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Sin expectativas duele menos

Tenemos tanto pavor a que nos hagan daño de nuevo,
a perder la libertad, y a perder el sentimiento
de sentirnos bien con nosotros mismos,
que nos obcecamos por mantenernos en el margen.
Nos vestimos de camisa, y debajo de la misma
llevamos caparazones y chalecos salvavidas,
por si nos rompieran una vez más la sonrisa.
Y decidimos solo vivir el momento,
sin querer planear ningún futuro,
porque no creemos ya casi en nada.
Y con todo, nos hacemos los duros.
Cuestionamos,
nos aleccionamos a elegir mejor,
y nos separamos del pasado,
sin olvidar que no hay que tropezar
con lo que ya elegimos
ni con los errores que ya cometimos.
Hacemos duda a quienes nos pretenden.
Y se convierten en frágiles
sin saber por cuál tangente saldremos.
Porque, a veces, lo tenemos claro,
pero otras,
nos hacen tambalear tanto el corazón
que dejamos caer los dados
sobre el tablero
para apostar por una partida,
que tal vez merezca la pena,
que tal vez, por esta vez, esté a la talla de nuestra medida.
Pero eso no lo sabemos,
por eso siempre queremos corroborar
y vivir despacio lo que podemos sentir o no sentir,
para después no tener que echar el freno de mano
antes de haber acelerado demasiado.

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