*

La vida a veces es algo así como un zapato de claqué desgastado que ya no suena,
y por más que bailas los pies y los golpeas contra el suelo, si tú crees que no tiene arreglo, no lo tendrá. Y te creerás roto y creerás al mundo entero indiferente e inhumano. Y no se trata de creer en lo que crees que ves o en lo que crees que sientes, ni tampoco en lo que te digan, sino, de tener la certeza de que si quieres, puedes.

Carta X

Se escucha el rumor de la vida pasar. Las calles alborotadas con el aleteo libre de los pájaros, los gritos divertidos de niños y el mascullo de los adultos. En algún lugar alguien ha dejado la puerta abierta al amor mientras en algún otro, una pareja discute acalorada en tanto sus corazones gritan meahogo. Y es que, qué es la vida sin la contrariedad de lo que amamos. Cómo podríamos calificar lo importante que es el tiempo junto a quienes lo merecen, sin aprender lo que es perderlo, arrebatado por las dudas, la nostalgia, la soledad o la pena que nos avasalla.

Carta IX

Perdemos demasiado el tiempo comiéndonos la cabeza, dando vueltas a situaciones pasajeras, emociones envueltas en pena, y la vida solo consiste en vivirla, disfrutando de los pequeños instantes que te den fuerza, y que te hagan brotar la sonrisa; en saber decir adiós, poner la justa pasión en cada momento y dar la bienvenida a las cosas que vengan a ponernos el corazón patas arriba, y sin buscar un porqué, solo te quedes con lo bueno. Pero eso, díselo a la tristeza; tan puñetera y tan poco efímera, se queda a mordernos la piel y acabar con nuestro alma, o eso es lo que creemos. Pero nunca debemos pensar que no podemos contra ella, porque podemos.

Carta VII

He querido vivir de los sueños. Y quizá ya sea mayor para las noches de Halloween o para las de los Reyes Magos, y solo me quede la opción de desempolvar los recuerdos de cuando fuimos niños traviesos. Pero joder, mi corazón trota como un Globetrotter, y mientras eso pase, voy a seguir soñando y persiguiendo que esos sueños traspasen la realidad. Que nadie tiene derecho a decirme lo contrario; que ningún obstáculo es para tanto ni yo para tan poco. Que nunca fueron buenas las prisas ni la avaricia, ni la inconstancia, que las mejores cosas se consiguen a pasos cortos, despacito y con buena letra. Mientras, oídos sordos a quienes nos hieren, gritan, señalan o avisan de que el futuro que queremos es imposible, que lo imposible solo existe si piensas, con una indudable certeza, que lo es. Los más grandes muros nos las pone la cabeza, cuando nos traiciona haciéndonos creer que tenemos la incapacidad.

Carta VIII

Soy quien no para de hablar de amor cuando en realidad no sé una mierda sobre amor. Soy la teoría y no el ejemplo. He perdido tiempo enfocando mi concentración en problemas inexistentes o sin importancia, con los que mi cabeza se dejaba dominar. Problemas repentinos en la comunicación, tal vez debidos a mi mal hábito por callar, cuando una vez en mi pasado aprendí que solo así, no sumaba más problemas, pero esa razón no importa ya. Sobre todo porque con ello, me labraba mi peor destino, porque no se trataba de callar, sino, de educar el comportamiento. También las dudas, los miedos y algo así como el shock, me han estado persiguiendo cuando no supe decir "oye, te quiero" en lugar de arrebatarme casi a voces con un "no pasa nada, joder" cuando sí que pasaba algo: mi falta de cabalidad. Y ahora me persigue el arrepentimiento, el tormento por no haberlo hecho mejor, las lágrimas, las malas noches, y no por las tormentas de ahí afuera, sino, por las de mis recuerdos, y el odio que me tengo por no haberlo hecho mejor cuando pude, y en su lugar, decidí no hacer nada e irme.

Cambiar. Lo dije otras veces, pero siempre creí que la otra persona debía entenderme, en vez de darme cuenta de que era yo quien debía de entender que así no solo le hacía daño, me hacía más daño yo, al conseguir perderle. Ni siquiera yo me tolero así, pero no es fácil, y no voy a echarle más la culpa a mis putas cicatrices, la culpa es mía por no aprender de una puta vez que la pena te afecta lo que tú quieras que te afecte. Ahora lo sé. Demasiado tarde, joder.

Quiero ser como Roberto Benigni en La vida es bella, y convertir cada miedo o cada duda en una sonrisa, y dejarme ver solo con positividad; que para amar se requiere de valor, y no me he dado cuenta antes de que si afrontas cada nudo, con una sonrisa, todo sale mejor. Lo juro por mi amor propio, que por todos aquellos miedos no me voy a volver dejar atrapar. Puede que no merezca tu perdón. Y sé que me merezco esto. Pero oye, te quiero.

Carta IV

Cuántas veces nos hemos dicho que mañana sería otro día. Que entonces, todo bien; que lo malo, estaría olvidado. Que entonces actuaríamos. Que entonces seríamos otros con la voluntad de 100 guerreros comiéndose al mundo, y ganando. Me pregunto cuántas caídas necesitamos en la misma piedra, fracturándonos el corazón y abriéndonos la misma brecha, para aprender a ser mejores, o hacerlo mejor. Porque yo he sido incapaz de aprender de un día a otro, aun sabiendo que lo hacía mal, que elegía mal, o que me hacían mal. Soy un ciego con la adicción a no llevar perro guía para hundir mis pies en la misma mierda, de aquella calle a la izquierda. 

Cuando por fin sentimos a la pérdida o al dolor, nos damos cuenta de todo, como si fuésemos un enfermo abriendo los ojos después del coma, entonces, y quizá solo entonces, vemos lo mal que lo estamos haciendo. Actuamos a destiempo, y antes solo queremos hacerlo por la vereda más estrecha, rozándonos las heridas por sus paredes, sangrando hasta que ya no puedes más. Luego llega el arrepentimiento demasiado tarde, cuando la oportunidad ya no te guarda un lugar. mos sin escuchar, vemos sin atender, hacemos sin pensar. Y cuando pensamos razonando, ya nos hemos hecho daño. Siempre, siempre a deshoras, pidiendo perdón por fallar o fallarnos. 

Lo siento, por tardar en aprender que no hay mañana, es ahora.

Noche 63

Cuando está al lado, siento que no tengo por qué estar en guardia. No arde el pecho en llamas, sin avisar de la taquicardia de siempre, cuando siento el miedo a esta vida, con la que mis pies improvisan. Cuando está al lado, olvido el tiempo, o son las horas las que ya no avisan, y así entonces, tengo todas las razones de este mundo para querer quedarme en este invierno, donde siento sus manos cálidas abrazándome, mientras el mundo, a su lado, me parece menos infierno.

Consecuencias

Te lo advertí.
Tú preferías hacerme daño
mientras yo te recordaba que amar era de dos.
Esta vez, puede que no te sepa perdonar ni Dios.

Noche 62

Salto como los gatos, sin vértigo,
por su cintura, de una curva a otra.
Mis manos inflamables con el viento desértico
que desprende su piel, y la ropa sobra.

Me dice que me quiere con sus labios manchados
de una ilusión diferente a la que antes yo había visto.
Mis ojos osados le miran fijamente,
así puedo sentir cómo emocionalmente, le desvisto,
y aunque no lo nota,
tengo miedo de no ser lo que quiere,
o lo que necesita,
y eso tal vez me hiere
por dentro.

Me mira.
Me mira como antes no me miraba
y pienso, que debe de haber perdido la cordura,
y su mirada alunada me abraza como nadie me abrazaba.

Yo le devuelvo
fuerte
el abrazo,
por si acaso
nunca deja de quererme.

Noche 60

Ella es como un marinero que busca su puerto
temiendo las vistas de un futuro menesteroso.
Tan puerco como mentiroso
el primer vistazo hacia las rejas que le invaden
en su depresivo negativismo.
Sus pies buscan el abismo
como un suicida feliz por romperse los huesos
y dejar de hacer voletear sus alas nunca desplegadas
por miedo al qué dirán.
Yo sé que podría dejar todos esos miedos atrás
y saltar volando,

pero ella
todavía no lo sabe.

Abre su cajón de sonrisas fingidas,
y las luce como si la infelicidad fuera del tesoro, la calderilla.
Pero sufre, sufre cada roce sobre sus heridas
y le cuesta un mundo salir por la puerta y poner la mejor mejilla,
y aún así, lo hace.

En algunas ocasiones dijo que
no estaba hecha para esta vida;
parecía una rueda desinflada sin boquilla
para poder llenar de aire.
Y es posible que no estuviera hecha para esta vida
donde pisa Tierra y no Marte.
Que amarle es tan fácil como complejo,
pero se rinde si le tocas solo con mirarle.
Pequeña extraterrestre de dudas infinitas
que casi nadie sabe ganarse.

Ella puede coger su mochila con el peso que elija;
con dudas o sin ellas, ella es quien suma o quien resta;
sé que puede atreverse y ganarse a este mundo con su bandera fija
en sus sueños, donde puede hacerlos realidad,

pero ella,
todavía no lo sabe.

Noche 59

Somos,
el veneno y la cura.
La caída y el paracaídas.
La herida y la grapa que sutura.

Nos hemos enfrentado a los monstruos internos
que nos ardían por dentro
queriendo vencernos.

Les dimos de lado
y nos pillaron de nuevo, más tarde.
Volvimos a ser el enemigo cobarde
y montamos en aquel mismo altibajo, de nosotros, aferrado.

Pero siempre hemos tenido claro,
que todo aquello era nuestra manera de aprender ser mejores.
Y que separarnos, no es la opción que quiere, ni la que yo barajo.
Lo peor, siempre, es dejar la puerta abierta a los viejos errores.

Noche 58

Creo que prefiero matarme contigo
intentando entendernos,
que soportar el vacío tan triste que se queda
cuando tú te vas.

Imagino que todos los susurros hablan de mí.
De lo triste de mis ojos.
Y de lo raro que actúo últimamente.
Y es que no soy la misma persona desde que no estás.


Noche 57

Creo que no puedo soportarlo. Los días sin ti, los recuerdos al cerrar los ojos, las palabras que dijimos de más haciendo de nuestro pecho, el puñal emponzoñado, los sueños que son pesadillas, las lágrimas arañándome. No, no puedo soportarme. No puedo soportar que ya no estés. Que ya no vuelvas a ser quien se adueñe de mis manos cuando siento frío. Cuando siento tristeza o miedo. O cuando siento amor al mirarte. Este cuerpo ya no es mío. No lo quiero. Quiero olvidarme de mí, de ti, de cómo es esta necesidad tan grande por destruirme, porque ya no tengo nada... de lo que fuimos. No; en verdad no quiero olvidarme de ti. Pero muero de dolor pensando en que no puedo volver atrás y que lo hagamos mejor que lo que hicimos. No nos merecemos este final tan desastre. Lo daría todo por ti y lo sabes. Siempre he confiado en que podríamos hacerlo mejor, porque   p o d r í a m o s   hacerlo mejor. No quiero más días tristes, sin apenas comer, y limpiarme la cara cada dos por tres porque no paro de llorarte y de reprocharme. No quiero nada ni a nadie. Te quiero a ti. Y no estoy bien. Sin ti, nada está bien.

Noche 56

A veces me mira a los ojos y no me encuentra.
Dice que me desconoce y que no me siente.
A veces simplemente el pasado me reencuentra.

Ahí siento al miedo pisándome los talones;
y temiéndome lo peor, agacho la cabeza, alzo el escudo.
Me dice "no sé lo que te propones."

Si supiera... si supiera que temo a sus manos ardiendo
jugando con mi corazón, quizá,
quizá, me entendiera.

Noche 55

He tintado tantas páginas
como he sudado empeño.
Me pregunto qué pensarán ahí afuera.
Me pregunto si creen que también soy persona, aparte de poeta.
A veces, se les olvida, que también somos instinto, genio o suicida.

He usado tanto el Times New Roman,
sintiéndome el corazón tan ilegible.
Es que, la mente a veces tan soñadora,
la realidad tan puñal, haciéndome sombra.

Ese mundo de ahí, podrá negarme tanto como guste,
que, yo, empuño constante mis páginas llenas de tinta.

No hará que me rinda.

La relación de pareja

La he temido.
He temido la etiqueta que tanto parece hacernos presos.
Presos de una minucia exigente
que va poco a poco envolviéndote,
tras los primeros besos
y los primeros meses.

Un día opté por ser libre.
Opté por dejar de llevar grilletes
a cambio de un poco de cariño.

Y allí estaba, el amor, el amor de verdad.
El amor, con sus zapatos desgastados
y una mochila de recuerdos inseparables.
Lo cogí de la mano,
y de este mundo tan cárcel,
decidimos irnos juntos, nos fugamos.

Noche 53

Hoy es uno de esos “Throw Back Thursday”
de los que tanto se habla.
Mis ojos, hacia el horizonte perdido, en stand by
buscando el recuerdo donde la pena los ensambla.

Su olor no se ha ido de mi olfato,
después de tanto, aún soy capaz de reconocer su piel
de un aroma singular e innato.

Mi abuelo. Mi abuelo apenas te miraba con la fragilidad
abrazada a sus pupilas, y ya podías sonreír;
cómo no regalarle una sonrisa si quererte era su única voluntad.

A mis siete años encontré su habitación vacía.
Y mi mirada perdida no lo encontraba.
Creo que desde entonces,
son mis ojos tristes, aquella habitación vacía.

Noche 52

Quiero contarte que hoy me siento una persona horrible.
Ha habido un derrumbe parcial durante unas obras en el Hotel Ritz.
Se conoce que la golfista española Celia Barquín
ha sido asesinada en un campo de golf de E.E.U.U
Y como ese abominable asesino, otros muchos,
harán de su celdas sus malditos nidos.
Y eso, eso no será justicia.
El mundo es una enorme cárcel, llena de caos y miedo,
donde no existe la verdadera justicia.
Y yo, me siento horrible, lo siento.
Lo siento porque aun con tanta noticia triste, sonrío.
Y eso seguramente me hace ser alguien despreciable.
Sonrío porque no puedo mantener la pena por tanto desastre.
Es que se me viene encima el recuerdo de anoche
cuando de mis propias penas tú fuiste mi sastre.

Noche 51

Te he abrazado bajo los relámpagos que iluminan esta noche. Y no he sentido miedo. Me he sentido tan profundamente tranquila, que daba igual si pudiera avecinarse los rayos y truenos. Allí observaba de vez en cuando a una jauría de gatos pequeños, que me recordaban a lo nuestro. Al juego inocente, al mimo desperfecto pero constante, como esos mininos, tú y yo ignorando al mundo de puntillas sobre cualquier pendiente. Y sabes, que siempre he sido de tener en cuenta a la gente, de sentir una vergüenza prudente, de no permitirme libre de forma visible. Y es que ya casi me da todo igual. No le debo nada a nadie, excepto a ti. Te debo mis muestras de amor multiplicadas por las sonrisas que tú me contagias. Que rabie el mundo si creen que hacemos mal. Pero yo, voy a seguir queriéndote bajo los días de brindar con chuches y bebidas energéticas y bajo las noches más tristes de tormentas. Porque mientras ese mundo me detiene asustada, tú, eres quien me hace evolucionar.

El escritor

Camino una cuesta arriba, con dos maletas.
La cuesta parece infinita, y yo solo voy provista
de mis historias rotas y unas cuantas libretas.

¿Puedo hacerlo mejor?
He pensando que tal vez mis aviones de papel
puedan llevarme lejos, o quizá no.

Yo creo que si me suelto de estas dudas infinitas,
podré alzar el vuelo y caer en paracaídas
viendo allí abajo las dudas, ya pequeñitas.

Después de todo, escribir para gustar
es el peor error del escritor.
Y esa, no fue nunca mi intención.






Noche 49

Córdoba,
mi Córdoba,
tierra de arquitectura musulmana,
de encanto y brujería
que emana
de entre tus callejuelas
desde tiempos de Inquisición.
Tú que guardas historia
en cada rincón,
atraes miradas de forasteros;
pasajeros de tu abrazo profundo;
como en esa Mezquita tuya,
una de las 7 maravillas del mundo.

Te bañas a orillas del Guadalquivir
besando los pies de Sierra Morena.
Yo no lo dudo, contigo me quedo hasta morir.
La fama de tus mujeres de ojos grandes
corre de boca en boca.
La noche tan bella como ellas sobre el Puente Romano
donde en el río su reflejo desemboca
con las estrellas adornando.
Con las flores de verano floreciendo
y los bailaores sobre el tablao taconeando,
a ritmo de palmas y acordes de guitarra.
Tú celebras la vida con tapas
y cerveza fría en caña, tubo o jarra.
Eres cuna de mujeres influyentes que la historia no registró,
pero tú siempre guardas, con importancia,
en tu corazón.

Madre de Séneca o Averroes,
Lucano o Luis de Góngora,
Duque de Rivas o Maimónides.
Tierra de actrices, humoristas o escritores.
Tierra de filósofos y cantaores.
Tierra de poesía y gastronomía.
Tierra de mis amores.
Del ardiente sol de mi Andalucía.
La suerte de pertenecer al sur de tus pies,

                            es siempre mía.

Noche 48

Estoy preso.
La depresión me carcome por dentro;
la enorme mentira de mi vida es mi mayor peso en el alma,
y de tal engaño, no pude salir ileso.

Quizá tuve menos libertad
afuera, cuando la angustia me llevaba sobre sus brazos,
y hacía de mí, a la persona más ciega.
Ahora rezo y pido a Dios, piedad.

Me han echado algunos años más de los que merezco
y después de tres años, todavía me niegan el tercer grado.
Mientras, las noticias dicen
que se han fugado
aprovechando sus permisos, asesinos y violadores.
Yo solo defendí mi dignidad,
y aquí sigo en una celda, donde he llegado
sin poder contar mi verdad.

Qué injusta la ley que no ampara el derecho
de poder exponer, y luego investigar, 
las dos versiones de un mismo caso.
Pero eso es algo a lo que también se niegan cambiar.
Soy un pobre hombre más, arrestado, 
al que no han hecho caso.

Noche 47

Los nudillos amoratados.
La adrenalina entrando fuerte 
por la respiración acelerada, entrecortada.
Derribas a la mala suerte
que te muerde.

Y te gusta.
Te gusta sentir a la rabia escupida.
A ti nunca te asusta
golpear, en contra de tu ansiedad, 
de la manera más brusca.
Que se vaya, se disipe,
que eres tú quien comete el crimen
asesinando tus monstruos.

Tus monstruos,
no podrán contigo.

Noche 46

Tú eres la nueva teoría del Big Bang.
La gran explosión.
Quien equilibra el ying con el yang.
Nada antes de ti estaba vivo.
Pese a las tormentas tropicales
que han arrancado mi piel de cuajo, he sobrevivido;
siempre con mi propia fuerza.
No han podido conmigo esas ganas desesperadas 
de acabar con todo, que a veces hacen que me retuerza.

Ya no.

Dime, por qué has tardado tanto en aparecer.
Ya no te creía posible,
ya no creía poderte ver.

En las cajas negras de mis aviones de papel derribados
puedo rescatar solo atisbos de felicidad.
Ya no me desmorono en las arenas movedizas
de mi tristeza, 
ya en mis ojos no hay calima,
gracias a ti...

                         mi propio amor,
                           mi autoestima.

Noche 45

Dónde están aquellos que dijeron estar.
Los que dijeron muy dignos que nunca fallarían.
Pusimos sus palabras en volandas, les colocamos un altar.

Ahora, las calles barridas de gentes,
las sombras incrustadas en aceras llenas de recuerdos,
de esos que una vez fueron hermanos y confidentes.

A veces la pena cuelga del cuello,
y no tienes con quién tomar dos copas
cuando las lágrimas se enredan en el cabello.

De tanto en cuando te recuerdan que siguen estando, sin estar.
Pero ya da igual que puedas ganar o perder,
que si quieres, puedes ahogarte tranquilo en el vaso,
no van a volver.

Noche 44

Nunca fantaseé con llevar vestidos de princesa.
Nunca quise castillos ni palacios;
habría demasiados espacios
para que corra el eco de la puntual tristeza.

No quise príncipes de ningún color
para sentirme mimada,
ni sapos que besar para poder convertir
en caballeros armados que me salvasen
de una posible muerte anunciada.

Yo vestía con sudadera de capucha,
y deportivas desgastadas para correr libre.
Y siempre supe que suerte, debía de tener mucha
si quería sobrevivir en un mundo de hombres.
Pero yo nunca fui perro manso, fui tigre.
Salvaje, indomable, y con un corazón cosido con nombres.

Nombres que me recuerdan lo malo vivido y lo bueno.
Que me recuerdan el seno del que alimenté mi propia espada de hierro.

No necesito ningún tipo que prometa en falso
ser el dragón que por mí escupa fuego.
Ya yo me salvo.
Ya yo me quiero.

Noche 43

Y entendí que se pueden superar las fisuras,
las heridas y esos días tontos
en los que tiras la toalla.

Entendí que con amor,
se pueden hacer piruetas
dejando atrás todo ese maldito dolor
que haya.

A la mierda,
te quiero.
Contigo siento el cielo abierto
y noto cómo se despliegan
mis alas.

Si estamos unidos
podemos hacer que cualquier altibajo,
no sea nada.

Noche 42

Los nervios.
Esos putos nervios que te detienen ante la puerta
donde puedes observar al mundo, siendo de tu miedo, el siervo.
Observas quieto, y piensas.
Te detienes tanto en pensar
que no te das cuenta de que la vida pasa y se te va;
y con ella tus años de cometer errores, aciertos, locuras,
tiempo, experiencia, y oportunidad.
La oportunidad de saber qué pasa
si empujas hacia un lado al miedo y las dudas y te dejas llevar;
error, arrepentimiento o alegría,
qué más da.

Una sensación molesta que solo puede durar
una primera impresión, un momento,
por algo a cambio que podría valer la pena descubrir.

Simplemente sé tú; arriésgate a vivir
que la vida está
para improvisar.

Noche 41

¿Cómo se supera esto?
Cómo se tapa el daño hecho
que hiere con más intensidad cada noche sobre el lecho.
Con qué tapar las voces de más que nos alzamos
al intentar explicarnos y no entendernos.

Nuestros brazos no son capaces de abrazarnos
y las manos huyen de las caricias de nuestros dedos.
La seguridad ya no nos salvaguarda
y ya vienen cerca nuestros miedos.

Nos pedimos tiempo muerto,
nos miramos a los ojos con una honda tristeza,
pero evitamos mirarnos, en esta guerra de campo abierto.

¿Cómo superar esto?
Los días se tiñen de negro,
las sonrisas se vuelcan del revés
como el reflejo de edificios sobre el Río Ebro.
El paso ligero desacelera, porque ya no hay adónde ir.
Nos sentimos tan perdidos, porque pese a esta crisis,
seguimos queriéndonos, y puede, que eso sea nuestro elixir.

Noche 40

El mundo arde.
Si sientes tu fuerza exhausta,
ven a mí.
Siempre tendré un abrazo
para que puedas con tus monstruos
reconciliarte.

Higiene mental

Estoy verdaderamente cansada.
De los insultos, del odio, del prejuicio.
Del andar por la calle maniatando al impulso.
De la represión, del silencio, del fingimiento;
de la angustia que provoca tener que decirlo.
Del rechazo.
De la presión social que empuja al suicidio.
De los ojos clavados que señalan.
De la repulsión.
Del asco.
De la incomprensión.
Del "lo respeto pero lo quiero lejos."
Lo llaman enfermedad, pero no guardan ningún respeto como con el resto.
Integración cero.
Y ni es enfermedad, ni elección, ni vicio, ni es pecado ni engendro.
Creen conocer a todos por conocer a unos cuantos y generalizan.
¿Acaso hay dos personalidades exactas en esta vida?
Hablan de promiscuidad y de sida,
como si fuera descuido o sentencia de todos, menos de ellos.
Le dicen error de la naturaleza.
Dicen que Dios no lo quiere en su reino.
Dicen que la Biblia.
Dicen que el infierno.
Y hablan de envidias como si hubiera algo que envidiar.
Una comunidad entera que tiene tanto con lo que lidiar; contra con lo que luchar.

Y estoy verdaderamente cansada.
Como Bukowski, siento a la tristeza triste.
Me pregunto, ¿aquella libertad idealizada
en qué se basaba?;
¿en ser libre mientras no permites la libertad de otros?
Y, ¿tememos a los monstruos?,
joder, somos nosotros...

Dos caras

Mi mejor amiga es bipolar. Hace años atrás no sabía de qué se trataba. Lo descubrí con ella, con Elsa. La conozco desde primaria y siempre ha sido una amiga ejemplar, con muy buen carácter. Pero empecé a notarle cambios en el instituto. Podía ser tan feliz como de pronto la chica más triste, al segundo después. Al inicio pensé que sería algo hormonal, o quizá algún tipo de frustración por algo que le hubiese ocurrido, pero pude observar que este comportamiento no cesaba. Era dramática, pasional, eufórica, impredecible o deprimida, la persona más deprimida de todas. Así que me preocupé y busqué en Google, esa gigantesca enciclopedia libre en la que nos solemos sumergir ante cualquier duda. Reconocí su caso con los síntomas que pude leer. “Bipolaridad: enfermedad maníaco-depresiva con la que se sufre episodios bruscos en el estado de ánimo.” Tras leer detenidamente empapándome de toda la información que pude recoger, me angustié seriamente por ella. No entendía por qué le pasaba esto. La gente en clase ya comenzaba a criticarla o a reírse. Le llamaban “la chica rara.” Nadie se detuvo en intentar comprender por qué ella era así. Las personas normalmente nos quedamos ante la fachada de los demás sin importarnos qué influye detrás de nuestra sonrisa forzada, o de nuestro aparente desánimo. Somos crueles. Es nuestra imperdonable naturaleza. Yo misma me he llegado a enfardar con ella antes de saber que le pasaba algo realmente serio. Ella solo necesita ayuda.
Su familia siempre ha mantenido una estrecha relación conmigo, como si fuera una hija más para ellos, así que no me lo pensé dos veces y decidí que la mejor manera de poder hacer algo por ella, era comentarle a sus padres todo lo que percibía inusual, aunque ya ellos obviamente conocieran este cambio, pero quizá ignorasen el por qué y no supieran subsanar la brusquedad de esos altibajos o simplemente protegerla.
Al parecer ya eran conscientes de este problema. Elsa había estado visitando durante un largo tiempo a diferentes médicos, pronosticándoles todos, el mismo diagnostico. Aunque este no había sido fácil de ubicar, puesto que puede confundirse con otras enfermedades como esquizofrenia o depresión.
Se sentía aún más irritada al saber de su problema y me lo había estado ocultando. Se sentía un bicho raro. No tenía derecho a presionarla para contarme algo así, así que lo entendí. Al tiempo acabó confesándomelo, cuando se sintió preparada.
Noté su miedo. Palpé su malestar, su ansiedad por haber dejado de ser la que fue.
Le dije:

-Elsa, tú sigues siendo la misma. Tu bondad está dentro de ti, tu alegría, tu romanticismo, tu inteligencia, tu fuerza. Simplemente date tiempo para descubrirte. Con el tratamiento podrás amparar tu higiene mental. Puede que tengas que acudir a un psicoterapéuta para que entiendas que no pasa nada. Que vivas, y no te obsesiones por esto. Solo ten paciencia contigo, como los que te queremos la tendremos.

Asintió. Le abracé. El mundo no podrá con ella si le damos calor.

Noche 39

Quiero que sueñes, que vueles,
que hagas de mí tu nido,
sintiéndome refugio y hogar;
mi corazón siempre la puerta
 a donde regresar.
Darme alimento de tu boca,
ser animales en libertad.

Casi fuera de esta vida

Una vez estuve al borde de la muerte. Eso dijeron todos los médicos que me trataron. Palabras que resonaban entre paredes pero nunca en mi conocimiento. No quería entender. La razón era mía. Ellos no entendían. No existía libro sobre salud mental, doctor o psiquiatra que entendiera que nada de lo que creían era tan cierto. Pero mi verdad me paseaba a cuestas hasta la tumba.

Todo empezó cuando tenía 12 años. Estrenaba un vestido de flores que había elegido para ir al colegio. Allí estaba el chico que me gustaba. Quería impresionarlo. Era tan guapo; me embobaba observándole, pensando en las posibles maneras de llamar su atención. Era la nueva, y me costaba horrores hacer amigos. Pero aquel día, con mi vestido, podían mostrarse mis piernas al aire, y no contaba con que la mitad de los chicos se reirían de mí. Me llamaron gorda. Y me siguieron llamando gorda todos los días en adelante. En una de esas mañanas le vi reír a carcajadas mientras me miraba. O quizá yo me sentí observada. Quizá mi cordura cayó en las garras de aquellos bobos y me creí juzgada por sus ojos. Me sentí como un patito feo rechazado. Tan diminuta que comencé a vestir de negro. Tapaba todas las partes de mi cuerpo. Empecé a comer un poco menos. Y menos aún. Hasta que dejé de comer por completo. Agua, y quizá, con suerte, un poco de pavo cuando me sentía demasiado débil, aunque mi estómago acostumbrado al vacío, ya repudiaba cualquier sustento.
Me convertí en la persona infeliz y enfadada que nunca fui. Mis padres suplicaban, lloraban, me advertían. Yo, con los salientes de mis huesos hincados bajo piel, podía verme guapa. Me creía más guapa siendo un saco de piel y huesos. Mi cabeza me hacía ver algo que no se reflejaba sobre el espejo.
Terminé en un centro para adolescentes con trastorno alimenticio. Pude ver los malos modales de otros, y no me gustaba saber que era como ellos. Pero seguí siendo como ellos. Mi cuerpo lucía decrépito y aún me vi gorda. Me avisaron de que tan solo una caída podía hacerme quedar en silla de ruedas. Seguí viéndome gorda.

Una noche me desmallé. Caí al suelo, volteando sobre unas escaleras. Me rompí el coxis y algunas vértebras. No pude moverme. Estuve demasiado grave. Sentí miedo. Me pusieron unas vías donde me transferían alimento y no sé qué medicinas. De pronto entró a mi habitación una chica diciéndome:

-¿Sabes? Perdí a mi hermano por culpa de la necesidad de aceptación de la sociedad. De personas a las que no importamos. Sin embargo damos mucho valor a lo que puedan opinar. ¡Siempre van a opinar! Aún tienes una salida. Quiérete o acaba como mi hermano.

Guiñó el ojo. Sentí en mí su mano amiga y se fue. La mascarilla de oxigeno me tapaba la cara y parte de las lágrimas que corrían por ella. Lloré. Yo no quería morir.

Me dejé salvar. Renací.

Llamarada

Le quiero.

Desde entonces no hay cielo que
se me caiga sobre los pies.
Ni tampoco invierno que pueda
herir con su frío, mi corazón.
                           
                              Somos fuego.

Contra nadie

Mi madre falleció en un accidente de coche, cuando yo tenía 9 años. Íbamos papá, mamá y yo, de vuelta a casa, después de un viaje a Barcelona. Fue la primera vez que pisábamos esta capital metropolitana, la preciosa tierra catalana de montaña y mar. No la olvido. Quizá porque fue allí donde por última vez fui realmente feliz.
Papá quedó en coma durante dos duros meses, se golpeó contra el volante perdiendo el conocimiento, producto de una conmoción cerebral. Y mamá... mamá salió despedida a través de la luna del coche, y yo pude salir de este como pude, no recuerdo bien cómo, pero si algo no olvido fue, cómo llegué hasta ella. Me guió la hilera de sangre salpicada por la carretera. Allí, le agarré de la cabeza, tal y como me agarraba con mimo cada noche para conseguir que me durmiese, mientras me cantaba mi canción preferida, y recuerdo sus ojos clavados en los míos, y sin mediar palabra, leí un te quiero en sus pupilas. Sentí su mano apretando mi brazo, hasta que dejó de apretar. Se fue. Creo que también me fui yo con ella en ese mismo instante.
La abuela me acogió en su casa, mientras papá se recuperaba. Y se recuperó. Aunque nunca lo hizo emocionalmente. Ahora tengo 16 años y cuido de papá. Tres años después del accidente perdió su salud mental. Los médicos dicen que no saben el verdadero motivo de la esquizofrenia paranoide. Yo estoy segura de que lo que vivimos aquel día, nos marcó a los dos. Yo al menos pude sentir a mamá por última vez, él se despertó y ella ya no estaba. Desde su despertar en el hospital, lo escucho cada noche llorando. Llora por ella. Susurra su nombre. Yo le oigo. Es un susurro que retumba en toda la casa y atraviesa nuestra alma rota y enrabietada.
Cada mañana es una persona distinta. Un día se viste de tonos alegres y sonríe al mundo. Es charlatán, amable y hasta parece feliz. Otro día viste de chándal y su boca no dibuja expresión alguna. A veces lo encuentro hablando solo en la cocina, mientras toma café y tostadas. Yo le pregunto “¿con quién hablas?” y él me contesta “¿no lo escuchas?, el mundo está contra mí.” Entonces yo le sonrío, le agarro del brazo y le digo cuánto le quiero. En ese preciso momento palpo cómo esboza una sonrisa gigantesca para mí. Sé que se esfuerza por ser el mismo de antes, pero ya no diferencia quién era. Lo que sí sabe es que mientras todas las mañanas, con el agradable olor del desayuno recién preparado, le recuerde lo mucho que lo quiero, nada podrá contra él. Aquí estoy yo cada día para sostener sus personalidades variables, besarlo cuando escucha al miedo, para recordarle que tome el tratamiento, y sobre todo para decirle “papá, no pasa nada, aquí estoy yo.” Así, todo nuestro mundo con piezas de puzle desordenadas, vuelve en calma.

¿Y por qué no?

Entro a la librería que frecuento en la ciudad y como siempre, voy de inmediato a mi sección favorita: la poesía. Me impregno del olor a páginas, del tacto rugoso o liso, de la fuente de las letras... allí me pierdo entre tantos títulos. Echo un vistazo a las novelas, buscando autores concretos: Bukowski, Brautigan, Gaiman, Malzieu, Max Brooks, Palahniuk... Sobre todo a los dos primeros, esos dos putos locos fueron unos genios. Me fascina la peculiaridad. Lo diferente. Lo que señalaron como marginal. Me identifico con las rarezas, con la fuga que construye la mente para salir de esta, a veces, infernal realidad. Ahora, aquí me encuentro a las 2:35pm con una cerveza bien fresca, casi helada, como en alguna noche también estuvo Charles, mi loco favorito. En verdad, ese cabrón, bebía a cualquier hora. Frente al ordenador intento escribir algunas líneas, y todo me sabe a imposible; siento demasiada adrenalina como para concentrarme. Me pregunto cómo cojones lo hacía él. Cómo era capaz de escribir nosecuántos poemas semanales, estando siempre tan nostálgico y ebrio. Maldito genio. De él me agarré al ejemplo, de que puede que te nieguen tantas veces como aborrezcas, pero que perder las ganas de continuar no es una opción. Eso mismo también le ocurrió a Rowling. Y como ellos, aquí sigo, como un yonki enganchado a la metadona. Esta es mi terapia. Paseando entre las librerías con aroma a hojas nuevas, aprendiendo de esos autores, a los que durante mucho tiempo también dieron de lado. Y es que casi ninguno lo tuvo fácil. Puede que no me quieran, pero me quiero yo. Así que, voy a luchar, ¿y por qué no?

Noche 38

Por cuánto cambio ha pasado la vida.
Ahora nos ahogamos en un vaso de agua lleno;
nos invade el pensamiento suicida.

Antes se sentían valientes los hombres tras la guerra del '39.
Ahora se sienten valientes presumiendo de músculos
y chicas de gimnasio con las que dicen practicar el 69.

Presumidos idiotas,
si supieran qué fueron las derrotas
en la época de hambre, guerra y enfermedades,
no estarían tan erguidos con sus falsas y estúpidas vanidades.

Si supiéramos... Si supiéramos qué fue temer a la vida de verdad,
con la muerte mirándonos de frente,
nos reiríamos de todo lo que nos ocurre, como si las penas fueran chistes,
y entonces, estas noches no serían tan tristes.


Noche 37

Nunca sentí nada tan bonito como cuando le hago reír.
Le observo desde cerca, siendo testigo y cómplice.
La sonoridad de su alegría alberga ahora entre la herida que me maldice.
Siento que se convierte en ese segundo de antes de la muerte, que me revive
                                                                                   
                                                                                                   y vuelvo a ser.
                                                                                       Yo también puedo reír.

Noche 35

Hacen falta tan solo tres palabras para acabar con una persona.
Con su castillo de ilusiones,
y su armadura llena de algunos nombres bajo tachones.

Tres palabras que son puñal en mano,
indeseables, desgarradoras, y a veces fortuitas
como la enfermedad en un cuerpo sano.

Tres palabras que derriban las sonrisas forjadas
con momentos de amor guardados como tesoros.
Ya el amor roto, ya el amor despedido por los poros,
escupido por esas palabras ya despellejadas.

Ya el insomnio y las lágrimas sobre la mordaza invisible de cuero.
El tesón que desequilibra el pensamiento;
gritas con la ausencia
por culpa de ese jodido

"no
      te
          quiero".

Risa indigente

El pobre es el que mejor sabe encontrar
en los pequeños detalles,
la felicidad.
Si no fuera por la falta de recursos primarios
tales como el sustento, la educación y la sanidad...

Qué pena, que tanta carencia,
les robe esa sonrisa.

Noche 33

Cuatro paredes sostienen mi presencia hostil.
Afuera, todas las miradas me apuntan con un calibre 38.
Siento que en cualquier momento puedo morir.

No sé cuál es mi lugar; al menos, por el momento,
aquí he encontrado mi bunker.
Dentro de mis sueños, a veces soy feliz, allí me miento;

me veo volar escapando de todo mal,
aunque también siento a ras de mis pies el miedo
queriéndome alcanzar.

Detrás de estas cuatro paredes no ven quién soy.
Allí yo me siento incapaz; huele a duda, a desconfianza, a mi intranquilidad.
Soy aquel extraño al que nadie ha invitado a casa.
Pasa el tiempo largo, pero esta sensación no pasa.

Me retumban aquellos gritos de afuera, que ahora son quejidos.
Me atraviesa aún en la piel, todo lo que temimos.
Todo se quedó atrás,
pero mi pecho manchado de sangre no sabe olvidar.

Todavía hay atisbos de miedo.
Todavía mi pecho siente a los monstruos.
Recuerda la ansiedad clavándose en mis entrañas.
Me recuerda a mí, casi sin voz advirtiendo "joder, casi, me matas."

No puede con las ausencias a las 3.00pm
ni con las carencias de un día cualquiera
cuando necesité un mimo a tiempo.
Me convertí en invierno,
y cogí cierto gusto a que nadie me viera.

Me creo invisible,
pues invisible creyeron que era
cuando a nadie le importó que estuviera allí ante su guerra.

He querido abrirme sin piedad y sangrar
hasta que no cupiera en mí, más aliento.
Creí que así ya no volvería a llover más en mí, desde dentro.
Pero siempre busqué razones para quedarme; me dije "lo siento."

Salgo de este bunker, y es inevitable,
me llevo conmigo los desastres,
pero me voy, y no sé cómo pero
voy a salvarme.

Como siempre hice.

Noche 32

Cuando te dejé hundirme los dedos sobre la espalda, no te estuve dando permiso para que también lo pudieras hacer con los cuchillos.

Noche 31

Me voy. Quizá ya es hora de que me marche. Tal vez muy lejos donde no tengamos que encontrarnos de nuevo. Allá donde no tengas que soportar a mis ojos mirándote con nostalgia, por todo aquello que tuvimos. Yo tampoco quiero soportarme así, con mis dedos cortándose con los bordes de nuestro libro, porque no sé bien pasar página. Es mejor irme. Donde no haya calles que me recuerden que hubo ocasiones en las que te quise allí, sobre sus aceras. Es la única manera de no provocarnos calambre al cruzar nuestra electricidad, cuando nos encontremos un día cualquiera en que todavía te sienta dentro de mí. Porque puede que yo me vaya, pero tú no te irás de mi cabeza. No tan fácil. Esta abismal ausencia, es lo que más me pesa y me lleva a creer con certeza que es mejor barrer todas esas calles de mis pasos, y empezar a caminar sobre otras nuevas, donde al menos no me aborden nuestros recuerdos.

Noche 30

Desde lo alto de esta colina, alejados del monzón
donde todo el pueblo diminuto ante nuestros ojos,
nadie podrá hacerte daño, corazón.

Tus pulsaciones ya frágiles no aguantan
ni un solo rasguño más,
pero aquí la tormenta no te puede alcanzar.

Te juro que esta vez no voy a apostarte
a manos de cualquiera que me regale
las promesas con la huida más cobarde.

Eso de querer es para valientes, y tú, cariño,
te mereces que sea yo quien más te cuide.
El amor que puedo darte yo, será el mejor aliño
que echarte en esta herida abierta, que te desoxide.



Noche 29

Depresión de diagnóstico
y pastillas para dormir.
Y aunque el pensamiento agnóstico
recurres a la oración para sobrevivir.

Un libro en la mesilla de noche
por si la salvación naciera de unas frases.
Duermes apretando a la almohada y al reproche
que evoluciona en tu cabeza por distintas fases.

Creo que ha crecido.
Que ahora arde en llamas en tus ojos.
Que tu autocompasión no ha cedido,
y las ganas de destruirte en tu propio fuego es tu mayor antojo.

Dime,
¿valía la pena matarla?

A s e s i n o.

Noche 28

Si supiéramos que todos esos niños de Ghana o de Malí
son mucho más felices que nosotros, sin móviles 4G, WiFi,
televisores 50" o cualquier lujo que no puedan permitirse allí,
dejaríamos de echarles fotos en viajes de ida y vuelta
como si estuviéramos salvándoles
de esta pobreza a la que muy poco solemos echar cuenta.

Nosotros somos dependientes de la ambición y el capricho,
no tendríamos ni puta idea de cómo se sonríe a la vida
si nos viésemos sin nada.
Ellos a diario son su propio chaleco salvavidas
con sus enormes ganas de vivir.
Casi que no necesitan más.

Acomodados a los deseos de este mundo moderno,
de pronto en sus condiciones no sabríamos ni sobrevivir.
Eso sí es triste.



Noche 27

En la copa de un árbol construiré nuestra casa,
podré observar relajada ese cielo que desconoce la NASA.
Ese cielo en el interior de tus ojos de azul claro
donde siento poder metarfosearme en pájaro.

Y con mis alas libres, me dejaré caer
sin miedo a golpear contra las curvas;
mi corazón, la baraja de cartas, y tú el crupier.

Allí en nuestra casa, podrás besar
mi piel encallada de recuerdos tristes.
Qué suerte la mía cuando viniste
con tu manera de hacer a mis latidos bailar.

¿Podrá la copa de árbol soportar tanto amor?
No creo que ni siquiera en toda la galaxia
exista tanta armonía como la que contigo siento yo.



Noche 26

Si el amor es sacrificio,
yo debo de haber perdido varias vidas ya.
Quizá en cada error, una perdida de mí misma por algún resquicio,
o una comunión imperfecta de mi yin con el yang.

Mis ojeras son un libro abierto.
Ellas te cuentan a cuántos insomnios han sido sometidas,
y por cuántas heridas pueden ya haber muerto
con el abastecimiento de tantas lágrimas suicidas.

Los que nos enamoramos somos unos ilusos.
Pensamos que todo va a ir bien, pero no todo siempre va bien,
lo cierto es que acabamos siendo del amor unos reclusos.

Quizá cuando nos damos cuenta es demasiado tarde
y pretendemos maquillar las hostias
y coser la herida que todavía nos arde.

Y somos tan torpes que intentamos no hacernos más daño
advirtiendo de nuestros rotos con antemano;
una inútil táctica que desarrollamos por cada error y cada año.
Y no vale de nada; acabamos explotando como el butano.

Ese es el gran error, creer que podemos controlar
la proporción en la que nos podemos entregar.
Y no, el autocontrol no lleva abrefácil.
Nos complicamos tanto y quizá, solo es cuestión de arriesgar.

Pese a todo.

Noche 25

Apareces en mis sueños,
pero aquí,
¿aquí, dónde estás?
No te puedo ver, oler ni tocar.

Te echo de menos.

Noche 24

Yo te enseñé a bailar despacio,
¿recuerdas?
A ver magia en las letras
y a darnos un poco de espacio.

Me conociste siendo una herida abierta,
y me presenté incurable.
Y puede que siga llevando la alerta
sobre mi pecho, pero soy un poco más alcanzable,

para ti, al menos.
Y ya es mucho, viniendo de este apaleado corazón;
que ya soy incapaz de mirar a otros ojos ajenos

después de caer rendida en los tuyos.
Escucho el murmullo de este silencio
y puedo escuchar cómo mis latidos hablan entre sí
advirtiéndome "somos suyos".

Se creen que no lo sé.
Me hacen gracia esos jodidos revolucionarios;
les encanta verme enloquecer.

Noche 22

A veces necesito poder mirar a tus ojos
para recordar la sensación de necesitarte.
Admito que es algo en nosotros
de lo que me suelo olvidar cuando se te antoja odiarme.

Requiero de una sola razón de peso
que valga más que este requiebro.
Y esta puta barrera no nos salva.
Deja de arrojarme dinamita,
porque estoy a punto de prender el mechero.

Noche 21

Estamos demasiado rotos para intentarlo. Quizá frustrados por la cantidad de veces que nos decepcionaron. Nos convertimos en el mismo Océano Antártico, tan fríos nosotros con nuestra forma de no expresarnos, y nuestro corazón tan dramático. No puedes soportarlo. Ni siquiera puedes encontrar a la persona que fuiste. Y lo fingiste ser después, creyendo que volverías a serlo. Pero no lo vuelves a ser. Y el tiempo a solas te transforma en un animal solitario, tal vez, maniático. Esperamos por una perfección que no existe y, lo único más cuerdo sería bajar un poco el escudo y dejarnos llevar hasta donde tenga que ser. Después de todo, las hostias, son las únicas que nos hacen crecer.

Noche 20

Soy la persona incorrecta en un mundo equivocado. Y ya no puedo con esta mierda. Yo me salvo de mis monstruos; todos aquellos que venían al apagar la luz, me los he cargado. No espero superhéroes; la vida es un juego amañado.

Noche 19

Querer y no poder. Poder y no deber. Siempre con esa maldita barrera de por medio que atrinchera nuestros sentimientos. Por favor, no me digas que no puedes, dime que no quieres. Que tus ganas no te lo permiten; que no te apetece tenerme boca a boca, con tus manos asaltando mi cintura, mientras desvalijas mi corazón. Sé que quieres venir conmigo, me lo dice tu voz, esa que callas pero gritas en tu forma de mirarme. Te encuentro en las calles de la ciudad, clavando tus ojos sobre mí. Igual que yo sobre ti. Y dices tanto desde esta distancia, que no puedo creer cuando dices que no puedes. Porque si sientes esta sensación por mí, no puede ser totalmente real o sincera lo que tienes con esa persona que no soy yo. Un contrato de dos que te detiene. Qué validez tiene. No puedes, dices, pero quieres.

Noche 18

Estoy en el mismo lugar de aquella noche en donde nos conocimos.
Suena el indie rock de fondo en tanto miro entre la gente, buscándote.
Hace tanto que nos vimos;
creo que prefiero no saber si vienes; no quiero estar esperándote.
Es mejor la sorpresa,
la sonrisa risueña que se abalanza enorme
sobre la curva de los labios, de una alegría traviesa.
Llevo un par de copas en vena;
las chicas bailan al ritmo de las notas de guitarra,
con el sonido a todo volumen que nos llena
de una locura que sana.
Es esa voz, la voz de ese cantante del escenario,
con su pelo castaño que baila mientras él salta,
me recuerda al líder de los Arctic Monkeys;
pero, ni de lejos, estos son la banda británica, ni tú apareces por la entrada.
A este jodido festival le haces falta.

Noche 17

Hablas de insuficiencia y tras eso, odio esa sensación que aparece en mí con tu influencia, haciéndome sentir vacía. Eres la Revolución en cualquier día. Te preocupas de poder llamarme "mía", pero no de cuidar que hacerme sentir especial debe de durar más de cuatro mañanas seguidas. Duras cuatro bien y luego dos, me declaras la guerra. ¿Así vas a hacer que te quiera?, me pregunto. Si esto es amor, quiero volver a pisar tierra, que de este vuelo, soy carne de suicidio, del que siento estar a punto, y yo ya no me subo en aviones de papel sin paracaídas. Por favor, más me duele a mí decidirlo, pero, no te quiero así, y si vas a seguir así, sal ya de mi vida.



Noche 16

¿Imponer ideologías como ley?
Ni tu pensamiento ni tu crucifijo serán de mi cuerpo, el rey.
No me gobernarás.
No me obligarás.
Me prefieres muerta en la clandestinidad,
antes de permitirme libre de optar.

Hipócritas al gritar libertad,
cuando también intentan mandar en la vida ajena.
Mi vida no es una avenida turística de puertas abiertas
donde podáis pasear vuestras pataletas.

Ocuparse de las millones de personas de este jodido planeta
que según ustedes tuvieron la suerte de nacer,
pero sufren el hambre, la pena,
la falta de recursos primarios y hasta la sed.
Pura incomprensión de la inhumanidad.
A mí, dejadme mi cuerpo en paz.

Vuestros votos podrán sumar o restar,
pero no serán quienes conquisten mi cuerpo como cual Christian Grey,
ni yo seré una Anastasia más, que se deje domesticar.
El aborto será de ley.


Tauromaquia

Lo llaman arte.
Pero el toro es el que lidia con el animal más bravo,
que no os engañen.
Una cornada tras otra entre vitoreos y aplausos, hasta matarle.
Se apropian como premio, las orejas o el rabo.
Malditos macabros
y su carnicería más salvaje.
Para ellos, un deporte;
para los animales,
un completo agravio.
Qué sádicos cuando se nombran sus amantes.
Los burlan frente a sus trajes de luces,
derramando la sangre
entre banderillas y capotes.
El toro agonizante, sufre la muerte.
Ni cultura ni festejo pudiera llamarse,
pero mientras exista público que aplaude
este crimen, seguirá llamándose arte.

Lamentable.






Noche 15

Mientras las voces de tu cabeza te llenan de malos pensamientos y peores consejos, tú deseas, a veces por tan solo un momento, morir de la manera más rápida. O quizá matar. Después de ese macabro tormento, respiras profundo y vuelves a la vida; y sin decirte a ti mismo lo siento, de nuevo saltas con más fuerza a por otro intento. Eres como Mario Bros y la recolección de cien monedas que le concedían una vida extra. Si fueses gato, de tus siete vidas, ya irías por la sexta. Pero solo tienes una vida, y después de las caídas, tú siempre vuelves con más ganas. Nada puede contigo, aunque se transformen en cuestas las rectas más planas.

Noche 12

Estamos tan distraídos,
empeñados en encontrarnos de cara con la felicidad que,
obviamos que tal vez la felicidad no reside en un lugar;
porque quizá no sea en dónde ni con quién.

Lo más seguro es que si escoges tu mejor versión,
puedas encontrarla en ti,
en tu propia satisfacción, en el amor propio,
en el hogar de un instante diminuto.
La magia de tropezar en la tan demandada felicidad,
se pierde si crees que solo un lugar o solo una persona,
es su dirección.


Noche 11

La represión.

La represión empuja a cometer conspiración,
movimientos encubiertos, barricadas, luchas o vandalismo lo llaman.
Una vez conseguida la victoria, se aglomera la emoción.
La emoción por hacer todo aquello que antes era prohibido.
Llega el desfase, el ondeo de banderas de la libertad poderosa,
de la libertad ansiada, y el corazón desinhibido.

La represión fue la culpable de esta locura social
organizada con el descontrol
del que no sabe o no deja avanzar.
Solo hemos podido evolucionar en teoría;
la práctica es otra asignatura que, en esta aparente sociedad moderna,
suspende la mayoría.


Noche 10

Qué bueno la gente que sabe agradecer. A veces esperé una poca de gratitud por parte de quienes alguna vez demostré lo que podía hacer por ellos. Me dieron las nueve y las diez. Y pasadas las doce de la noche, supe que ya no lo iban a hacer. Esperé demasiado de quienes no supieron corresponder con una sola palabra. Joder, una sola palabra.
             
                  Qué bueno la gente que sí sabe decir "gracias."
                                  Aunque sean mediante
                                                 un
                                               simple
                                               gesto.


Noche 8

Enhorabuena.
He logrado pasar siete días completos sin hablarte.
Quizá deba celebrarlo con unas cuantas Estrella Galicia
mientras creo imaginar que empequeñecen mis heridas,
tal como encogió en el país de las maravillas, Alicia.

O tal vez mi corazón sea más preso que gaviota,
y deba llamarme, una y otra vez,

              idiota.

Noche 7

Hay varias formas de culpabilidad,
pero siempre emerge visible
cuando la mente ya no puede más.

Está la culpa que carcome entre las horas de la madrugada.
Reconcome el recuerdo
junto al pensamiento de no haber hecho más nada.
La culpa a destiempo,
o la culpa que no es propia
pero asumes como rompecabezas de pasatiempo.

No importa que quieras aceptar o no, a la responsabilidad,
la culpa se avecina nocturna
hundiendo sus zarpas
en el desconsuelo de tu mirada taciturna.
Junto a ella, la pena que ya te conoce,
acecha entre las sombras, después de las doce.

Volver

Quiero volver a aquellos días de frío en los que
estos eran la excusa perfecta para abrazarnos.
Volver a las noches de peli y sofá.
A los besos lentos y caricias bajo la manta.
A las veces en las que te pedía mirarte, porque
tus ojos eran el mejor cielo donde lanzarme a volar.
Volver a las despedidas donde me agarrabas,
con un irrefrenable deseo, la mano,
pidiéndome quedarme un poco más.
Volver a las cenas compartidas de comida rápida,
chuches y miradas cómplices.
Recuerdo las sonrisas al tocarnos, las quiero otra vez,
quiero mi timidez aparente sobre tu mirada fija,
quiero tu vergüenza tan tierna
cuando decías que te imponía, y joder,
quiero de nuevo nuestras risas a voces.
Quiero los veranos que provocábamos
un 28 de enero, cuando juntábamos los cuerpos.
Los corazones sonando tan fuerte frente
a los nervios inocentes y los dedos enlazados,
reclamándonos nuestros.
Quiero volver a tu amor cálido, divertido,
atrevido y apasionado.
A tu transparencia.
Tu desnudez interior.
Volver a aquella vez en donde te recité
mi poema preferido de aquel autor cordobés;
tú te estremeciste, yo, con mis ojos, te abracé.
Quiero una y otra vez contigo esas tardes de
charlas, confidencias y secretos.
Quiero volver a tenerte de frente,
y que entiendas de una vez que cuando te miro
con tanto misterio,
es porque te estoy diciendo, a mi manera,
que te quiero.

Por favor, vuelve.

Noche 4

Qué irónicas son las horas.
Con lo lentas que parecen suceder un día cualquiera,
y lo rápidas que corren por delante nuestra, en tanto lo ignoras,
cuando más a gusto estamos.
Deseamos congelar el tiempo frente
a lo que amamos.
Un paisaje o el momento de antes de una despedida;
un beso en los labios, un abrazo tierno,
o una caricia detenida
sobre la espalda.
Las horas, a veces,
visten de minifalda
y se les ve
el miedo a ser vistas,
al correr.
Nos hacen detenernos pesarosos ante la pena,
la pena de aspecto eterno;
un momento apenado,
es un momento muerto;
los segundos se transforman en minutos empoderados,
y así, la mayoría del minutero,
desaprovechado.

Noche 3

Con lo fácil que sería decirte que te echo de menos. Y mírame, aquí, hundiendo mi corazón en el poso de esta lata de cerveza americana. También de la alemana. Procurando ser fuerte para no venirme tan abajo como la mirada de mis ojos cuando miran al suelo, mientras voy pensando en ti.

Con lo fácil que sería perdonarte, perdonarnos.
Pero mi felicidad es proporcional a esos momentos buenos que tenemos.
Y ya no quiero que dependa solo de que tú y yo estemos bien.
Cuando estamos mal... me bajo del mundo y me hundo en algún tipo de universo paralelo, compuesto de un invierno a bajo cero. Y ya no quiero.

                             ¡No quiero!

Predicciones

Me importa muy poco lo que prediga, sobre nosotros, el destino.
Yo solo hago caso a estos putos golpes de voz que mi propio corazón lanza contra mí,
cuando no estamos ni somos.

Cómo no hacerle caso,
si mientras lleve a mis ojos de tu ausencia,
este jodido corazón, no calla.


Noche 2

El rojo de tu boca eclipsa la punta de mi lengua, cuando la rozo con tus labios. Estos son la luna de sangre. Tu barbilla, Marte. Tu cuerpo, el cielo por completo.

Dependencia emocional

Sí, le echo de menos.
Pues claro, joder.

Me apuñala
y me atraviesa la piel
y la carne.
Me aprisiona,
y me deja sin aire para gritar.
Me arrebata la paz.

Pero también lamía sobre mi tristeza
y me dejaba apoyar entre sus brazos.
Mi sonrisa era suya.

Y eso,
eso es justo por lo que volvería de nuevo
a aquel jodido infierno.

Acoso

Ya no existen las miradas inocentes
que te contemplaban con sutileza,
quizá tímida,
quizá con intención de conquista,
quizá inexperta.

Ya no existen aquellas miradas,
sino, las depredadoras,
las de cazador,
las posesivas,
las groseras,
las invasivas.

Dicen que no pasa na'.
Lo abusivo tapizado de normalidad.

Incomprensión bilateral

Debe ser algo así como cuando no sé por qué me quedo,
mientras tú miras mis ojos, y no entiendes qué quiero.

Sociedad revolucionaria

Somos la sociedad que no asume el compromiso
con la evolución.
Decimos mucho y hacemos muy poco o nada.
Demasiados hipócritas y queda bien.
Una sociedad que convierte a la mujer 
en artículo de carnicería.
El acoso sexual parece normalizado;
son esas miradas que rozan y atraviesan la grosería;
esas palabras de más, que denigra el significado de respeto.
Una sociedad creada por nuevas generaciones
que se educaron sin el ejemplo de romanticismo;
ni cartas ni flores, ya solo se dedican canciones sobre sexo.

Hoy, desfilan los falsos amigos de internet
que aplauden por un follow a cambio.
Todo controlado por la superficialidad,
el poder, la avaricia o el qué dirán.

Hoy, está de moda la réplica
contra la defensa de un tema que toque la fibra.
Siempre va a haber alguien que se oponga y te rebata;
de eso, hoy, nadie se libra.
Si eres mujer y hablas en contra de un asesinato machista,
te hablarán de por qué no pones la misma pasión o interés
en la noticia de aquel asesinato que protagonizó una fémina.
Si eres hombre, te cuestionarán tu hombría
por no "meter en cintura" a tu novia.
Y ese, es otro ejemplo más de que la mujer,
siempre ha sido vista como una propiedad.
No nos entendemos;
quizá ni queremos.
La mujer se ha vuelto guerrera por necesidad,
y comprometida con su género.
Pero también es susceptible y tiene miedo al hombre.
El hombre, es el animal carnívoro más fiero sobre la noche.

Somos esa sociedad que confunde todavía 
feminismo con hembrismo.
Como si el feminismo solo fuera cosa de chicas;
chicas con altanería.
Nos juzgamos, nos tememos,
nos enfrentamos y nos declaramos la Guerra Fría.
Esa guerra a la que nos sometemos por no querer comprendernos,
es nuestro más elevado y tétrico abismo.

La revolución de ritmo incompenetrado
no va a conseguir vencernos;
nos morderemos como perros hasta sangrar,
pero nadie lo va a saber parar.

A la mierda

Es muy sencillo decir que seamos sinceros y comunicativos con lo que sentimos. ¡A la mierda! A la mierda todos los que te miran con pena e intentan que abras tus putas heridas como si fueras a devolver esa puta bilis que te remueve el estómago y entonces, todo parase. Que se vayan a la mierda, todos los que te aconsejan que hay que seguir adelante y ser felices. Como si existiese en algún recoveco de mi cuerpo esa escurridiza felicidad. Nadie que no haya pasado por algo parecido al infierno, sabrá lo duro que es contar esa verdad; lo imposible que es. Que me he mirado al espejo y he sentido asco, y he sentido odio al mirarme. Apenas me miraba para evitar esa maldita sensación. Me importé una mierda. Me traté como a un objeto al que mi mente movía con ese automatismo suyo, de un lado a otro, al que debía ir. Mi cuerpo estaba presente, mi cabeza... mi cabeza siempre estuvo en otro lugar. Dormía hasta las 14:00 de la tarde solo para poder encontrar esa estúpida felicidad en mis putos sueños, porque solo en sueños dolía todo un poco menos.
Me peleé con todo a mi alrededor, con mis nudillos prietos, rabiosos y decepcionados. Mi rostro no podía ocultar tanto; aunque lo deseaba, no podía. Grité tan fuerte que me rajé la garganta, pero no sangré. Nadie me oyó. Nadie se dio cuenta de que moría. Lloré tanto que deseé desaparecer, pero nunca desaparecí por más que rezaba para que todo acabara. Quise acabar conmigo. Por un tiempo no quise otra cosa que acabar conmigo. Ahogué mi rugido de auxilio con mis manos y también lo ahogué entre cojines que sufrieron mis garras. Nunca he sido capaz de abrir la boca para pronunciar la primera palabra, ni tan siquiera la primera consonante, de mi declaración de intenciones, ni de mi jodida confesión de este asesinato emocional que sufrí en mis putas entrañas. Y aún lo recuerdo. Me atormenta el recuerdo. Porque nadie fue capaz de parar con todo para apagar el maldito incendio que ardía a mi lado; el maldito incendio que quemaba mi cara, o quizá fueron las lágrimas. Las putas lágrimas. Demasiado tiempo pasó. Demasiado tiempo pasé de un infierno a otro quizá peor. Me desfasé con los efectos de la infelicidad. Estuve muerta; o quise estarlo.
Pero es que estoy harta de que todo vaya tan mal. Y sé que si vivo incrustada a esta mierda, acabaré muerta, a manos de mi pena. Y no me da la gana. Es muy sencillo decir cambiar. ¡Cambia! Pero nadie es capaz de hacerlo hasta que te ves de puntillas sobre el vértigo de la vida; y solo puedes elegir caer o seguir en la búsqueda de algún golpe de suerte. A la mierda, yo prefiero pelearme con lo que dicta este presente; luchando; buscando a mi suerte.

Noche 1

Beso a la luna con mis ojos fijos
sobre su vestido blanco, impecable y cristalino.
Las estrellas rumorean sobre nuestro romance,
deseando que el cielo las abrace
como yo abrazo al cuerpo celeste
con mi mirada clandestina y salvaje.

Dicen que nuestro amor es lunático.
Quizá para ellas no tenga sentido.
A diferencia, yo practico el amor, no lo predico.

Que digan lo que quieran.
Yo,
soy feliz a mi manera.


Plena vejez

Los surcos de mi piel
muestran todos mis años.
Cada pliegue representa un momento feliz,
quizá una fecha exacta, o tal vez
un amor que pasó por mi vida dejando
alguna que otra cicatriz.

Me llaman viejo,
pero mi niño interior aún vive;
lo siento dentro, saltando tan alto
como mis piernas ya no pueden.

Torpeza,
olvido,
quizá despiste.

Todo llega,
de pronto abres los ojos y
todo llega, ya ha llegado.

El torrente de energía se calma,
ya no hay llama viva en esta mecha anticuada.
Me llaman viejo
y es cierto que mis ojos marchitos me delatan;
y es cierto que en mi piel cuelgan mis noches más largas;
y es cierto que soy
débil, lento y tal vez aunque no lo admita, dependiente,
pero tengo tantas ganas de vivir como siempre.
Aunque ya no sonrío vigoroso,
si no, nostálgico.

Mi mente recuerda,
se entristece con profunda nostalgia.
La vida varía, y yo me siento un bebé descubriendo
las rarezas de este mundo.
Aprendo a conocerme a mí mismo
porque ya no parezco el mismo,
y eso me fatiga.
Y sí, me llaman viejo,
pero yo sé más que todos ellos
que la vida es tan cruel como también hermosa.
Que,
sin espinas, no hay rosa.
Que yo ya he vivido mi vida
y paseo por mis días llorando la perdida
de mi amada esposa.
La soledad me abraza,
me pesa, y duele.
Pero esto es la espina que clava en mis dedos.
Ella,
fue toda flor que clavé sobre mi pecho, intensamente.
Tuve su boca sostenida con mis labios
tantos años,
que ahora siento cómo ahonda en mi carne
el pinchazo de esa mujer que fue
clavel, lirio y rosa.

Mi vejez es plena, pero sin ella
mi vida deja de ser tan hermosa.

La soledad me abraza.
Me aterra y me desgasta.

El miedo en el amor

Él nos incapacita,
se burla de nuestra seguridad,
nos empuja hacia la duda.

Él nos manipula,
nos cela,
nos hace caprichosos,
bestias,
totalmente irracionales,
y portadores
de la enfermedad más aguda.

El miedo
es el domador de emociones
y acciones.

Más fuerte, más potente y más fiero
que cualquier maldita droga.

El miedo,
ese miedo,
es el irremediable tropiezo
que se prolonga hasta llevar con nosotros,
a quien decimos amar, hacia la soga.

No te reconozco

Debemos ser algo así como una constante variable,
o quizá tenemos en nuestra cabecita
un duende que nos diga
olvídalo todo
y entonces,
nosotros lo olvidamos todo
como por cuestión de inercia;
como si no hubiese pasado por nosotros
aquella persona que duró 365 noches.
Ya te dejan de vislumbrar sus manías
que te llegaron a gustar de forma crónica;
también sus poderes
para hacerte frágil e inderrotable.

Así de fácil nos olvidamos,
nos desaprendemos.

Y si no es así, entonces dime,
dime por qué no te reconozco.

Comerciantes de ilusiones

Me podrán sangrar las puntas de los dedos escribiendo sobre mis noches más tristes, y me seguirán negando la entrada a mi propio ensueño. Pero esos jodidos comerciantes de ilusiones, no van a quedarse con mi mérito. No los necesito.

El cuidador

Ha llegado el momento. Me siento ajeno a todo, como si todo fuera incierto. Pero esta realidad supera la magnitud compleja de un sueño.
La anciana que he estado cuidando era pura fragilidad; huesos ya rotos, como el cristal fino y débil. Pero ella, fue todo un huracán revolviendo mis emociones por dentro; quise mimar y mimé su piel manchada, arrugada y bruta. Yo sentía cómo clavaba su mirada sobre mi nuca, y me he sentido claustrofóbico entre su olor senil y su sonrisa agradecida. Pero eso me gustaba.

Me ato los cordones de estos zapatos negros, de brillo impoluto, que apenas suelo usar. No los quisiera tener que usar. Voy de camino a su entierro. Y me invade su recuerdo, cuando decía que me alejara de ella. No entiendo por qué querría eso.
Se supone que debería estar pensando en lo buena persona que fue, y lo bonita que era su alma, pero no cesan de llegarme escenas de todo lo que he sido por ella, y de todo lo que últimamente me ha hecho hacer, tan sucio. Maldita sea, esa perra me obligó a tener que ponerme estos zapatos negros. Ella prefirió esto.
Me ha dejado aquí tan solo; era todo lo que ocupaba mi rutina y ahora... me siento tan jodidamente solo. Y la culpo. La culpo porque ya no está. Le agarré y le dije déjate, y no se dejó, no quiso quedarse conmigo. Ella prefirió esto. Tanto la cuidé y quizá no supo verlo. Y aunque mis ojos estén inundados de reproches, yo aún siento amor por ella. Un mimo constante que se convirtió en hábito, un hábito que me consumía, y me aliviaba al mismo tiempo. Nuestras soledades ya no estaban solas.

Salgo de casa, vestido de este fúnebre traje, con el que me siento ahorcado con el maldito nudo de la corbata. Intento aflojarlo. Pero miro al cielo, y me doy cuenta de que aprieta aún más esta bochornosa calor de pleno julio. Mi frente suda, y se confunde con el sudor de mis nervios forzosamente pasivos.

Cojo el coche para conducir hasta el cementerio. El camino será largo. Adentro la llave de contacto y con el motor ya rugiendo, me detengo unos segundos con la mirada perdida, y tras ese silencio hueco, continúo. Mis manos presionan, sin darse cuenta, el volante. Me siento profundamente apenado y tan vacío que siento la ligereza de mi cuerpo flotando entre la melancolía. Maldita sea.

Estoy casi llegando. Busco con la mirada algún hueco libre para aparcar. Esto está lleno de coches. Voy tan despacio, como si no quisiera llegar nunca. Este afligimiento se convierte en pesadilla, quizá incertidumbre. El amor, tal vez, se convierte en odio por momentos. Es que la odio por no haberme dejado estar con ella. Si me hubiera dejado, no hubiera pasado nada de esto.

Aparco al fin. Allí están todos ellos, entrando ya por las puertas de este infierno de muertos. Y su silencio. El abandono. La pena colgando de sus letreros anunciando sus nombres. Las flores dando un poco de color, para engañarnos. Pretenden hacer bonito algo terrorífico. Yo, como todos, sigo el sendero hacia esta vida del revés. Cruzo la entrada y apresuro el paso para encontrarme con el resto. Todos son familiares y amigos. Quizá algún curioso, de paso. Respiro. El corazón me golpea contra la camisa y le susurro que pare. Pero mis ojos se encharcan. No veo nada. Me limpio.

-Por Dios, chico, ¿cómo estás? Siento que te haya pasado a ti, a solas. Debe de ser un recuerdo terrible. _me dice uno de los hijos de la anciana, golpeándome la espalda, en un abrazo efímero_
-No te preocupes; gajes del oficio. Siento no haber podido hacer más. _le contesto, lamentado_
-Mi madre era ya muy mayor, _dice para consolarme_ ya tuvo varias caídas, y le advertimos que no subiera las escaleras, ¡malditas escaleras! _se exalta culpando a las escaleras de la casa, mientras se reúne con sus otros hermanos_

Algunos familiares, más jóvenes, tan jóvenes como yo, parecen hacer más caso a sus móviles. Intercambian textos. Yo miro el mío, por si acaso, siempre por si acaso. Ni una llamada perdida, ni un mensaje, nada. Hace seis años que me alejé de todos. Yo me he buscado este vacío. Veo que son las 11:00. Apago la pantalla y alzo la vista hacia el ataúd. Madera gruesa de color caoba, rodeado de varias coronas de rosas, adornando a la tristeza. Como si eso remediara la sombría impresión que se siente en un lugar como este. Lo alzan con cuidado, lentamente, y lo introducen hacia el nicho. Todos aguardamos un minuto de silencio. La cabeza al suelo, la mirada volteada entre lágrimas. No veo nada. Otra vez no veo nada. Vuelvo a limpiarme. Tengo un flashback. Recuerdo otra muerte. La perdida terrible de mi novia hace ya seis años. Aún la quiero. Aún la recuerdo como si fuera ayer cuando miraba mis labios justo antes de besarme. La echo de menos. Desde aquel fatídico accidente de coche en donde la perdí, no he podido volver a estar con nadie. La anciana era toda persona con la que volvía a entregar mi cariño y dedicación. Nunca he podido hablar de ella. Me duele. Todavía me duele. A veces creo que cuando se fue, se llevó con ella mi cordura. Me horrorizó verla tan destrozada. Es algo que no puedo sacar de mi cabeza; ni mi amor por ella, ni su cuerpo convertido en pura fragilidad contra el asfalto. Ojalá yo hubiera ido con ella. Ojalá yo en su lugar.
Lloro. Lloro como aquel día en el que grité su nombre mientras la oscuridad sacudía sobre su féretro. Quizá morí con ella.
Después de este minuto, se escucha de nuevo al murmullo. A las voces cortadas por el llanto diciendo “no pasa nada, ya era mayor.” ¿Dejaremos de importar cuando cumplamos tantos años? ¿Acaso no duele tanto la pérdida cuando alguien muere mayor? Creo que esa es la frase más absurda, para consolar a la pena. “Es mayor.” “Ya pudo vivir su vida.” Creo que hay personas que han perdido la vida muy jóvenes y que han sido más felices que en toda la vida entera de algunas personas de 65 u 80 años. Caprichos de la vida. Azar. No sé.

Veo cómo todos se funden en largos abrazos que calman al dolor, y refrenan la caída de las lagrimas que quieren brotar hacia las mejillas, saltando con fuerza.
Todos vamos a echar mucho de menos a la anciana. Sobre todo el hueco de mis horas muertas que ella ocupaba. Pero ahora ya no importa. La depresión sigue a mi lado. Respiro. Nadie parece sospechar que yo la he matado.

Llamada de urgencia

¿Puede una persona avanzar cuando te están dando toquecitos sobre el corazón? Como si pudiera este hacer algo más, cuando está roto. Te grité socorro. Pero nunca me oíste.

¿Apostamos?

Quiero apostar por ti.
Mirarte un día y darme cuenta de
que eres todo lo que he buscado.
Detenerme en tus ojos y
transportarme a otro mundo
al mirarlos.
Agarrarme a tu cintura como si
fuese mi amuleto.
Perder mis miedos cuando me
abraces, y mis dudas cuando me
mires a los ojos.
Que puedas mirarme y ver en mí
a la persona que necesitas
contigo.
Llenar el sofá de palomitas por
comerte la boca en mitad de una
película.

Quiero arriesgar.
Si no me juego todo al rojo de tu corazón,
cómo saber que eres quien me hace bien,
o me hará mal.

Una hoja en blanco

Prefiero dejar la hoja en blanco a
escribirte unas palabras donde
trasladarte lo que me haces sentir
y cuánnto me gusta esa persona
que soy, contigo.
Prefiero dejar la hoja en blanco
porque no quiero crear una ilusión
preconcebida.
Quiero que
podamos mirarnos fijamente y
sepamos entendernos con la
mirada.
Tus ojos en los míos, y mi
corazón encajado en el tuyo...
o no.
Soy como un puzzle con una
pieza perdida y quiero encontrarte
como si tú fueras esa pieza.
Mi pieza.
Mi pieza perdida.

Pueblo y gobierno

Si no fuésemos tan borregos,
conformistas y autodestructivos,
no habría tanto títere
despellejando la confianza de quien quiere
y de quien necesita
mejorar.

Somos la sociedad burlada
a manos de la avaricia de poder.
A ellos no les conviene
que tú puedas prosperar.

Quieto, pobre, ignorante y con bozal,
eres mejor marioneta.

Progreso

Por las noches cerraba tan fuerte los ojos.
Quería desaparecer;
incluso rogué a la fe.
Me alentaba dentro de mis sueños.
Me prometía que saldría de esta.
Buscaba alguna excusa para creerlo.

Sin ilusiones,
no hay resurgimiento.

Huelga contra los piratas

El despotismo de la opresión nos controla.
El sistema nos controla.
Vivimos consumistas por unas necesidades
superficiales;
somos embaucados por el capitalismo.

Trabajadores explotados
con horarios reprochables,
y sueldos, descompensados
en relación a la labor realizada.
Esclavizados.
Desmoralizados por la mínima recompensa
y la falta de tiempo en ocio y descanso.

Todavía en este sigo XXI existe el explotador con su látigo.
Es la palabra del cacique.
La amenaza, es el despido.
La amenaza, es no poder mantener a una familia;
es no poder mantenerte a ti mismo.

Y eso, es miedo.
Así nos manejan, con el miedo.

El vendedor mira hacia su ombligo.
Los caciques recogen el mayor porte del beneficio,
recolectado por la mano de obra de los empleados marionetas.
El consumidor echa la vista hacia un lado,
solo piensa en su bolsillo.
La oferta y la demanda.
Venga, vacía tu bolsillo.
No importa el trabajador explotado.
No importa que realmente, en el fondo,
tú también seas engañado.

Aplaude tu estupidez o únete a la batalla.
Porque si no hay unión, todos salimos perdiendo.
Sin apoyo ni rebelión, siempre ganan esos malditos piratas.

Nos han mirado a los ojos,
nos han usado,
y luego,
nos han echado a patadas.

Que no se nos rían más a la cara,
esos aprovechados.

Provocación

Una noche cualquiera
me tropiezo con tus ojos fijos mirándome.
No deberías mirarme así, y lo sabes.
No debería mirarte así, y lo sé.
Qué haces tentándome, sonriéndome.
Quizá debiera hacer como que no estás
ni importas; es que ya no me importas pero...
por Dios, para.
Quizá reprocharte que te atrevas a entrar a mis ojos
con tu mirada,
y que lo hagas todavía con esa cara insinuante.

Deja de mirarme así, joder,
que me matas.
Hazle caso a tu acompañante.


Trauma

Tirame los platos sucios,
grita, berrea, mírame odiándome,
manipulame,
y haz que todo el mundo crea
que estoy a tus pies.
Sigue,
agárrame de la muñeca con tanta fuerza como
la que te falta para saber quererme bien,
si así crees que te sientes mejor.

En eso se resumía todo lo que fuimos,
mientras tú lo llamabas amor.

Maldito amor.

Miré hacia abajo
y tú sonreías burlón,
pensando que eras rey, mi rey.

Quizá has gobernado mi juicio
hasta extirpar mis ganas de vivir
llevándome a la locura;
quizá has apretado de más a mi piel,
quien solo te pedía noble.
Y dicen por ahí que el tiempo todo lo cura.

Y no es verdad.

Eres una cicatriz lo bastante profunda
para que todavía, sigas presente,
porque fuiste la enfermedad degenerativa
de mi mente.

Te vencí, sola.

Ahora,
eres trauma.

Eclipse

Dime,
hacia dónde van todas las heridas que nos hacemos,
cuando nuestras miradas hacen eclipse.

Nos abrazamos a todo cuanto merece la pena.
Somos mucho más que el error que atraviesa nuestro pecho;
que la palabra hiriente en forma de cuchillo sobre nuestro cuello
en mitad de una trifulca;
somos mucho más que la infundada travesía
a la que corremos a través de nuestra piel, con zapatos de clavos.

Cariño, me haces daño,
y también yo a ti,
pero,
pasados tres días y dos noches
recuerdo que pese a todo,
donde estoy mejor es bajo tus brazos,
tan a salvo.

Y cuando volvemos
a mirarnos a los ojos,

ya nos hemos arreglado.

Musa

Qué son las musas,
sino, pequeños detalles que el ojo humano a veces no capta
a primera impresión.
Una parada sobre cualquier momento, persona o razón,
que te permite la invasión hacia su lado más
emocional y significativo.
La apariencia esconde siempre su faceta más polifacética;
artística o dramática,
arrogante o sentimental.

Musa eres tú.
Musa, también soy yo.

Musa es el hombre que
sigue regalando flores un día cualquiera.

Musa es la mujer que
lucha a diario para mantener y educar a sus hijos
dejándose ella siempre en último lugar.

La gente diferente son musa, inspiración.

Musa eres tú,
que me miras con esos ojos tiernos cuando me marcho
y me piden en silencio que no me vaya.
Y me regalas besos de más
cuando te pongo la cara y le robas a mi boca.

Inspiración es todo aquello que
por mínimo, invisible e imperceptible que sea,
irrumpe en la mente del artista,
como droga que magnifica por completo,
toda sensación.

Lujuria

Me muerdes la boca
con instinto cazador.
Tu adrenalina es una loba
cazando carne en la noche;
para tus ojos de animal mi piel está bañada en luces de neón.

No hay posible huida.
Eres mi perdición.

Quitapenas

Amores de pasatiempo:
medicina alternativa.
No cura, solo alivia por solo un momento.
Buscas aventuras bajo las sábanas
mientras el recuerdo se está yendo,
en lo que dura el arrebato.

"Necesito tiempo", grita el corazón.
"Ve a contarle a otro el cuento,
estoy harto de tus miedos",
le dicen sus ganas de superación.

Ya no es lo mismo

La frenesí a flor de piel se hace cenizas tras mis pies;
tras mis años de traumas; tras la pasión corrompida y desgastada.
Exhumo mis ganas por vivir, sentir, amar.
No puedo notar nada de este mundo como antes.
Ni yo sé qué ocurre, solo sé que me siento torpe; yo no soy yo.
Quizá por todo lo que ya colisionó en mis vértices,
como un barco de papel hundido en la mar;
sí, quizá por todo eso yo ya no soy yo.
Me cansa todo, me aburre todo hasta decir para, basta;
y eso pesa cada vez más.
Me despisto entre la voz de mi cabeza,
y yo le digo, sal, sal de mí, ya.
Aquella cuerda que lancé a lo alto de mis lágrimas
me lograron ahorcar.

Doblegación

Estamos predestinados al odio, como los hermanos Gallagher. Somos el huracán Joyce amenazando Miami. Miami es nuestro amor. Amenazamos con marcharnos, con arrasar con los buenos momentos y escupirlos en reproches. El orgullo es capaz de disfrazar todo lo bueno que podemos sentir en declaraciones de guerra, en gritos e insultos. Y si rajas la piel y abres en canal a esos gritos e insultos, encontrarás al fondo a la derecha, al amor. Un amor que no sé si vale la pena pero que deja grandes huellas sobre el corazón. Imborrables. Como imborrable lo eres tú. En las noches a solas, sin ti, mi piel te pide y extraña tus abrazos, pero yo no consigo olvidarme de tanto daño. Y no sé qué hacer. Deberíamos dejarlo, pero tomé de tu cielo demasiados gramos.

                        Esta mierda nos está matando.
                                 Y aun así, te amo.