Los tristes también ríen

A veces es difícil encontrar motivos para seguir.
Como arañar un Rasca y Gana, y perder,
la vida _constantemente_  es un poco así.
Pero no te puedes dejar vencer.

Vas a enloquecer, lo sé.
Vas a enloquecer de tanto pensar
que la vida no es para ti.

Vas a escupir a la cara a quien te señala con los ojos,
voceando que eres la persona más triste.
Los tristes también ríen.
Pero el dolor es tan agudo que la tristeza es toda la ropa que te viste.

En ocasiones,
usas máscaras para fingir ser lo que no sientes.
Pero solo cuando sientes que el peso te tira demasiado del cuello,
y entonces solo puedes sonreir mientras mientes.

La tienes al frente.
A tu infelicidad.
A diario.
Mientras te miras al espejo y te dices "¡ya no puedo más!"
Pero sí puedes; no dejes que la pena sea el más inclemente sicario.

Recuerda que los tristes también ríen.
Y tú reirás cuando dejes de ensuciarte las manos
con el llanto que te empaña y no te deja ver.

Vas a enloquecer, lo sé.
Pero no te puedes dejar vencer.

Pequeña

Fumaba para olvidar.
                 Eso decía.
"Vuelo más allá de donde realmente puedo estar."
Se sentía negativa, deprimida;
alzaba la cabeza solo para que los demás
no vieran que se creía pequeñita.
Le acaricié la cara mientras le miré a los ojos.
                                                Necesitaba eso.
Una caricia en lugar de una puñalada.
Una caricia.
Una caricia al dolor de donde no hubo un beso
cuando lo necesitaba.
Le quité el cigarrillo de los dedos, y le dije,
"Suelta tus miedos;
Ya es hora de agarrarle el culo a la oportunidad
y mirar por ti, primero."
Se secó sus ojitos tristes
y manchó sus manos de rímel.
Se mordió los labios, llenos de sal de lágrimas,
tragó saliva y dijo,
"Ahora voy yo, ahora es mi turno."
La pequeña de ojos tristes,
dejó de ver al mundo
de tonos grises.
y vio por fin, al fondo, una luz brillar.
Cogió mi mano,
y echó a volar.

Solo necesitaba eso.
                  Solo eso.
Alguien que no le hiciera sentir tan pequeña.
                  Porque no lo era.




Octubre

He visto lucir sonrisas entre las hojas de otoño
de este altibajo temporal de octubre.
Se han recogido, secas, las lágrimas;
y maquilladas de optimismo, han salido a volar
en sus alas rotas.

Las hojitas marchitas ya no se ven en el suelo,
al igual que no se ven ya húmedas esas ojeras
que quisieron cambiar a las pesadillas por sueños.

Octubre huele a ilusión.
Al menos, este octubre, ya no sabe a mar.
Lavé mis manos sucias de pasado,
y me las secó el mismo aire de la calle.

He visto enmudecer bocas que señalaron antes de tiempo,
porque muchos no necesitan hablar sabiendo.

Creo que he visto a la esperanza en una boca de mujer.
Vi la risa de una chica que antes fue sin existir;
y sé que yo también estuve sin estar.
Y sé, que esa risa que yo vi, 
debió de ser algo así como resucitar.
Aunque fue trágica en su letargo,
también es bellamente mágica en su renacer.
La sonrisa más bonita que yo he visto, lo juro.
La sonrisa más bonita que yo he visto, lo juro.
Esa sonrisa me devolvió la fe.

A ras del suelo

Soy la cara de la moneda que no se escoge.
El número 13 que muchos evitan.
El juego con el que casi nadie apuesta.

Si llueve, no importa que me moje,
¿acaso alguien se dará cuenta?;
¿acaso alguien diferenciaría la lluvia
de mis mejillas mojadas por la pena que me devora?

Yo sufro a deshoras.
Y picoteo entre mis cicatrices
por si tras esta piel herida se encuentra otra vida,
y ya dejo de sentirme tan sola.

Estoy rodeada de personas,
y yo me siento tan vacía...
Me ponen la mano en el hombro
y aprietan con cariño.
Pero esta pena es solo mía,
y no hay brazos suficientes para abrazar
a este lamento que me tiene entre su escombro.

Estoy hecha trozos,
y no veo luz hacia la salida.
Arrastro los pies por el suelo
buscando suelto en mis bolsillos
por si puedo comprar a la suerte,
o por si puedo pactar con el mismo diablo,
que, tal vez, él sí sepa entenderme.

Que por querer huir soy la cobarde,
pero si no fuera tan valiente,
no podría sostener estos mis trozos,
ni querría encontrarme con la suerte;
que hoy, si no fuera tan valiente,
hoy mismo querría conocer a la muerte.

Invierno

Pronto llegará el invierno
y con él, mi tristeza árida empezará a humedecerse.
La llovizna se descubrirá en las noches de café frío
cuando me encuentre a solas con toda esta pena que nunca va a detenerse,
y que coge entre mis manos,
como este vaso que ofrece sabor a mi disgusto.
Que, ya duele este camino tan poco llano;
y dime si es lo justo.
Que duelen las ausencias
de quien deja de estar; los reproches por todo lo que no fue,
y los huecos llenos de polvo y telaraña de las carencias.
Sobre todo de las carencias.
De todo lo que podría haber sido mejor.
Que pude haber sido mejor y no lo fui.
Que pudieron ser mejores y no lo fueron.
Que las culpas, da igual de quienes fueron, que solo sé
que quien se queda taciturna, soy yo.
Y con mi tacita en la mano, de café,
intento olvidar todas las ausencias que duelen,
los reproches por todo lo que no fue,
y los huecos llenos de polvo y telaraña de las carencias.
Sobre todo, las carencias.
Y de todo lo que podría haber sido mejor.
Y aquí estoy yo,
intentando remendarme,
y entre tanto remiendo, pienso
que aunque quiera olvidarlo todo,
pronto llegará el invierno,
y con él, mi tristeza árida empezará a humedecerse.

A veces me desprende de la cordura poco a poco
este recuerdo que parece no querer
vencerse.

Pero yo tampoco.

Cualquiera podría decirte que le encantas,
creyéndose que te conoce.
Y te miran, esperando de ti, siempre algo más.
Yo, en cambio, te diré
que lo que me gusta de ti es la diferencia que pareces
entre tanta normalidad.
Esa normalidad podrida.
Esa normalidad que, para señalar,
sí que es la más atrevida.
La que juzga pero no se alude.
La que reprime y margina.
La que hace que la angustia chorreé por tus poros y te sude.
La que sonríe y te traiciona cuando marchas.
La normalidad;
esa sucia normalidad llena de manchas;
esa que no quiero,
esa que no tolero,
                                     esa
                                            que
                                                    no
                                                          eres.

Y tú, con tu sonrisa tan presumida,
vestida de atrevimiento.
Rojo pasión,
rojo sangre escarmiento.
Luces tu cuerpo con tinta sobre la piel.
Es tu propia constitución la que exhibes;
tus emociones, tus normas, tu decreto ley, tu forma de ser
y el modo en que vives;
tú eres tu propio gobierno.
No le temes a las llamas del infierno;
el mundo es nuestro infierno
y tú eres inmortal.
Es tu forma de luchar
_contra todo_.
La Revolución en la punta de tus dedos;
que para ser uno mismo no debería haber miedo.
Sin etiquetas, ni mordazas, ni cadenas atadas a nuestra libertad.
"No quiero ser menos, y te juro que no quiero ser más."
Ese, nuestro grito de guerra
mientras el corazón berrea.
"La vida es muy puta, pero yo soy más guapa", dijiste.
La vida es muy puta, sí,
pero, al menos, el mundo interior se arregla mejor desde que tú viniste.

Ahora o nunca

Mientras yo mato las horas
recordando lo que fuimos y no seguimos siendo,
tú me matas a mí;
por no arriesgarte, preferiste irte huyendo.

Tú te quedabas, de la moneda,
solo con una cara.
Era,
o todo o nada.

Si te vas, no me busques,
te dije.
Porque es ahora o nunca.
Que no va a haber oportunidad después
de que el dolor se regocije.





Libro a medias

Te dije, "quédate mientras quieras."
Tú eras el lector y yo el libro que fracasó
por leerme a medias.
Pensé que te quedarías todo el tiempo.
Pero solo te valió retenerme para ser
por un rato tu pasatiempo.
Y así, en realidad, yo no fui quien fracasó.
Fuíste tú, por no saber quedarte con quien importabas,
mientras a ti no te importó.

Impresiones

Dime,
de qué vale un cuerpo y una cara impresionante,
si no te impresiona su forma de ser contigo, en particular,
y con el mundo, en general.

Prejuicios

Nadie comprende, ni respeta.
Todos juzgan.
Te hacen de menos.
Hasta que sienten bajo su pellejo.
Entonces, sí.
Solo entonces, sí tendrás su respeto.

País de títeres

No quiero un país que se desune, que se desbarata,
que se intoxica con los prejuicios y tópicos.
Ni quiero que llevar a su bandera, sea una compañía poco grata,
donde la ondee y la luzca solo para 
vitorear las victorias de fútbol.
Entonces sí, orgullosos.
Entonces sí, no hay vergüenza ni pudor.

No quiero que los colores de esta tela bordada
solo represente al flamenco, a los toros, a las tapas y a las juergas
como si fuese nuestra única realidad.
Como si todos representásemos esta realidad.
Como si olvidaramos a la gran cultura de la que podemos presumir,
como la que dejaron españoles poetas, pintores o arquitectos,
belleza que no se puede ni debe olvidar ni reescribir.
Por qué no mejor pensamos en todo aquello.
Por qué echarnos los balones fuera para juzgarnos,
en lugar de dialogar, y luego decidir.

Si esto es así, no lo quiero.
No quiero un país que se señala a sí mismo
por los diferentes acentos y dialectos,
y ríe con burla, y acusa como si esto se tratase de un defecto.
Orgullos debemos estar de esa diversidad.
Pero siempre quedará ese dedo acusador.
Ese dedo, del que se cree siempre mejor.
Y eso, no debería ser España.
Yo, no la quiero así.

No quiero al que te mira a la cara y te engaña.
Y te ata con cortos hilos sobre la espalda
para ser títere de quienes necesitamos un mejor líder,
sin cartas bajo la manga, ni palabras que solo sean palabras.

Por qué no reformar el simbolismo que nos mancha.
Por qué no reformar las leyes que no nos hacen justicia 
ni nos permiten libres ni tampoco nos amparan.
Por qué no quemar los trapos pasados
y dejar de escupirnos reproches a la cara.

¿Por qué no?

Pero no hay nadie que nos haga sentir salvados.
Porque no hay mejores políticos.
Porque no dejan de lado a la ambición económica y social.
Porque no les convienen unirnos.
Porque, entonces, seríamos más fuertes, tal vez.
Pero nosotros, borregos,
luchamos entre ciudades y pueblos,
haciéndonos más inestables y ciegos a la vez.

Inerte

Un continuo juicio hacia lo diferente.
La verdad contraria.
La razón que no entiendes.

Debates sociales llenos de inconformismo.
Violencia abrupta.
El telediario podrido
de prensa rosa, crímenes, violencia machista
y política corrupta.

La bandera nacional en los balcones
gritando en sus ondeadas una libertad democrática.
Tan falsa, tan soñadora, ella tan máscara
y nosotros tan marionetas.
Seremos, seguro, piezas de alguna gubernativa táctica.

Desesperación.
Un puño alzado clamando libertad.
Barricada en las calles
con la intención de que de una vez por todas
nos escuchen a voz quebrada.
Nuestros derechos escritos sobre un papel que no tiene seriedad.

Rompemos España.
Nos enfrentamos entre ciudadanos.
Removemos el polvo de la historia.
Y entre tanta lucha sin resolver, el corazón se nos empaña.

¿Qué logramos?

Llantos de dolor.
De injusticia.
Un quebranto en donde
nuestros ojos no pueden soportar
más decepción.

Decepción por la desigualdad.
Por el fraude.
Por la falta de conciencia o voluntad
de los que podrían hacer más.
Carencia de diálogo.
Carencia de iniciativa.
Carencia.

Carencia.

Decir hacer
y no hacer.
Regurgitar palabras donde mienten,
y mientras lo hacen se atreven a mirarnos a la cara.
Después, puñalada a la espalda.
Así es como nos mienten.
Decir hacer
y no hacer.
Hechos inertes.

(DES)HECHOS

De qué sirve que
me hayas demostrado tanto
durante tanto tiempo si de pronto
vas a dejar de estar,
                de poder contar contigo.

                 De nada.
     De absolutamente nada.

Lo que yo llamo hogar

¿Desaparecemos?
O qué tal si me cobijo bajo tu ropa
como una capa de invisibilidad.
 
     Refugio.
         Abrigo.
             Hogar.

Lo que representan tus brazos
cuando me aprietan fuerte y
siento que a todo aquello, que nos
lastima y nos señala,
       lo vencemos.

    Así.
       Contigo.
             Unidos.