S.O.S

Deja de hacerme sangrar mientras dices que me ayudas. Eso no ayuda.

¡Malditos enfermos!

Acúsame de enferma.
Acúsame de anormal,
porque no hay antídoto que merma
la repugnancia que siente sobre mí la mitad de la sociedad.

Dime que te doy asco,
que me quieres lejos,
que prefieres morirte a tener un hijo como yo.
Siéntete un poco mejor diciendo que soy el remedio de Dios
para la superpoblación.

Miéntete;
miéntete, joder.

Pero mientras yo y la gente como yo
no hace daño a nadie por ser nosotros mismos,
uno de cada veinte suicidios se lleva a cabo por prejuiciosos como tú.
Vosotros sois veneno y abismo.
Vosotros sois, de este injusto mundo, el apagón de luz.

El chico invisible

Mi vida estaba patas arriba. No tenía ninguna idea de cómo sería mi futuro, de hecho, incluso no me importaba nada; yo no me importaba nada. Suena muy lamentable, pero siempre fui muy dejado conmigo mismo. Quizá tuvo que ver el hecho de que siempre fui un cobarde; por ejemplo, en la escuela, nunca me defendí de los insultos, cuando lo hacían a 20 centímetros tras mi espalda. El murmuro podría golpear con su aliento contra mi nuca, y yo nunca tuve los cojones de volverme y decirles a la cara que me importaban todos ellos una mierda. Que no tenían derecho, joder. ¡Pero quiénes se creían! No eran nadie, eran apariencias, pero tan indefensos e imperfectos como yo podría serlo. La diferencia siempre estuvo marcada en que ellos tenían el atrevimiento de intentar crecerse a toda costa, y yo... yo solo vagaba por mi vida, de puntillas, por si así el mundo me palpaba invisible y no tenía, de esa manera, que esconderme de nada ni nadie. El mundo entero me dolía. El pasar de los días, para mí, era muy caótico, porque me pasé años sufriendo de un lado a otro: en la escuela aprendí a hacerme abstracto; en casa, un refugiado en mi cuarto; en la calle fui el chico raro y profundamente misterioso. Cada etiqueta, cada dedo acusador y cada mirada que taladraba hasta mi inquietud, me hacía sentir un perdedor. Y así siempre estuve a la defensiva con mis puños cerrados o mis brazos en cruz, por si acaso al cerrar también los ojos podía conseguir desaparecer. Era el chico de la capa de invisibilidad. Huía de la realidad: de los gritos, de los miedos, incluso huía de la valentía que nunca quise afrontar.
Tal vez lo que debía hacer era dejar de izar mi corazón por bandera para no padecer tanto cuando la vida hundía sus dedos en él. Y eso hice. Le puse una fuerte coraza y empecé a importarme más yo y menos la manera en que pudieran hacerme daño los demás. Ahora toda esa lacra me importa bien poco.
Y es que, un día como cualquier otro, te levantas de la cama con las pestañas hundidas entre la lluvia de los ojos que a veces no cesa, y te das cuenta de que ya no puedes más. Así no puedes más. Yo ya no quería ser más ese chico triste. Sucede entonces ese famoso click en la cabeza que te rescata de la pena. Yo era un maldito. Estaba destinado al suicidio. Sin embargo conseguí empuñar el mando de direcciones de mi destino y crucé a toda velocidad el caos emocional. Fui libre. Me hice libre.

Ahora me encuentro en un pub cualquiera de la ciudad. Esta noche quiero ser el rey.
Y parece que el sonido de las copas que escucho a mi alrededor, brindan por ello.
Estoy solo. Hoy me apetecía salir acompañado solo por unos tragos de Budweiser. Me encanta la Budweiser. Además la mayoría de mis amigos tienen pareja y no quería sentirme fuera de lugar, otro día más. Hoy al menos, no. Hoy me siento poderoso con esta rubia tan fresquita que entra por mi garganta. Y con eso, no necesito nada más, de momento.
Puedo escuchar sin querer la conversación de unos tipos que están a mi lado, en la barra de bar. Les echaría más o menos mi edad. Quizá 28, 29 como mucho. Hablan de fútbol, comentan sobre lo bien que lo pasaron de fiesta el anterior fin de semana, y hablan de chicas. Sobre todo de chicas. Creo que los chicos siempre tenemos esos tres o cuatro temas fijos de conversación tan superficiales o estúpidos que nos hacen tan nosotros. En el fondo solo somos animales. El mundo es nuestro nido, nuestro refugio, y nosotros, atacamos con la ley del más fuerte. Nos comemos al débil. Somos nosotros aquello de lo que hablaba la ley de Murphy. Somos el mal que le ocurre a este jodido planeta.


¡Dios! No sé si me estoy volviendo loco entre las charlas aborrecidas que no quisiera tener que escuchar de fondo, o estoy viendo en serio a la chica más guapa entrando por este pub. Quizá este sitio sea el mismo cielo y no me haya dado cuenta hasta este momento al verle cruzar la entrada.

Parece perdida, como buscando entre la gente, con su mirada, a alguien en concreto. Seguro que busca a su novio. Todas las chicas bonitas tienen novio. Quizá sea aquel guaperas de la mesa, que toma un cubata a solas. También parece que espera a alguien, y parece que lleva rato haciéndolo, pues el hielo en el vaso parece derritiéndose.
Veo que ella mira el móvil, como si contestase a unos mensajes. Su rostro se entristece por un momento. Y yo no dejo de mirarla. Quiero dejar de mirarla pero no puedo. Joder, no puedo.

Pasado un momento, se acerca a la barra. Qué alegría más tonta siento, mi pecho galopa al ritmo de sus pasos ligeros. Pide una bebida a la camarera y toma asiento. Está tan cerca. A tres pasos de mí está la chica más guapa que he visto nunca. Deja de mirarla, joder.

De pronto, siento una voz que rompe la guerra en mi interior. Levanto la cabeza, miro al lado, y me encuentro con una sonrisa; su sonrisa.

-¿Me recomiendas esa cerveza? _me pregunta_
-¡Claro! _le devuelvo la sonrisa_ Si te apetece te invito a una.
-No hace falta, gracias.

Pero yo le insisto, y acabo invitándole, y pido otra para mí también. En este mismo instante no me parece nada mal un poco de compañía, de alguien que no sea solo el botellín de cerveza. Especialmente si la compañía ahora mismo es ella.

-Y qué haces, ¿esperas a alguien? _me atrevo a preguntarle curioso_
-Ah, no, había quedado con una amiga, pero a última hora no ha podido venir, y aquí estoy. Después del rato que pasé arreglándome no me apetecía volverme a casa, sin tomarme algo, por lo menos. _me cuenta_
-¡Claro! _me río_ Yo en cambio, vine porque a veces me apetece estar conmigo mismo, dejar de sentirme por un momento tan solo, aun estando tan acompañado _le digo_ ¿No te pasa a veces que estás con un montón de gente que te quiere, pero sin embargo tú sientes que te falta algo? Como si te encontraras más solo que cuando de verdad estás solo. A veces pienso que es porque vemos esos pequeños detalles que en el fondo anhelas, aunque a veces lo niegues, y es cuando te pones a pensar, ¡te rallas! Y no hablo solo de amor... hablo de todo...
-Sí, ¡y tanto! _me interrumpe_ Te entiendo muy bien, a veces a mí también me pasa. Pero luego, a solas, escribo...
.¿Escribes? _pregunto, interrumpiéndole ahora yo_
-Sí escribo. Escribo cualquier cosa, entonces me evado, y vuelvo a dejar de pensar en lo que tanto me estaba volviendo casi loca.
-Oh, pues algún día, me gustaría poder leerte. Pareces interesante.
-Algún día, quizá. Quién sabe. Y gracias.
Me sonríe como si le hubiera gustado que me interese por ello, y yo me acerco un poquito más a ella, para mirarle mejor esos ojos tan verdes. Tal vez ella, sea mi esperanza. O tal vez yo soy un iluso.
-¿Sabes? _continúa_ No pareces el típico chico atrevido de la noche. Como esos tíos de allí del fondo que no paran de mirar descaradamente a aquella chica de la falda, como si fuese un trozo de carne al dente. Tú en cambio me miras a los ojos y me trasmites que realmente no eres como los demás.
-Es que no soy un tío normal _le digo riéndome_ Ni me gusta el fútbol, ni marco mi cuerpo con camisas ajustadas y ni siquiera soy capaz de hablar de mujeres sin acabar sonrojándome. De hecho, te confieso que desde que entraste por aquella puerta me tienes nervioso y ahora mismo intento que no me tiemble la birra.

Me sonrojo, se sonroja. Nos reímos a carcajadas. Siento la electricidad. La conexión de su mirada cómplice con la mía. Parece que nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿cómo puede ser posible? Ríe tan bonito y yo me siento tan a gusto, que me dejo llevar, sin pensar cómo acabará esta noche.

-Al menos eres sincero, y eso me gusta. Es muy complicado que alguien sea capaz de decirte lo que realmente piensa a la cara, sin fingir ser alguien que no es, y sin decir algo que no piensa. Por ejemplo, me da rabia que muchos improvisan ser alguien que no son solo para contentar a la persona a la que quieren enamorar. Deberíamos poder ser nosotros mismos sin miedo. Creo que en alguna parte estará esa persona que conecte con nosotros, no hace falta forzar nada con nadie, si no quiere estar.
-Bueno, yo hace mucho que no creo en la humanidad. Somos tan complejos y cobardes. Tan máscara y tan disfraz... Las personas a las que amas acaban haciéndote daño, y siempre acabas perdiendo la fe una vez más. Yo solo creo en las excepciones _le digo poniéndome algo intenso; y deseando que ella sea una excepción y no un espejismo._

Han pasado varias horas, y aquí sigo, me sobran por completo las cervezas. Y no puedo ni creer, ahora que sin querer miré el reloj de mi muñeca, cómo el tiempo corre tan deprisa, a la velocidad de un tigre de bengala.
Parece tan autentica... parece la chica que crees que nunca existiría. Y aquí está. Antes de hablar con ella ya podía apreciar que sería diferente. No sabría explicar bien por qué. Pero acerté. Este momento es mi suerte.
Hemos hablado de todo lo que se puede hablar, de forma tan fluida e intensa... y aún así seguimos charlando, encaramados a nuestros ojos como si no hubiera un mejor lugar al que observar. Ella es ahora mismo mi Mezquita, mi Torre del Oro, es la claridad cristalina de las aguas en la Costa del Sol, es El Tag Mahal, ella es el Louvre de París, el amor apasionado de Roma e Italia y las luces que iluminan las noches de Amsterdam. Ella es todo lo bonito de este mundo, concentrado en su interior, en sus ojos, en sus pequeños y finos dedos y hasta en la punta de su nariz. Joder, ¿qué me pasa?
No sé qué me pasa, o qué le pasa a ella cuando me mira y se sonroja, e intenta disimular apretando sus labios, pero ahora mismo solo pienso que por este solo instante ya merece la pena haber pasado por todo el camino que recorrí a lo largo de mi vida, hasta haber deparado en este sábado noche con la chica que ha conseguido volverme loco del todo. KO. Feliz. O perdidamente enamorado, en tan solo una noche. Me hace olvidar que el mundo a veces duele lo bastante como para desear desaparecer.

Acabo de comprender que todo ocurre por algo. Quizá si no hubiera sufrido tanto desde pequeño, me hubiera vuelto un idiota más. Quizá hoy no hubiera estado justo aquí. Solo. Con mi cerveza fría. Y juro que merece la pena. No sé si después de esta noche volveré a verla, aunque todo apunta a que sí; ya tiene mi teléfono, y me ha hablado de planes que podríamos hacer juntos, pero sea como fuera, juro, que todo merece la pena por un instante de sus ojos contra mis ojos. Aquí y ahora.

Malviviendo

Soy un padre de familia en paro.
Con los contratos a corto plazo y tan poco rentables
no me llega para casi nada, pero paso por el aro.
Por mis hijos me convierto en marioneta y esclavo.

Ahora en las calles pongo la mano,
no me queda de otra.
La gente me mira raro y yo me siento un delincuente.
El gobierno no ampara a la gente pobre y sin recursos
de su misma nacionalidad.
Solo amparan a aquellos de los que sacan beneficio;
comercian con la más menesterosa necesidad
de los inmigrantes.
Compran su prestigio, para eliminar cualquier etiqueta racista
y así nadie les pueda señalar.
Cuánta falsa apariencia.
Yo sí les voy a señalar.

Gente como yo, somos esa clase de personas que
a la gente de corbata, les estorba.
Nos barren de las calles en fechas especialmente señaladas;
pero no sé quiénes son más sucios,
si sus corazones podridos por el dinero
o nosotros, mendigando hasta las sobras, para sobrevivir.
Yo por mi familia, soy más fiero que todos ellos.
Cabrones, por mí, se podéis extinguir.

Guerreras

Que vengan y me digan a la cara que pertenezco al sexo débil.
Yo, que no necesito a ningún hombre para hacer nada.
Ellos, una importante mayoría, que necesitan a las mujeres para hacerles todo.
Que vengan y le digan a todas las madres que tuvieron los cojones de aguantar
cómo se ensanchaban sus vientres, cómo rompían sus caderas y sufrían
todo el dolor que supone dar a luz, que son unas delicadas y unas débiles.

Que nos digan que no somos fuertes por soportar durante toda una vida,
cómo paseamos a nuestra libertad con la intranquilidad
que provoca el patriarcado machista por las calles:
con sus estúpidas miradas impertinentes y sus piropos groseros, de mal gusto
y especialmente innecesarios, y aun así somos nosotras las malajes
si expresamos nuestra ofensa.

Con nuestro miedo imparable, concentrado sobre la noche,
somos la presa de sus instintos débiles.
E l l o s   s o n   l o s   d é b i l e s.
Porque nunca supieron controlar sus monstruos.
Y son tan cobardes, que quieren jugar a fingir ser solo ellos
los imprescindibles.
Como si el mundo se tratara de competir
por algún ridículo premio a la superioridad,
entre hombres contra mujeres,
entre mujeres contra hombres.
No tienen ni idea.

Nosotras que pretendimos acariciarles creyendo que dejarían de ser desastre,
y nos devolvieron la mano con sus dentadas.
Cogimos la rabia.
Nos tratan como putas, como objetos,
pertenencias, sirvientas, idiotas y perras.
Pero nos necesitan como nunca nosotras les hemos necesitado.
Somos guerreras.

Aquí y ahora

La recuerdo ensimismada, quizá perdida en los recuerdos; luciendo corazas por bandera. El pasado le había hecho tanto daño que el acto más simple como rozarle, le causaba rechazo. Era tal el miedo a volver a sentir aquella sensación de abandono y de padecimiento, que parecía incapaz de vivir el aquí y ahora.
Las noches para ella eran tristes. Recuerdo verla taciturna, sujetando con sus dedos alguna taza de café frío, mirando hacia la nada, con sus ojos huyendo del presente. Yo estaba allí, le tocaba el hombro, como queriéndole decir que todo aquello ya había pasado, y ahora tocaba vivir otras cosas. La quería; la quería tanto... pero me sentía tan invisible compitiendo con su nostalgia... Le decía que se viniera a la cama, que era tarde. Me moría por abrazarla tan fuerte... Pero ella solo contestaba que iría después; que no la esperase.

Un día cualquiera me cansé de esperarla, con su lado de la cama tan frío, como el vacío de mis brazos. Y le grité, le grité muy fuerte:

-Me duele tanto ver cómo te entristeces por algo que tuviste antes de mí, que siento que no seré capaz de hacerte feliz. Ya no quiero ver cómo me dejas siempre para después.

Solo pudo contestarme con sus lágrimas.

Ella antes fue feliz; después le hicieron daño. Y yo llegué en el momento inadecuado para pegarme a su piel como una tirita. No supo aprovechar lo que tenía en ese momento. Tan disponible a quererla... y perdió la oportunidad.

* Nota *

Ser contigo, no de ti.

Sí puedo

¿Debilidad?
A veces creemos ser menos fuertes y menos valientes
de lo que en ocasiones las circunstancias nos imponen.
Ten cojones de creer en ti.
Soy el puto amo, dilo.
Porque cuando sientes que no puedes más,
a veces te aborda ese oportuno y extraño superpoder
como un as bajo la manga,
que te hace indomable para el desaliento.
No digas no puedo.
Tú sí puedes.

Alas rotas

Pronunciabas te quiero, pero tus celos sobre mi cuello decían otra cosa. Me llamabas mariposa pero le impedías a mis alas desplegarse. Pero qué más querías de mí, maldito desastre.

Aprovecha la vida

Es tan delgada la línea que separa la vida de la muerte. A veces tan idos, tan intensos y tan dolidos queremos acabar con todo. Somos un instante con dos latas de cerveza mal aprovechadas. Ten la valentía de beber hasta la última gota del fondo.

El cuchillo

Suenas tan poco creíble
cuando me apuntas con el cuchillo
después de decirme que me quieres...

Luego vienes y pretendes hacer
como si nada hubiera ocurrido,
pero,
joder, cómo dueles.

La emanación de Kurt

Soy Kurt Cobain en un cuerpo de mujer;
la reencarnación del sufrimiento,
amañado para que no deje de doler.
El corazón oxidado por la rabia;
mis pies que tambalean en un puente de hierro frágil;
creo que tengo en mí el clima desértico de Arabia.

Mi estómago vulnerable que a veces me mata,
mis manos insensatas y mi corazón que se me sale,
no quiere estar dentro.
Joder, ciérrame el infierno
que sin querer, entro,

y no quiero.

Quiero golpear todo,
romperme las manos y sangrar con el caos,
pero mi fuerza emocional siempre me rescata.
El odio y el amor a la vida siempre empata;
y eso es suficiente para hacerme fuerte
y querer continuar buscando a la suerte
y que esta sobresalga.

Yo soy el puto invierno; yo soy quien se quiere y no me quiero.
Lucho en contra de todo, para que nadie me duela,
aunque a veces dejándome herir, soy yo quien más me hiero.

Soy suicida, soy lo antisocial, el escándalo público
y lo prohibido, como lo fue la erótica de Gustav Klimt:
el beso, Danaë o Judit.

E incluso con todas estas etiquetas,
y mi cabeza un poco menos cuerda, no podrán conmigo.
Tendrán que asesinarme y ponerme una pistola en la boca
y decir que fui yo quien se rindió, pero fueron ellos;
yo no acepto la derrota.
Pero, no, no podrán conmigo.
Soy la versión beta del suicidio;
yo tampoco voy a acabar conmigo,
aunque a veces tan vacía y tan sola.
Yo me quiero, aunque a veces no me quiero;
el resto del mundo, que se joda.

Autoconfianza

Si no confío yo en mí, ¿qué debo hacer?; ¿esperar a que ocurra algo que lo cambie todo, sin más? No. Debo hacer algo. Debo creer que puedo hacerlo.

El crimen perfecto

Su figura aguardaba ante la cautela de la luz de las velas.
Yo le agarraba por detrás; con mis labios a ras de su vello;
le miraba la espalda como si estuviera perdida y ésta fuera mi mapa.
No necesita capa de superhéroe alguna para hacerme sentir salvada;
me agarré a su cuerpo con mis brazos apretando fuerte.
Qué suerte aquella, porque todo lo demás parecía desvanecerse
mientras nosotros nos sentimos más vivos que nunca.
Le besaba la nuca y se encogía entre mis manos,
y me inundé en sus claros ojos, livianos.
Aquella noche de color opaca, entre el naranja de las llamas,
nos hizo nuestros.

Era el crimen perfecto.
Matamos a cupido para que dejara de jodernos;
intentó que lo nuestro no fuera posible;
pero ya ves, no le surtió efecto.

No es una guerra

El amor se demuestra en los pequeños detalles; en un día cualquiera; en un lugar cualquiera.
Especialmente en los momentos de debilidad y lamento. Ahí, con más intensidad y fuerza.
Quien te quiere no te hace daño a propósito; quien te quiere se esfuerza por tenerte.
Y aun con miedo, sin excusa. Y aun con dolor, inerme.

Páralo si parece más guerra que concordia. Si le lloras, si te aterra. Si es más pena que victoria.
Si sufres si recuerdas; si no le importas una mierda.
                                           
                            No seas tú quien pierda
                                          la vida
                                  a su jodida vera.

Inguz

No sé a dónde voy a llegar.
Solo sé que me estoy dejando la piel en carne viva,
porque me estoy dejando el pellejo en mis ganas por ganar.
Ganar un poco de luz ante toda esta oscuridad que me ciega;
me quiere cegar.
Yo no me dejo, aunque a veces lloro; aunque a veces muero.
¿Me puedo salvar?; me voy a salvar.
Si hay camino,
te juro... te juro que yo pongo la voluntad.

Me dijo:

"Cuando estás conmigo  e r e s  m í a.
Da igual que luego dejes de serlo y presumas de eso,
pero,

c u a n do  e s t á s  c o n m i g o  e r e s  m í a."


Era verdad.
Era libre, imprevisible y con unas ganas enormes por volar;
pero cuando estábamos juntos, me sentía suya.

El suelo bajo los pies

¡Que suenen las sirenas!,
que uno de los 8 planetas está en peligro.
Es la Tierra, y son sus propios habitantes quienes la condenan.
Dicen que se irán a Marte, que allá habrá vida, que allá no habrá peligro.

Suenan las sirenas, pero somos nosotros la amenaza.
Dejamos la basura en cualquier sitio, arrojamos al plástico;
la Tierra grita, pero se le amordaza.
No hay ya un solo lugar limpio en todo el Ártico.

Los océanos sucios con más de 8 millones de toneladas
de residuos nocivos al año;
no queremos ver que somos nosotros el daño
pero los animales marinos son contaminados
y apresados entre plásticos y latas.

Provocamos al calentamiento global, lo retamos;
y mientras, crece el nivel del mar, porque los polos se derriten
y la catástrofe, entonces, será a nivel mundial.

Hay más fragmentos de microplástico en los mares
que estrellas en el cielo.
¡Qué triste! Separemos la basura, plantemos árboles;
enverdece a la vida, que suenan las sirenas, ¡no te quedes quieto!

¡Qué pena!, la Tierra no es inmortal.
Si no lo sufres tú, lo sufrirán nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos,
pero tú quédate diciendo

que no importa.

La vida son dos tazas de café muy cortas.
Cada pequeño gesto,

importa.

Rumor de una confesión amordazada

Te miro a los ojos y te abrazo con mi mirada. Se hace el silencio. Nos miramos fijamente y tú te aguantas la risa, mientras yo me aguanto las ganas de soltarte un tequiero; pero me quedo callada, y tú tampoco dices nada. Mi sonrisa rompe el mutismo, y desvío la vista hacia cualquier lado. Y es que a veces creo que decirte lo que siento, me hará sentir en la punta de algún lúgubre abismo, en el que estoy a punto de caer, insalvable. Qué tonta, ¿verdad?; por sentirme insegura, incierta e incapaz. Son estas jodidas cicatrices que escondo entre los pliegues de mi piel, quizá. O son la excusa perfecta para ser una maldita cobarde.
Sin embargo, vuelvo a mirarte de ese modo en el que pocas veces miro. Te miro como gritándote lo que no me atrevo a decirte. Te miro como confesándome tuya. Es entonces cuando pienso que no hacen falta las palabras; debes saberlo ya; mis ojos te lo chivan todo.
Y tú, que me lo dices todo con tus aveces... A veces me pides la mano y la colocas sobre tu pecho; tu corazón es un lamborghini de 550 caballos, y va acelerando sobre las líneas de mi palma. A veces te mueves sobre mí, de espaldas; y bailas tu cuerpo despacio con mis manos apretando sobre tu cintura; y nos movemos tan lento, como se movió Rihanna sobre Drake. No creo que tu cuerpo y tú me invitéis a pasar solo la noche. Queréis más. Tu forma de encogerte sobre mí, con tus dedos atracando mi camisa, me lo dice. O eso es lo que yo quiero interpretar. Nos seguimos el juego. Nos encontramos la calma. Pero mi corazón mojado hasta tu garganta, mientras me miras como cual gatopardo, me pone a cien por hora, y adiós a toda esta jodida calma acumulada con esmero. Espero que no lo mandes todo a la mierda cuando sepas que esto

                                n o
          e s   t o d o  l o   q u e  q u i e r  o
                             d e  t i.