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Mi salvavidas

Si supieras lo capaz que soy de hacer por ti, todo lo que no hice por nadie...
No espero que me preguntes por qué, es que tampoco yo lo sé,
pero sí me doy cuenta de que me siento  g r a n d e,  e n o r m e,
desde que estás presente en este hormigueo que llevo con tu nombre.

A rastras, casi despegadas ya las heridas.
Olvidadas.
Me las arrancas a bocados, mientras me agarras por el hueso de mis caderas.
Protegida.
Tus abrazos, mi salvavidas.

Mi tristeza se hace estrecha, hasta que ya no queda nada... nada.
Solo la sombra de un recuerdo que fue y que ya no es  n a d a.

Me he olvidado de alinear mis labios; desde ti solo saben dibujar curvas.
Innumerables.
Infinitas.
Y cuando me doy cuenta, tengo esa cara de tonta feliz
con la que hacía demasiado que no me encontraba.
Contigo, la vida es una versión mejorada,
en la que siento que la fortuna me acude.
Lo demás podría asemejarse a una demo, que se repetía en bucle
y en donde no tenía
destino ni guía.

Tú en cambio, pareces esa brújula que me lleva a todas partes.
A cualquier lado.
Y siempre mimada como si fuese algún frágil regalo envuelto en lazos;
más cuando te sale esa forma dulce de enredarme entre tus labios mojados.
Cómo podría sentirme perdida.
Contigo no hay vértigo; tú eres mi paracaídas.
Amortiguas mis caídas sin dejarme rasguños,
y si los hubiera,
tú me limpias la sangre y me coses la carne abierta.
Dolorida.
Y aún así, yo me siento la más viva.

Qué tal si solo me alimentara de ti.
Desde el desayuno, con los rayos de luz por la persiana,
hasta la cena, con la luna entrando por la ventana.
Tus besos... mis labios.
Tu cuerpo... mis manos.
Todo un juego de platos solo para combinar todas las posibles maneras
de comerte a besos, y no dejar bocado.

Insaciable.

Insaciable es la definición correcta de lo que yo soy
cuando te tengo de cerca
y no quiero que dejes de estarlo.
Una aproximación de nuestra piel en la que no quede hueco ni espacio.
Rodeada por el calor de tus brazos.
Sumergida en esta nube donde dejas quererte despacio.

Qué tal si me coloco tras tu espalda y me agarro de tu pecho,
y saltamos juntos todas las zancadillas que pueda ponernos la vida.
Seguro que así,
caigamos o no,
todo tendrá otro color.
Ni nubes grises, ni días oscuros.
Tampoco sería todo perfecto; te lo juro.
Prefiero ese punto de locura que estalla en cualquier día menos cuerdo,
pero solo en ocasiones y solo si terminas salvándome tú de cualquier agujero.

Bailemos lento bajo la noche, con nuestro pelo cubierto bajo las sábanas,
de algodón o de terciopelo;
y juguemos al escondite tú, yo y nuestros modales;
ellos contando contra la pared hasta algún número indefinido
en el que mínimo, por un largo rato, y mientras la cordura se haga la loca,
nos deje jugar solo a ti y a mí, a solas.
Y que se asome, por ocasiones, la vergüenza en la punta de los dedos,
como si fuera la primera vez que nos rozamos,
como si fuera la primera vez que nos queremos.
Bailemos en la cama, o en el suelo,
pero bailemos con mis manos sobre tu cintura
y tus dientes en mi cuello.
Y por qué no, también brindemos.
Brindemos bajo el cielo descubierto,
y si hay estrellas, corramos a pedir algún deseo.

Aunque yo, hace demasiadas líneas que ya cumplí el mío.
Solo me queda soplarte y pedirte que no te marches.
Que a mí, no me basta con tenerte solo ahora.
Yo te quiero sin condiciones, ni pruebas de amor, ni secretos que se atesoran.
Yo te quiero siendo la persona favorita de cada uno de mis días.
Que sigas mirándome con esa mirada tuya que me encanta, y me sonrías.

Ven y soplame, que estoy ardiendo, siendo vela, deseando que tú también desees,
que no dejemos de ser la suerte de nuestras vidas.
Porque al menos yo, la suerte la encuentro en tus ojos,
cada vez que me miras.

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