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El chico invisible

Mi vida estaba patas arriba. No tenía ninguna idea de cómo sería mi futuro, de hecho, incluso no me importaba nada; yo no me importaba nada. Suena muy lamentable, pero siempre fui muy dejado conmigo mismo. Quizá tuvo que ver el hecho de que siempre fui un cobarde; por ejemplo, en la escuela, nunca me defendí de los insultos, cuando lo hacían a 20 centímetros tras mi espalda. El murmuro podría golpear con su aliento contra mi nuca, y yo nunca tuve los cojones de volverme y decirles a la cara que me importaban todos ellos una mierda. Que no tenían derecho, joder. ¡Pero quiénes se creían! No eran nadie, eran apariencias, pero tan indefensos e imperfectos como yo podría serlo. La diferencia siempre estuvo marcada en que ellos tenían el atrevimiento de intentar crecerse a toda costa, y yo... yo solo vagaba por mi vida, de puntillas, por si así el mundo me palpaba invisible y no tenía, de esa manera, que esconderme de nada ni nadie. El mundo entero me dolía. El pasar de los días, para mí, era muy caótico, porque me pasé años sufriendo de un lado a otro: en la escuela aprendí a hacerme abstracto; en casa, un refugiado en mi cuarto; en la calle fui el chico raro y profundamente misterioso. Cada etiqueta, cada dedo acusador y cada mirada que taladraba hasta mi inquietud, me hacía sentir un perdedor. Y así siempre estuve a la defensiva con mis puños cerrados o mis brazos en cruz, por si acaso al cerrar también los ojos podía conseguir desaparecer. Era el chico de la capa de invisibilidad. Huía de la realidad: de los gritos, de los miedos, incluso huía de la valentía que nunca quise afrontar.
Tal vez lo que debía hacer era dejar de izar mi corazón por bandera para no padecer tanto cuando la vida hundía sus dedos en él. Y eso hice. Le puse una fuerte coraza y empecé a importarme más yo y menos la manera en que pudieran hacerme daño los demás. Ahora toda esa lacra me importa bien poco.
Y es que, un día como cualquier otro, te levantas de la cama con las pestañas hundidas entre la lluvia de los ojos que a veces no cesa, y te das cuenta de que ya no puedes más. Así no puedes más. Yo ya no quería ser más ese chico triste. Sucede entonces ese famoso click en la cabeza que te rescata de la pena. Yo era un maldito. Estaba destinado al suicidio. Sin embargo conseguí empuñar el mando de direcciones de mi destino y crucé a toda velocidad el caos emocional. Fui libre. Me hice libre.

Ahora me encuentro en un pub cualquiera de la ciudad. Esta noche quiero ser el rey.
Y parece que el sonido de las copas que escucho a mi alrededor, brindan por ello.
Estoy solo. Hoy me apetecía salir acompañado solo por unos tragos de Budweiser. Me encanta la Budweiser. Además la mayoría de mis amigos tienen pareja y no quería sentirme fuera de lugar, otro día más. Hoy al menos, no. Hoy me siento poderoso con esta rubia tan fresquita que entra por mi garganta. Y con eso, no necesito nada más, de momento.
Puedo escuchar sin querer la conversación de unos tipos que están a mi lado, en la barra de bar. Les echaría más o menos mi edad. Quizá 28, 29 como mucho. Hablan de fútbol, comentan sobre lo bien que lo pasaron de fiesta el anterior fin de semana, y hablan de chicas. Sobre todo de chicas. Creo que los chicos siempre tenemos esos tres o cuatro temas fijos de conversación tan superficiales o estúpidos que nos hacen tan nosotros. En el fondo solo somos animales. El mundo es nuestro nido, nuestro refugio, y nosotros, atacamos con la ley del más fuerte. Nos comemos al débil. Somos nosotros aquello de lo que hablaba la ley de Murphy. Somos el mal que le ocurre a este jodido planeta.


¡Dios! No sé si me estoy volviendo loco entre las charlas aborrecidas que no quisiera tener que escuchar de fondo, o estoy viendo en serio a la chica más guapa entrando por este pub. Quizá este sitio sea el mismo cielo y no me haya dado cuenta hasta este momento al verle cruzar la entrada.

Parece perdida, como buscando entre la gente, con su mirada, a alguien en concreto. Seguro que busca a su novio. Todas las chicas bonitas tienen novio. Quizá sea aquel guaperas de la mesa, que toma un cubata a solas. También parece que espera a alguien, y parece que lleva rato haciéndolo, pues el hielo en el vaso parece derritiéndose.
Veo que ella mira el móvil, como si contestase a unos mensajes. Su rostro se entristece por un momento. Y yo no dejo de mirarla. Quiero dejar de mirarla pero no puedo. Joder, no puedo.

Pasado un momento, se acerca a la barra. Qué alegría más tonta siento, mi pecho galopa al ritmo de sus pasos ligeros. Pide una bebida a la camarera y toma asiento. Está tan cerca. A tres pasos de mí está la chica más guapa que he visto nunca. Deja de mirarla, joder.

De pronto, siento una voz que rompe la guerra en mi interior. Levanto la cabeza, miro al lado, y me encuentro con una sonrisa; su sonrisa.

-¿Me recomiendas esa cerveza? _me pregunta_
-¡Claro! _le devuelvo la sonrisa_ Si te apetece te invito a una.
-No hace falta, gracias.

Pero yo le insisto, y acabo invitándole, y pido otra para mí también. En este mismo instante no me parece nada mal un poco de compañía, de alguien que no sea solo el botellín de cerveza. Especialmente si la compañía ahora mismo es ella.

-Y qué haces, ¿esperas a alguien? _me atrevo a preguntarle curioso_
-Ah, no, había quedado con una amiga, pero a última hora no ha podido venir, y aquí estoy. Después del rato que pasé arreglándome no me apetecía volverme a casa, sin tomarme algo, por lo menos. _me cuenta_
-¡Claro! _me río_ Yo en cambio, vine porque a veces me apetece estar conmigo mismo, dejar de sentirme por un momento tan solo, aun estando tan acompañado _le digo_ ¿No te pasa a veces que estás con un montón de gente que te quiere, pero sin embargo tú sientes que te falta algo? Como si te encontraras más solo que cuando de verdad estás solo. A veces pienso que es porque vemos esos pequeños detalles que en el fondo anhelas, aunque a veces lo niegues, y es cuando te pones a pensar, ¡te rallas! Y no hablo solo de amor... hablo de todo...
-Sí, ¡y tanto! _me interrumpe_ Te entiendo muy bien, a veces a mí también me pasa. Pero luego, a solas, escribo...
.¿Escribes? _pregunto, interrumpiéndole ahora yo_
-Sí escribo. Escribo cualquier cosa, entonces me evado, y vuelvo a dejar de pensar en lo que tanto me estaba volviendo casi loca.
-Oh, pues algún día, me gustaría poder leerte. Pareces interesante.
-Algún día, quizá. Quién sabe. Y gracias.
Me sonríe como si le hubiera gustado que me interese por ello, y yo me acerco un poquito más a ella, para mirarle mejor esos ojos tan verdes. Tal vez ella, sea mi esperanza. O tal vez yo soy un iluso.
-¿Sabes? _continúa_ No pareces el típico chico atrevido de la noche. Como esos tíos de allí del fondo que no paran de mirar descaradamente a aquella chica de la falda, como si fuese un trozo de carne al dente. Tú en cambio me miras a los ojos y me trasmites que realmente no eres como los demás.
-Es que no soy un tío normal _le digo riéndome_ Ni me gusta el fútbol, ni marco mi cuerpo con camisas ajustadas y ni siquiera soy capaz de hablar de mujeres sin acabar sonrojándome. De hecho, te confieso que desde que entraste por aquella puerta me tienes nervioso y ahora mismo intento que no me tiemble la birra.

Me sonrojo, se sonroja. Nos reímos a carcajadas. Siento la electricidad. La conexión de su mirada cómplice con la mía. Parece que nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿cómo puede ser posible? Ríe tan bonito y yo me siento tan a gusto, que me dejo llevar, sin pensar cómo acabará esta noche.

-Al menos eres sincero, y eso me gusta. Es muy complicado que alguien sea capaz de decirte lo que realmente piensa a la cara, sin fingir ser alguien que no es, y sin decir algo que no piensa. Por ejemplo, me da rabia que muchos improvisan ser alguien que no son solo para contentar a la persona a la que quieren enamorar. Deberíamos poder ser nosotros mismos sin miedo. Creo que en alguna parte estará esa persona que conecte con nosotros, no hace falta forzar nada con nadie, si no quiere estar.
-Bueno, yo hace mucho que no creo en la humanidad. Somos tan complejos y cobardes. Tan máscara y tan disfraz... Las personas a las que amas acaban haciéndote daño, y siempre acabas perdiendo la fe una vez más. Yo solo creo en las excepciones _le digo poniéndome algo intenso; y deseando que ella sea una excepción y no un espejismo._

Han pasado varias horas, y aquí sigo, me sobran por completo las cervezas. Y no puedo ni creer, ahora que sin querer miré el reloj de mi muñeca, cómo el tiempo corre tan deprisa, a la velocidad de un tigre de bengala.
Parece tan autentica... parece la chica que crees que nunca existiría. Y aquí está. Antes de hablar con ella ya podía apreciar que sería diferente. No sabría explicar bien por qué. Pero acerté. Este momento es mi suerte.
Hemos hablado de todo lo que se puede hablar, de forma tan fluida e intensa... y aún así seguimos charlando, encaramados a nuestros ojos como si no hubiera un mejor lugar al que observar. Ella es ahora mismo mi Mezquita, mi Torre del Oro, es la claridad cristalina de las aguas en la Costa del Sol, es El Tag Mahal, ella es el Louvre de París, el amor apasionado de Roma e Italia y las luces que iluminan las noches de Amsterdam. Ella es todo lo bonito de este mundo, concentrado en su interior, en sus ojos, en sus pequeños y finos dedos y hasta en la punta de su nariz. Joder, ¿qué me pasa?
No sé qué me pasa, o qué le pasa a ella cuando me mira y se sonroja, e intenta disimular apretando sus labios, pero ahora mismo solo pienso que por este solo instante ya merece la pena haber pasado por todo el camino que recorrí a lo largo de mi vida, hasta haber deparado en este sábado noche con la chica que ha conseguido volverme loco del todo. KO. Feliz. O perdidamente enamorado, en tan solo una noche. Me hace olvidar que el mundo a veces duele lo bastante como para desear desaparecer.

Acabo de comprender que todo ocurre por algo. Quizá si no hubiera sufrido tanto desde pequeño, me hubiera vuelto un idiota más. Quizá hoy no hubiera estado justo aquí. Solo. Con mi cerveza fría. Y juro que merece la pena. No sé si después de esta noche volveré a verla, aunque todo apunta a que sí; ya tiene mi teléfono, y me ha hablado de planes que podríamos hacer juntos, pero sea como fuera, juro, que todo merece la pena por un instante de sus ojos contra mis ojos. Aquí y ahora.

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