Fe crédula

Vemos al daño de cerca.
Nos avisan pero aceptamos.
Nos quitamos la alarma de alerta
y nos adentramos.
Cobijados en sus manos nos hacemos ciegos.
Queremos ser ciegos; ver que puede ser posible,
aunque nos diga "no."
Ilusos aferrados, descuidamos la razón,
mientras le limpiamos la sangre
con trapos de polvo al corazón,
para que no vea la verdad.
Nosotros no queremos verla, hasta que ya no quede fe
que nos pueda salvar.

El puzzle

Quise dar mi corazón, intentar dar de nuevo una oportunidad al amor.
Pero me corté con los rotos.
Esas puntas afiladas que hincaban en mis yemas sin piedad,
causando en mí los más catastróficos terremotos.
Y nunca, desde entonces, he podido completar un puzzle con la palabra
  nosotros.

En llamas

Por qué me dejaste ir.
Por qué me llamabas perfecta _para ti_.
Por qué los te amo,
los abrazos fuertes y la droga en gramo
con la que me seducías en tus manos.
Todo eso para qué.
Creo ver llover, pero soy yo.
Mis ojos te llueven, y todavía te quiero;
por qué te hice caso, corazón;
por qué a ti y no a la razón que suplicaba auxilio.
Tú que eras como un sueño
y ahora es el sueño el que no concilio.
Me has hecho daño y te vas como si nada.
Yo también quiero huir de estas heridas como si no tuvieran ser,
pero de estas heridas me siento atada;
en cualquier momento voy a arder.

Bajo mis pupilas

Hace un rato te he confundido.
Y es que creo verte allá donde yo miro.
Eres el nombre de las calles y plazas por donde piso.
Estás en el doble sentido de las palabras
que aparece en mí sin previo aviso.
Y me río de todo cuanto imagino que lleva tu risa.
Entonces me contagio de ese dibujo que curva tu boca,
sintiéndome la más viva en este mundo corrompido,
en el que sin saber qué hacer, todo se improvisa.

¿Y si me prometes que yo seré la única?
No voy a creerte, ¿por qué debería hacerlo?
Casi todas las palabras son mentira; llevan túnica.
No me prometas, haz que vea al mundo a tu espalda diminuto, en llamas y cobarde.
Haz que crea que tú eres lo que quiero, mientras el mundo, se desenfoca mientras arde.

Quiero estar en tus contraluces.
Darte la mano cuando estés feliz
y cuando también te preocupes.
Besarte el hombro cuando te apoyes en mí
en esos días en los que renuncies a tus dudas,
a tus miedos, a tus "ya no puedo",
y al ruido de todas esas ataduras.
Y luego cruces tu mirada con la mía cuando quieras reír sin parar;
como decía Machado;
Caminante no hay camino; se hace camino al andar,
y yo te voy a hacer sonreír mientras te beso,
golpe a golpe, verso a verso.


Cuando te marchas yo me giro.
Y te miro durante un rato para guardarte en mis pupilas.
En el aire se queda tu aroma y siento que aún te respiro.
Te tengo tan presente aún en tu ausencia,
que por eso, creo verte allá donde yo miro.

El susurro de las Moiras

Me muevo por pura física.
El abatimiento se apodera de mí, me agarra del cuello,
me vapulea y me intoxica.
No tengo hambre, pero como obsesiva,
me pasa a veces, creo que reconforto mi ansiedad;
en ese único momento encuentro la evasiva;
tengo en mi inquietud, su mella.
Esta angustia tan frecuente
es la que me hace devorar a la tristeza y convertirme en ella.
Tengo al desconsuelo a diario en el reflejo de mis ojos,
en mis pies derrotados
y en una capa imaginaria sin arrojo;
esa tela que llevo a mi espalda, desteñida,
queriendo salvarme;
pero esa capa de superhéroe ni me salva ni me cuida.
Voy de un infierno a otro,
y empieza a cansarme pelear con mis demonios.
Voy a rendirme; voy a rendirme; soy yo quien sobro.
Me duelen las ojeras, ya sombrías;
no soporto ni una lágrima más.
Las fuerzas de mi cuerpo ya no son mías.
Las tiene él;
me maneja, me controla, me grita y me aniquila lentamente,
y yo siento que ya no puedo contra él.
Él soy yo.
Yo soy Thanatos.
Porque yo soy quien se deja; veo cómo ahorca mi corazón;
siento esa punzada,
esa falta de oxígeno, y no hago nada.
Yo soy Clotos, Láquesis y Átropos, y vengo a por mí.
Siempre fui cómplice de este dolor.
Me dejé doler y yo misma me hice daño;
no lo pude sucumbir.
Y ya no puedo más.

        Me quiero rendir.
  M e   q u i e r o   r e n d i r.







Sin cicatrizar

Esas cicatrices, no de la piel ni de la carne, las emocionales, las que no se van, las que no se curan por mucho alcohol o pastillas que ingieras para quererlas olvidar. Duermen solo por momentos, o quizá no. Quizá nos volvamos más violentos bajo la embriaguez nítida e impasible. Son esas malditas heridas psicosomáticas tan jodidas de exterminar... Mi mente, mi mente a veces no puede más. Se van, a veces por instantes, por horas, días, incluso, puede que con suerte, por años, pero nunca es para siempre. El recuerdo es mi asesino en serie, y yo su misma víctima de siempre.
Quiero olvidar; te juro que lo intento. Pero todo mi cuerpo hace eco del dolor, y reacciona desesperado y enmarañado con el mismo recuerdo punzante. Es un cuchillo. Un viejo cuchillo afilado y oxidado que se clava constantemente en mi carne, y me hace sangrar. Me hace suplicar que me deje de una vez por todas en paz.
                                                                                                                              Pero no me deja.

Es ese cuerpo extraño en mi memoria que se adhiere pegajoso. A veces vivo de espaldas a él, y consigo suprimir los más terribles momentos. Lo consigo. Lo evito. Omito como si no hubiera pasado, y a veces, me lo creo. Pero es como asomarte a un pozo. Allí está, al fondo, mi reflejo en un charco de agua casi seco. Cobrando vida entre mis heridas, todavía tan vívidas. Cuando regresan, yo ya me he aislado. No siento al mundo.
                                                                                                                           Duelen demasiado.


Carencias

Es desorbitadamente brutal cómo la mente puede engañarte a ti mismo para hacerte creer que estás con la persona adecuada, cuando se trata de la persona totalmente incorrecta, únicamente por recibir unas migajas de cariño que ves magnificadas por una ceguera emocional.

Irma

Soy tan frágil que podría romperme ahora mismo como una bailarina de cristal de equilibrio bobo, o como la lágrima que brota de los ojos y rompe en lamento.
Soy la ausencia de colmillos del lobo, y el embuste de una sonrisa en una boca deprimida y también soy el que la mira sin saberlo. Me hizo así, la vida; saco los dientes siempre antes de tiempo por si me busca la decepción, y así intento evitar su herida. Porque desde mi primera herida, soy el por qué de todos los fracasos, el casi sí, pero no, la pregunta sin respuesta y el huracán Irma. Llevo el corazón lleno de tiritas de un color verde esperanza, que quizá ni sirva. Pero me enjuagué la sangre que ensuciaba mi cuerpo, y ahora, las marcas que me deja esta puta vida, al menos, parecen menos terribles. Quedamos contra las cuerdas; la dependencia de un estado anímico, la vulnerabilidad de nuestra fortaleza o la ira sometida al límite; todo en lo que nos encogemos y alzamos según nos maneje la vida. Porque ella, es nuestra dueña. A veces se empeña en hacer que nos sintamos derrotados mientras nos preguntamos por qué yo; pero si otro pudo salir adelante, por qué tú no. Esta perra nos controla la conciencia y nos permite abatidos y lunáticos. Toma la investidura de nuestro ser y hace lo que quiere; nos gobierna; y nosotros nos rendimos en sus manos, tan apáticos. Encorajados, revolucionarios, suicidas, de capa caída o anquilosados. Todo eso somos. En todo eso nos convertimos. La vida. La vida... Ella nos deja ver su luz y luego nos entierra en sus raíces. Somos todo aquello en que no queremos convertirnos; porque nosotros, algunos ya moribundos, no sabemos controlar las emociones que nos ofrece y que nos obliga a sentir. No administramos bien el cómo y el cuánto. Aunque sí lo sepamos fingir. Y, algunos, desesperados, yacen en su lecho de agonía antes de hora. Nos lanzamos a la rendición cuando todo empeora. Y entonces nuestra desesperación nos ruega; nos suplica de rodillas; nos llora a escondidas. Cedemos a lo fácil. Porque lo fácil es querer huir de ese maldito grito encerrado en nosotros. Pretende derrumbar nuestra cabeza a golpes para rendirnos. Y nos rendimos; cansados y pesarosos. Rendidos sin victoria. Rendidos sin ambición de lucha. Rendidos.  R e n d i d o s.  Y así, siempre, tan perdidos.
Miedo al dolor. Miedo al fallo. Miedo a lo nuevo. Miedo a la pérdida. Miedo a la muerte. M i e d o.
Vivimos muertos de miedo por todo y por nada. Y no lo vemos, no queremos verlo, no sabemos verlo, pero por cada estrangulamiento que sentimos a manos de esta títere, hay una oportunidad de buscar una salida, para que ella se entere de que podemos ser más fuertes. Porque podemos ser más fuertes.

Estados de ánimo dependientes

No dejes que alguien te haga sentir tu mejor versión,
porque entonces también podrá hacerte sentir tragedia en mitad de la decepción.


Los planetas

Piensa en los planetas.
Esas otras tierras del cielo que se desplazan entre las constelaciones.
Como tú, nómadas e inquietas.
Como tú, porque te mueves entre los lunares de mi piel,
orbitando y residiendo en cada trazo de mi ser.

Glacial

Son las 7:00 y la habitación está helada;
y aún a oscuras se ven las siluetas
entre sombras y pequeñas luces que se filtran por la ventana.

Me refugio en el calor mientras tirito de frío.
Me tiritan los huesos como si bailasen arrítmicos y apresurados.
Parece que este cuerpo no es el mío.
Parece que me voy de un suspiro entre estos labios devastados.

No es invierno.
Y no hace frío.

Pero dentro de mí es diciembre todo el año.
Es este recuerdo,
es este dolor en el que me ensaño.

Peleo a diario contra él y él contra mí.
A veces, parece que me rindo,
pero me quedo aquí,
mirándole de cerca,
porque de osadía es de lo único que no prescindo.

Es esta noria, este altibajo
quien consigue desarmarme.
Y aunque me haga daño, no me hace insalvable,
soy yo quien opto por abandonarme.

Aunque no sea invierno, yo me vuelvo invierno
y cuando no hace frío, soy yo el frío.
La tristeza me atrapa y yo me dejo incrustar.
Es esta frialdad en mis venas de este cuerpo que ya no es mío.

Yo soy el dolor.
Yo soy el frío.