiera hacer como que no estás
ni importas; es que ya no me importas pero...
por Dios, para.
Quizá reprocharte que te atrevas a entrar a mis ojos
con tu mirada,
y que lo hagas todavía con esa cara insinuante.

Deja de mirarme así, joder,
que me matas.
Hazle caso a tu acompañante.


Trauma

Tirame los platos sucios,
grita, berrea, mírame odiándome,
manipulame,
y haz que todo el mundo crea
que estoy a tus pies.
Sigue,
agárrame de la muñeca con tanta fuerza como
la que te falta para saber quererme bien,
si así crees que te sientes mejor.

En eso se resumía todo lo que fuimos,
mientras tú lo llamabas amor.

Maldito amor.

Miré hacia abajo
y tú sonreías burlón,
pensando que eras rey, mi rey.

Quizá has gobernado mi juicio
hasta extirpar mis ganas de vivir
llevándome a la locura;
quizá has apretado de más a mi piel,
quien solo te pedía noble.
Y dicen por ahí que el tiempo todo lo cura.

Y no es verdad.

Eres una cicatriz lo bastante profunda
para que todavía, sigas presente,
porque fuiste la enfermedad degenerativa
de mi mente.

Te vencí, sola.

Ahora,
eres trauma.

Eclipse

Dime,
hacia dónde van todas las heridas que nos hacemos,
cuando nuestras miradas hacen eclipse.

Nos abrazamos a todo cuanto merece la pena.
Somos mucho más que el error que atraviesa nuestro pecho;
que la palabra hiriente en forma de cuchillo sobre nuestro cuello
en mitad de una trifulca;
somos mucho más que la infundada travesía
a la que corremos a través de nuestra piel, con zapatos de clavos.

Cariño, me haces daño,
y también yo a ti,
pero,
pasados tres días y dos noches
recuerdo que pese a todo,
donde estoy mejor es bajo tus brazos,
tan a salvo.

Y cuando volvemos
a mirarnos a los ojos,

ya nos hemos arreglado.

Musa

Qué son las musas,
sino, pequeños detalles que el ojo humano a veces no capta
a primera impresión.
Una parada sobre cualquier momento, persona o razón,
que te permite la invasión hacia su lado más
emocional y significativo.
La apariencia esconde siempre su faceta más polifacética;
artística o dramática,
arrogante o sentimental.

Musa eres tú.
Musa, también soy yo.

Musa es el hombre que
sigue regalando flores un día cualquiera.

Musa es la mujer que
lucha a diario para mantener y educar a sus hijos
dejándose ella siempre en último lugar.

La gente diferente son musa, inspiración.

Musa eres tú,
que me miras con esos ojos tiernos cuando me marcho
y me piden en silencio que no me vaya.
Y me regalas besos de más
cuando te pongo la cara y le robas a mi boca.

Inspiración es todo aquello que
por mínimo, invisible e imperceptible que sea,
irrumpe en la mente del artista,
como droga que magnifica por completo,
toda sensación.

Lujuria

Me muerdes la boca
con instinto cazador.
Tu adrenalina es una loba
cazando carne en la noche;
para tus ojos de animal mi piel está bañada en luces de neón.

No hay posible huida.
Eres mi perdición.

Quitapenas

Amores de pasatiempo:
medicina alternativa.
No cura, solo alivia por solo un momento.
Buscas aventuras bajo las sábanas
mientras el recuerdo se está yendo,
en lo que dura el arrebato.

"Necesito tiempo", grita el corazón.
"Ve a contarle a otro el cuento,
estoy harto de tus miedos",
le dicen sus ganas de superación.

Ya no es lo mismo

La frenesí a flor de piel se hace cenizas tras mis pies;
tras mis años de traumas; tras la pasión corrompida y desgastada.
Exhumo mis ganas por vivir, sentir, amar.
No puedo notar nada de este mundo como antes.
Ni yo sé qué ocurre, solo sé que me siento torpe; yo no soy yo.
Quizá por todo lo que ya colisionó en mis vértices,
como un barco de papel hundido en la mar;
sí, quizá por todo eso yo ya no soy yo.
Me cansa todo, me aburre todo hasta decir para, basta;
y eso pesa cada vez más.
Me despisto entre la voz de mi cabeza,
y yo le digo, sal, sal de mí, ya.
Aquella cuerda que lancé a lo alto de mis lágrimas
me lograron ahorcar.

Doblegación

Estamos predestinados al odio, como los hermanos Gallagher. Somos el huracán Joyce amenazando Miami. Miami es nuestro amor. Amenazamos con marcharnos, con arrasar con los buenos momentos y escupirlos en reproches. El orgullo es capaz de disfrazar todo lo bueno que podemos sentir en declaraciones de guerra, en gritos e insultos. Y si rajas la piel y abres en canal a esos gritos e insultos, encontrarás al fondo a la derecha, al amor. Un amor que no sé si vale la pena pero que deja grandes huellas sobre el corazón. Imborrables. Como imborrable lo eres tú. En las noches a solas, sin ti, mi piel te pide y extraña tus abrazos, pero yo no consigo olvidarme de tanto daño. Y no sé qué hacer. Deberíamos dejarlo, pero tomé de tu cielo demasiados gramos.

                        Esta mierda nos está matando.
                                 Y aun así, te amo.
           





                                 

Derrotados

Cuando nos sentimos derrotados
yo te pido pause,
tú, que me baje de tu tren.

Si tú quieres, yo me bajo,
nuestros corazones no están casados.

Ven,
le digo a mi depresión.
Vamos a coger el metro.

A la mierda el amor.

Querido amor de vaivén:

Deja de quemar rueda, por favor.
Que no soy una maldita pista de carreras
para que corras y pares cada vez que tú quieras.

Sacas tu navaja afilada como por sorpresa
y consigues despistarme.
Dime qué quieres;
yo siempre voy a negarme a ser tu presa.

Así que quiéreme bien o para,
o vas a matarme.

Etiquetas

Vivimos en una sociedad en la que todo está regido por etiquetas. Tenemos la desatinada necesidad de etiquetar todo aquello que sentimos, cómo lo sentimos y por qué. El mundo las necesita.
Hemos llegado a un nivel de extrema terquedad por clasificar todo aquello cuanto somos, que vivimos aislando y echando a perder el valor de todas las emociones que producimos. No es necesario saber por qué somos algo o por qué no lo somos; lo necesario es saber entender quiénes somos... y aceptarlo; que no lo entienda el resto, es su problema, no el nuestro.
Bicho raro, antisocial, golfo, puta, feminazi, facha, hetero, gay, lesbiana, pansexual, asexual, chulo, aburrido, soso. Toda esa mierda que se nos asigna, no nos identifica. Somos siempre más. Yo no quiero tener que llevar en la frente, o quizá pegada a la camisa, una jodida etiqueta que grite qué soy, quién y por qué. Que se muera el mundo, si no lo entiende. No somos nada nuevo. Todo lo que decimos ser o todo lo que cuentan que somos, ya ha existido desde comienzos de este loco universo. Solo que quizá, dependiendo de con cuál etiqueta, no existía la libertad, de sonreír diciendo que eras diferente a la mayoría de la sociedad. Y hoy sí. Casi que sí, pero no. Pero joder, a la mierda las etiquetas. Somos mucho más que definiciones. Más que los adjetivos que nos acreditamos y aún más que lo que puedan decir sobre nosotros. Porque nadie nos conoce mejor que nosotros mismos, y a veces ni nosotros; aún menos una absurda, incompleta o impertinente etiqueta.

No lo hagas

No me juzgues por mis gustos,
ni por mis manías como la sentarme siempre al fondo,
o morderme el alma cuando mis nervios tocan fondo.
Ni me juzgues por estos labios, a veces tan exhaustos,
que pierden la fuerza para gritar "aquí estoy yo."

No me juzgues por mi amor;
por la manera en la que sé querer.
Ni lo hagas porque no quiera ser
                 como los demás;

la manera en la que soy,
es la única manera en la que soy plenamente yo y nadie más.
Es que, no quiero ser como tú, ni como aquel.
Ser diferente es la mejor etiqueta
                   que puedo tener
en este mundo
tan precozmente radical
                             y rotundo
en su jugada ligera de juzgar.

Perdonad si no quiero participar
en la aglomeración de borregos,
             
                          malditos necios.

Ni pude ni supe

Mi corazón idiota siempre tan tremendamente
                  utópico
                       y fantasioso;

por convertir en tirita a la persona que quería querer pero no quise;
                            no pude.
Y por dejarme ser, también yo, el apósito de quien no logró quererme,
y aunque decidí olvidarle,
                            no supe.

Su inmensidad le hace gigante

Yo que soy aquella afortunada por abrazar la inmensidad de su cariño.
Soy quien baila sobre sus manos guías
y trae de vuelta a mi boca, la sonrisa de cualquier niño
                                                                    feliz.
No puedo aguantarme las ganas de quererle;
y a ciegas, también me quiere a mí.
Su corazón es una isla enorme
en la que me siento viajante.
                                                 
     Cariño, no hay nadie como tú.
  Tu inmensidad emocional te hace
                 g i g a n t e.





The end of my f****** world

Soy quien intenta decirle a todo el mundo que la vida merece la pena por muy perra que esta sea. Pero yo no puedo salvarme.

Valentine

Amanece julio. Abres los ojos con tu azul oscuro, mirando con toda la atención a cualquier detalle, ya sea mínimo. Te entusiasma, te distrae. Sientes el hambre de la curiosidad; quieres conocerlo todo. Tus 3 kilos '300 sobre mis brazos invaden mi boca y te sonrío, mientras tú sonríes a la vida, tan inocente, que esta te besa los pies. Y yo, que te miro perdida en cada una de tus miradas... te juro, que toda mi vida te voy a querer.