Ir al contenido principal

Culpable

Soy culpable de haberme conformado con esas dos palabras
que componían un te quiero, sin muestra alguna de veracidad.
Como si fueran esas dos palabras las que alimentasen al amor, 
sin más reciprocidad.
Soy culpable de haber creído en las promesas, en las afirmaciones
hechas solo por la palabrería escrita en aire y papel,
y en los engaños disfrazados de ilusiones;
como viejos trucos de ilusionistas, 
de encantadores de hipnosis y de magos especialistas
en las mayores farsas.
Y de llegar a creer que sus faltas eran mis faltas.
O, incluso haber cargado con ellas a sabiendas
de que yo no tenía nada que ver.
Culpable de haber dicho en mitad de la inexperiencia,
y haberme dejado llevar a situaciones con las que no estaba preparada
y en las que no supe decidir con inteligencia.
Soy culpable por haberme dejado herir, tapando mis ojos
para ver solo lo que yo creía ver.
Soy culpable de no quererme sola,
de querer a quien no me quería tanto,
y cuando me querían lo bastante, yo no he sabido ni podido corresponder.
Culpable de ir con prisas, como si se acabara el tiempo,
como si fuese imposible dosificar por raciones paulatinas, todo lo que voy sintiendo.
Y es verdad que no podemos ir controlando lo que se siente
pero, tal vez sí, cómo lo vamos demostrando.
Soy culpable de aprender de mis malas decisiones
y procurar no caer de nuevo en los mismos errores.
Culpable de trucar a mi pecho con alarma,
para avisarme de ladrones de sueños,
que no les importa dejarte sin nada,
más que a la tristeza desconsolada
en las noches sin cuentos.
Soy culpable de haber dejado de sentir por la persona políticamente adecuada.
Culpable de no tratar a la persona correcta
del mismo buen modo en que
sí traté a la persona incorrecta.
También de practicar la indiferencia con alguien que tal vez
haya merecido un poquito más a mi mejor versión.
Culpable de querer no entregarme tanto de primeras,
de querer ir despacio
y de no querer comprometerme lo suficiente en un espacio-tiempo
en el que no puedes llamar relación
a alguien que todavía estás conociendo.
Soy culpable de protegerme bajo un caparazón de seguridad
anti-desencantos.
Y así ser más exigente, no por arrogancia
si no porque ahora con motivos más sensatos,
sí me detengo a pensar que no merezco cualquier pasajero,
que me merezco a alguien que merezca lo que yo valgo.
Ahora es a mí misma a quien más quiero.
Soy culpable de no poder controlarme emocionalmente,
porque no soy la grúa que maneja los hilos en el corazón.
Y si, de algo más soy culpable, es de darme cuenta que entre tanto desencuentro
alimentado por heridas,
la persona más importante de mi vida en la línea de combate

sin excusa ni condición,

siempre debo ser yo.




Comentarios

Entradas populares de este blog

El salvavidas

Veo pasar la vida
mientras yo estoy allí, tras el escaparate.
Intocable y protegida.
Soy el náufrago de mis propios temores,
casi ahogado y recogiendo, de cuclillas,
las ganas que queden por sentir.
Con los sinsabores aún en el paladar del corazón,
y la traición a la palabra en mi recuerdo,
sin olvido ni perdón.
He comido de mis propios errores,
desnutriendo mi felicidad.
Y mientras me sumergía en un río
cualquiera, en donde no supe cómo nadar,
no vi flotar ningún salvavidas
del que llaman Dios.
He agonizado en el odio,
pero mis sueños
siempre han sido mi resurrección;
un plato más donde comer
con la glotonería de mi superación.
Así, a pesar de que he caído y levantado
una vez tras otra,
sé que no debo rendirme antes de luchar.
Y que, aunque no consiga todo lo que quiera,
no habré fracasado,
pues, al menos, lo habré sabido intentar.
Podré romper el escaparate de las dudas y las suposiciones
y ser yo quien compruebe que la vida es aquella puta
que te pone a prueba en las peores situaci…

¿Cúal es la ocasión perfecta?

Me agarró por la espalda, me colocó un par de alas
y me dijo, puedes irte si quieres.
Pensé, quizá no le importa que me vaya.
Me sentí sobre la inestabilidad de un precipicio, entonces yo,
con miedo a hacerme desastre, abrí el plumaje y comencé a volar.
Quizá yéndome me empiece a necesitar.
También quizá no.
Entonces empecé a querer olvidarme de lo que yo quería.
Lo importante es si eso mismo que yo siento, lo sentimos los dos.
Y parecía que no me correspondía.
Tantas veces he soñado con sus brazos agarrándome fuerte tras la espalda.
Tantas veces he pensado, que si me diera una sola ocasión de tenerme de frente
sin las espadas de escudos tan perennes,
muy posiblemente hubiese conseguido derretirle esta frialdad.
Pero qué más da;
sé que con el tiempo me mirará
con esas pupilas color cielo,
y con lo que ahora se resiste, entonces no se resistirá.
Pero siempre existe un pero,
y en esta historia no será menos;
y es que si me pone esas alas,
y yo echo a volar más allá de su alcance,
existe…

La inmortalidad de las mariposas

Intento hacerte caso. Dejarte a un lado. Dejarnos por un tiempo. Hacer como que no siento. Pero te encuentro en los recuerdos que me producen las charlas con otros; me quedo pensando en lo que me respondías tú. Y es cuando me vuelve la sonrisa. Empieza a abrirse el ataúd de todo lo que he intentado matar después de que decidieras parar conmigo al mundo que nacía bajo nuestros pasos, de todo lo que parecía mariposa bajo nuestros ombligos, de todas las noches que eran como tardes de domingo. Y no lo puedo evitar. Que, estás siempre presente de alguna forma, y cuando te pienso, no siento ningún sentimiento herido, cuando pienso en ti, yo solo siento paz. Es esa tranquilidad que nunca he sentido por nadie en pleno intermedio, en pleno punto muerto. Olvidándome de olvidarte. Contigo mi corazón, aun sin estar, no se siente desnudo, lleva impecables, y anudados, los cordones de seguridad en sus zapatos. Y no tropieza con el olvido ni con los mismos errores de cualquier otro pasado. Sin embargo, si tú no fueras tú…