Pausa/Stop

Quizá no se trate de dejarlo estar, pausar, alejarte, dejarle ir.
Quizá se trate de permanecer.

Miedos

He querido tantas veces quedarme,
consiguiendo solo perder la intuición, las ganas e incluso a mí,
que ahora cuando quiero quedarme,
también quiero, incurablemente, huir.

La posibilidad del imposible

Porque nunca es la vez correcta, ni la persona adecuada, y ya cansa intentarlo.
                                                                                          Y ya cansa intentarlo.

Nadie

¿Hay alguien capaz de decir algo que acabe siendo cierto?, sin apagones emocionales o altibajos, sin conveniencia ni mentira. Capaz de demostrar que todo lo que dice, es real y que, no... a las semanas o a los meses, no expira.

Tú no lo entiendes

Soy la intocable; cuidado, no me toques.
Escucho música triste mientras pienso;
maldita vida, ¡para!, no me ahogues.
Si abro los ojos me siento perdida como un animal en un bosque.
Cualquiera enorme y recóndito
en el que quisiera que nadie pudiera escuchar murmurar mi voz
ni cómo grito.
Imagino que corro.
Quiero correr y no puedo; estoy atada.
La incapacidad me bebe a morro.
Escucho voces tan cerca; quisiera ser ajena;
no quiero estar aquí, porque aunque soy invisible,
puede verme y venir a por mí, la pena.

Quizá el problema siempre fui yo.
Me excusé en culpas de otros y no quise ver las mías.
Me empapo en mi dolor.
Me refugio en lo que podría ser pero no es.
Mis labios tiemblan, ya no quieren fingir.
Me autodestruyo, día a día,
porque he sido yo la que se fue.
                                                                               
                                              De mí.

Yo he sido pavor ante ellos.
He enmudecido por no replicar.
He mirado al lado y he ensombrecido,
y he fingido una sonrisa con la fugacidad de los destellos.
Me he convertido en silencio con tal de no hablar.
Y la rabia me ha vencido
_por dentro_.
Me hago estática, pero deseo correr a toda velocidad,
desaparecer, huir, saltar al vacío
y no volver más a este punto de apariencia
en el que ya no puedo más.
Me miran, observan, señalan, critican,
pero de todo eso que creen, solo soy 15 gramos.
Me siento vacía y me duele todo,
pero aquí sigo de pie con la tristeza en mis manos.
De brazos cruzados con la mirada fija
hacia los sueños que no llegan.
Se me pasa la vida esperando a que la suerte me elija.

Yo soy la nube negra que avecina lluvia
y soy el rayo en la tormenta.
Así que, no creas del todo en mí,
que mi sonrisa no te mienta.

Mi verdad no se escribe ni se vende,
dejo todo mi desastre contado a medias,
lo siento si no me entiendes.
Soy el constante cráter de mis tragedias.
Solo mírame a los ojos y di qué ves.
Solo ves a mi tristeza escondida en mí misma.
No vengas si no quieres.

Tú no lo entiendes.


El muro de Berlín

¿Y si esta vez no me voy, ni tú decides irte?
¿Y si dejo de ser hielo y tú no te conviertes en carámbano?
No me amarres, no son cadenas lo que yo voy a pedirte.

Y no me preguntes qué somos, yo solo siento y soy;
tú solo siente conmigo,
que si no me hieres, yo no me voy.

Es esa necesidad de sentirnos necesitados, o queridos,
o simplemente refugiados.
Son todos esos, mis deseos frustrados, mis deseos perdidos.
Es como quise amar, el modo en que acabé odiando.
Ese mismo modo en que quise darlo todo
mientras a mí misma me iba olvidando.

Y ahora te veo, y creo que no eres como quien me dejó saltar
en sus manos, como quien se lanza a una piscina vacía.
Solo pude abrazarme a aquel vacío de aquella inmensa profundidad.

Soy quien ha salido de una catástrofe cualquiera
y aún estando rota, se siente lo suficientemente fuerte.
Y mientras, tú, a lo lejos, apareces, como quien acaricia a una fiera.
No me tienes miedo;
miras a mis ojos, a mi caos,
y te atreves a agarrarme mientras yo me quedo
sacando aún los dientes como si en algún momento fuese a morderte los dedos.
He quemado todo lo que ha rozado mi piel,
en cambio tú, puedes entenderme; creo que una vez también ardiste
con todo aquello con lo que un día intentaste hacer bien.

Somos intocables; somos el muro de Berlín,
somos un corazón cosido con hilos de retales
y somos la canción más triste tocada a violín.

Pero, ¿y si esta vez no me voy, ni tú decides irte?
Dejamos de lado nuestros muros construidos de pasado
y sin decir más nada, solo quédate, que, a mí, esta vez, no me apetece irme.

Fe crédula

Vemos al daño de cerca.
Nos avisan pero aceptamos.
Nos quitamos la alarma de alerta
y nos adentramos.
Cobijados en sus manos nos hacemos ciegos.
Queremos ser ciegos; ver que puede ser posible,
aunque nos diga "no."
Ilusos aferrados, descuidamos la razón,
mientras le limpiamos la sangre
con trapos de polvo al corazón,
para que no vea la verdad.
Nosotros no queremos verla, hasta que ya no quede fe
que nos pueda salvar.

El puzzle

Quise dar mi corazón, intentar dar de nuevo una oportunidad al amor.
Pero me corté con los rotos.
Esas puntas afiladas que hincaban en mis yemas sin piedad,
causando en mí los más catastróficos terremotos.
Y nunca, desde entonces, he podido completar un puzzle con la palabra
  nosotros.

En llamas

Por qué me dejaste ir.
Por qué me llamabas perfecta _para ti_.
Por qué los te amo,
los abrazos fuertes y la droga en gramo
con la que me seducías en tus manos.
Todo eso para qué.
Creo ver llover, pero soy yo.
Mis ojos te llueven, y todavía te quiero;
por qué te hice caso, corazón;
por qué a ti y no a la razón que suplicaba auxilio.
Tú que eras como un sueño
y ahora es el sueño el que no concilio.
Me has hecho daño y te vas como si nada.
Yo también quiero huir de estas heridas como si no tuvieran ser,
pero de estas heridas me siento atada;
en cualquier momento voy a arder.

Bajo mis pupilas

Hace un rato te he confundido.
Y es que creo verte allá donde yo miro.
Eres el nombre de las calles y plazas por donde piso.
Estás en el doble sentido de las palabras
que aparece en mí sin previo aviso.
Y me río de todo cuanto imagino que lleva tu risa.
Entonces me contagio de ese dibujo que curva tu boca,
sintiéndome la más viva en este mundo corrompido,
en el que sin saber qué hacer, todo se improvisa.

¿Y si me prometes que yo seré la única?
No voy a creerte, ¿por qué debería hacerlo?
Casi todas las palabras son mentira; llevan túnica.
No me prometas, haz que vea al mundo a tu espalda diminuto, en llamas y cobarde.
Haz que crea que tú eres lo que quiero, mientras el mundo, se desenfoca mientras arde.

Quiero estar en tus contraluces.
Darte la mano cuando estés feliz
y cuando también te preocupes.
Besarte el hombro cuando te apoyes en mí
en esos días en los que renuncies a tus dudas,
a tus miedos, a tus "ya no puedo",
y al ruido de todas esas ataduras.
Y luego cruces tu mirada con la mía cuando quieras reír sin parar;
como decía Machado;
Caminante no hay camino; se hace camino al andar,
y yo te voy a hacer sonreír mientras te beso,
golpe a golpe, verso a verso.


Cuando te marchas yo me giro.
Y te miro durante un rato para guardarte en mis pupilas.
En el aire se queda tu aroma y siento que aún te respiro.
Te tengo tan presente aún en tu ausencia,
que por eso, creo verte allá donde yo miro.

El susurro de las Moiras

Me muevo por pura física.
El abatimiento se apodera de mí, me agarra del cuello,
me vapulea y me intoxica.
No tengo hambre, pero como obsesiva,
me pasa a veces, creo que reconforto mi ansiedad;
en ese único momento encuentro la evasiva;
tengo en mi inquietud, su mella.
Esta angustia tan frecuente
es la que me hace devorar a la tristeza y convertirme en ella.
Tengo al desconsuelo a diario en el reflejo de mis ojos,
en mis pies derrotados
y en una capa imaginaria sin arrojo;
esa tela que llevo a mi espalda, desteñida,
queriendo salvarme;
pero esa capa de superhéroe ni me salva ni me cuida.
Voy de un infierno a otro,
y empieza a cansarme pelear con mis demonios.
Voy a rendirme; voy a rendirme; soy yo quien sobro.
Me duelen las ojeras, ya sombrías;
no soporto ni una lágrima más.
Las fuerzas de mi cuerpo ya no son mías.
Las tiene él;
me maneja, me controla, me grita y me aniquila lentamente,
y yo siento que ya no puedo contra él.
Él soy yo.
Yo soy Thanatos.
Porque yo soy quien se deja; veo cómo ahorca mi corazón;
siento esa punzada,
esa falta de oxígeno, y no hago nada.
Yo soy Clotos, Láquesis y Átropos, y vengo a por mí.
Siempre fui cómplice de este dolor.
Me dejé doler y yo misma me hice daño;
no lo pude sucumbir.
Y ya no puedo más.

        Me quiero rendir.
  M e   q u i e r o   r e n d i r.







Sin cicatrizar

Esas cicatrices, no de la piel ni de la carne, las emocionales, las que no se van, las que no se curan por mucho alcohol o pastillas que ingieras para quererlas olvidar. Duermen solo por momentos, o quizá no. Quizá nos volvamos más violentos bajo la embriaguez nítida e impasible. Son esas malditas heridas psicosomáticas tan jodidas de exterminar... Mi mente, mi mente a veces no puede más. Se van, a veces por instantes, por horas, días, incluso, puede que con suerte, por años, pero nunca es para siempre. El recuerdo es mi asesino en serie, y yo su misma víctima de siempre.
Quiero olvidar; te juro que lo intento. Pero todo mi cuerpo hace eco del dolor, y reacciona desesperado y enmarañado con el mismo recuerdo punzante. Es un cuchillo. Un viejo cuchillo afilado y oxidado que se clava constantemente en mi carne, y me hace sangrar. Me hace suplicar que me deje de una vez por todas en paz.
                                                                                                                              Pero no me deja.

Es ese cuerpo extraño en mi memoria que se adhiere pegajoso. A veces vivo de espaldas a él, y consigo suprimir los más terribles momentos. Lo consigo. Lo evito. Omito como si no hubiera pasado, y a veces, me lo creo. Pero es como asomarte a un pozo. Allí está, al fondo, mi reflejo en un charco de agua casi seco. Cobrando vida entre mis heridas, todavía tan vívidas. Cuando regresan, yo ya me he aislado. No siento al mundo.
                                                                                                                           Duelen demasiado.


Carencias

Es desorbitadamente brutal cómo la mente puede engañarte a ti mismo para hacerte creer que estás con la persona adecuada, cuando se trata de la persona totalmente incorrecta, únicamente por recibir unas migajas de cariño que ves magnificadas por una ceguera emocional.

Irma

Soy tan frágil que podría romperme ahora mismo como una bailarina de cristal de equilibrio bobo, o como la lágrima que brota de los ojos y rompe en lamento.
Soy la ausencia de colmillos del lobo, y el embuste de una sonrisa en una boca deprimida y también soy el que la mira sin saberlo. Me hizo así, la vida; saco los dientes siempre antes de tiempo por si me busca la decepción, y así intento evitar su herida. Porque desde mi primera herida, soy el por qué de todos los fracasos, el casi sí, pero no, la pregunta sin respuesta y el huracán Irma. Llevo el corazón lleno de tiritas de un color verde esperanza, que quizá ni sirva. Pero me enjuagué la sangre que ensuciaba mi cuerpo, y ahora, las marcas que me deja esta puta vida, al menos, parecen menos terribles. Quedamos contra las cuerdas; la dependencia de un estado anímico, la vulnerabilidad de nuestra fortaleza o la ira sometida al límite; todo en lo que nos encogemos y alzamos según nos maneje la vida. Porque ella, es nuestra dueña. A veces se empeña en hacer que nos sintamos derrotados mientras nos preguntamos por qué yo; pero si otro pudo salir adelante, por qué tú no. Esta perra nos controla la conciencia y nos permite abatidos y lunáticos. Toma la investidura de nuestro ser y hace lo que quiere; nos gobierna; y nosotros nos rendimos en sus manos, tan apáticos. Encorajados, revolucionarios, suicidas, de capa caída o anquilosados. Todo eso somos. En todo eso nos convertimos. La vida. La vida... Ella nos deja ver su luz y luego nos entierra en sus raíces. Somos todo aquello en que no queremos convertirnos; porque nosotros, algunos ya moribundos, no sabemos controlar las emociones que nos ofrece y que nos obliga a sentir. No administramos bien el cómo y el cuánto. Aunque sí lo sepamos fingir. Y, algunos, desesperados, yacen en su lecho de agonía antes de hora. Nos lanzamos a la rendición cuando todo empeora. Y entonces nuestra desesperación nos ruega; nos suplica de rodillas; nos llora a escondidas. Cedemos a lo fácil. Porque lo fácil es querer huir de ese maldito grito encerrado en nosotros. Pretende derrumbar nuestra cabeza a golpes para rendirnos. Y nos rendimos; cansados y pesarosos. Rendidos sin victoria. Rendidos sin ambición de lucha. Rendidos.  R e n d i d o s.  Y así, siempre, tan perdidos.
Miedo al dolor. Miedo al fallo. Miedo a lo nuevo. Miedo a la pérdida. Miedo a la muerte. M i e d o.
Vivimos muertos de miedo por todo y por nada. Y no lo vemos, no queremos verlo, no sabemos verlo, pero por cada estrangulamiento que sentimos a manos de esta títere, hay una oportunidad de buscar una salida, para que ella se entere de que podemos ser más fuertes. Porque podemos ser más fuertes.

Estados de ánimo dependientes

No dejes que alguien te haga sentir tu mejor versión,
porque entonces también podrá hacerte sentir tragedia en mitad de la decepción.


Los planetas

Piensa en los planetas.
Esas otras tierras del cielo que se desplazan entre las constelaciones.
Como tú, nómadas e inquietas.
Como tú, porque te mueves entre los lunares de mi piel,
orbitando y residiendo en cada trazo de mi ser.

Glacial

Son las 7:00 y la habitación está helada;
y aún a oscuras se ven las siluetas
entre sombras y pequeñas luces que se filtran por la ventana.

Me refugio en el calor mientras tirito de frío.
Me tiritan los huesos como si bailasen arrítmicos y apresurados.
Parece que este cuerpo no es el mío.
Parece que me voy de un suspiro entre estos labios devastados.

No es invierno.
Y no hace frío.

Pero dentro de mí es diciembre todo el año.
Es este recuerdo,
es este dolor en el que me ensaño.

Peleo a diario contra él y él contra mí.
A veces, parece que me rindo,
pero me quedo aquí,
mirándole de cerca,
porque de osadía es de lo único que no prescindo.

Es esta noria, este altibajo
quien consigue desarmarme.
Y aunque me haga daño, no me hace insalvable,
soy yo quien opto por abandonarme.

Aunque no sea invierno, yo me vuelvo invierno
y cuando no hace frío, soy yo el frío.
La tristeza me atrapa y yo me dejo incrustar.
Es esta frialdad en mis venas de este cuerpo que ya no es mío.

Yo soy el dolor.
Yo soy el frío.

Los tristes también ríen

A veces es difícil encontrar motivos para seguir.
Como arañar un Rasca y Gana, y perder,
la vida _constantemente_  es un poco así.
Pero no te puedes dejar vencer.

Vas a enloquecer, lo sé.
Vas a enloquecer de tanto pensar
que la vida no es para ti.

Vas a escupir a la cara a quien te señala con los ojos,
voceando que eres la persona más triste.
Los tristes también ríen.
Pero el dolor es tan agudo que la tristeza es toda la ropa que te viste.

En ocasiones,
usas máscaras para fingir ser lo que no sientes.
Pero solo cuando sientes que el peso te tira demasiado del cuello,
y entonces solo puedes sonreir mientras mientes.

La tienes al frente.
A tu infelicidad.
A diario.
Mientras te miras al espejo y te dices "¡ya no puedo más!"
Pero sí puedes; no dejes que la pena sea el más inclemente sicario.

Recuerda que los tristes también ríen.
Y tú reirás cuando dejes de ensuciarte las manos
con el llanto que te empaña y no te deja ver.

Vas a enloquecer, lo sé.
Pero no te puedes dejar vencer.

Pequeña

Fumaba para olvidar.
                 Eso decía.
"Vuelo más allá de donde realmente puedo estar."
Se sentía negativa, deprimida;
alzaba la cabeza solo para que los demás
no vieran que se creía pequeñita.
Le acaricié la cara mientras le miré a los ojos.
                                                Necesitaba eso.
Una caricia en lugar de una puñalada.
Una caricia.
Una caricia al dolor de donde no hubo un beso
cuando lo necesitaba.
Le quité el cigarrillo de los dedos, y le dije,
"Suelta tus miedos;
Ya es hora de agarrarle el culo a la oportunidad
y mirar por ti, primero."
Se secó sus ojitos tristes
y manchó sus manos de rímel.
Se mordió los labios, llenos de sal de lágrimas,
tragó saliva y dijo,
"Ahora voy yo, ahora es mi turno."
La pequeña de ojos tristes,
dejó de ver al mundo
de tonos grises.
y vio por fin, al fondo, una luz brillar.
Cogió mi mano,
y echó a volar.

Solo necesitaba eso.
                  Solo eso.
Alguien que no le hiciera sentir tan pequeña.
                  Porque no lo era.




Octubre

He visto lucir sonrisas entre las hojas de otoño
de este altibajo temporal de octubre.
Se han recogido, secas, las lágrimas;
y maquilladas de optimismo, han salido a volar
en sus alas rotas.

Las hojitas marchitas ya no se ven en el suelo,
al igual que no se ven ya húmedas esas ojeras
que quisieron cambiar a las pesadillas por sueños.

Octubre huele a ilusión.
Al menos, este octubre, ya no sabe a mar.
Lavé mis manos sucias de pasado,
y me las secó el mismo aire de la calle.

He visto enmudecer bocas que señalaron antes de tiempo,
porque muchos no necesitan hablar sabiendo.

Creo que he visto a la esperanza en una boca de mujer.
Vi la risa de una chica que antes fue sin existir;
y sé que yo también estuve sin estar.
Y sé, que esa risa que yo vi, 
debió de ser algo así como resucitar.
Aunque fue trágica en su letargo,
también es bellamente mágica en su renacer.
La sonrisa más bonita que yo he visto, lo juro.
La sonrisa más bonita que yo he visto, lo juro.
Esa sonrisa me devolvió la fe.

A ras del suelo

Soy la cara de la moneda que no se escoge.
El número 13 que muchos evitan.
El juego con el que casi nadie apuesta.

Si llueve, no importa que me moje,
¿acaso alguien se dará cuenta?;
¿acaso alguien diferenciaría la lluvia
de mis mejillas mojadas por la pena que me devora?

Yo sufro a deshoras.
Y picoteo entre mis cicatrices
por si tras esta piel herida se encuentra otra vida,
y ya dejo de sentirme tan sola.

Estoy rodeada de personas,
y yo me siento tan vacía...
Me ponen la mano en el hombro
y aprietan con cariño.
Pero esta pena es solo mía,
y no hay brazos suficientes para abrazar
a este lamento que me tiene entre su escombro.

Estoy hecha trozos,
y no veo luz hacia la salida.
Arrastro los pies por el suelo
buscando suelto en mis bolsillos
por si puedo comprar a la suerte,
o por si puedo pactar con el mismo diablo,
que, tal vez, él sí sepa entenderme.

Que por querer huir soy la cobarde,
pero si no fuera tan valiente,
no podría sostener estos mis trozos,
ni querría encontrarme con la suerte;
que hoy, si no fuera tan valiente,
hoy mismo querría conocer a la muerte.

Invierno

Pronto llegará el invierno
y con él, mi tristeza árida empezará a humedecerse.
La llovizna se descubrirá en las noches de café frío
cuando me encuentre a solas con toda esta pena que nunca va a detenerse,
y que coge entre mis manos,
como este vaso que ofrece sabor a mi disgusto.
Que, ya duele este camino tan poco llano;
y dime si es lo justo.
Que duelen las ausencias
de quien deja de estar; los reproches por todo lo que no fue,
y los huecos llenos de polvo y telaraña de las carencias.
Sobre todo de las carencias.
De todo lo que podría haber sido mejor.
Que pude haber sido mejor y no lo fui.
Que pudieron ser mejores y no lo fueron.
Que las culpas, da igual de quienes fueron, que solo sé
que quien se queda taciturna, soy yo.
Y con mi tacita en la mano, de café,
intento olvidar todas las ausencias que duelen,
los reproches por todo lo que no fue,
y los huecos llenos de polvo y telaraña de las carencias.
Sobre todo, las carencias.
Y de todo lo que podría haber sido mejor.
Y aquí estoy yo,
intentando remendarme,
y entre tanto remiendo, pienso
que aunque quiera olvidarlo todo,
pronto llegará el invierno,
y con él, mi tristeza árida empezará a humedecerse.

A veces me desprende de la cordura poco a poco
este recuerdo que parece no querer
vencerse.

Pero yo tampoco.

Cualquiera podría decirte que le encantas,
creyéndose que te conoce.
Y te miran, esperando de ti, siempre algo más.
Yo, en cambio, te diré
que lo que me gusta de ti es la diferencia que pareces
entre tanta normalidad.
Esa normalidad podrida.
Esa normalidad que, para señalar,
sí que es la más atrevida.
La que juzga pero no se alude.
La que reprime y margina.
La que hace que la angustia chorreé por tus poros y te sude.
La que sonríe y te traiciona cuando marchas.
La normalidad;
esa sucia normalidad llena de manchas;
esa que no quiero,
esa que no tolero,
                                     esa
                                            que
                                                    no
                                                          eres.

Y tú, con tu sonrisa tan presumida,
vestida de atrevimiento.
Rojo pasión,
rojo sangre escarmiento.
Luces tu cuerpo con tinta sobre la piel.
Es tu propia constitución la que exhibes;
tus emociones, tus normas, tu decreto ley, tu forma de ser
y el modo en que vives;
tú eres tu propio gobierno.
No le temes a las llamas del infierno;
el mundo es nuestro infierno
y tú eres inmortal.
Es tu forma de luchar
_contra todo_.
La Revolución en la punta de tus dedos;
que para ser uno mismo no debería haber miedo.
Sin etiquetas, ni mordazas, ni cadenas atadas a nuestra libertad.
"No quiero ser menos, y te juro que no quiero ser más."
Ese, nuestro grito de guerra
mientras el corazón berrea.
"La vida es muy puta, pero yo soy más guapa", dijiste.
La vida es muy puta, sí,
pero, al menos, el mundo interior se arregla mejor desde que tú viniste.

Ahora o nunca

Mientras yo mato las horas
recordando lo que fuimos y no seguimos siendo,
tú me matas a mí;
por no arriesgarte, preferiste irte huyendo.

Tú te quedabas, de la moneda,
solo con una cara.
Era,
o todo o nada.

Si te vas, no me busques,
te dije.
Porque es ahora o nunca.
Que no va a haber oportunidad después
de que el dolor se regocije.





Libro a medias

Te dije, "quédate mientras quieras."
Tú eras el lector y yo el libro que fracasó
por leerme a medias.
Pensé que te quedarías todo el tiempo.
Pero solo te valió retenerme para ser
por un rato tu pasatiempo.
Y así, en realidad, yo no fui quien fracasó.
Fuíste tú, por no saber quedarte con quien importabas,
mientras a ti no te importó.

Impresiones

Dime,
de qué vale un cuerpo y una cara impresionante,
si no te impresiona su forma de ser contigo, en particular,
y con el mundo, en general.

Prejuicios

Nadie comprende, ni respeta.
Todos juzgan.
Te hacen de menos.
Hasta que sienten bajo su pellejo.
Entonces, sí.
Solo entonces, sí tendrás su respeto.

País de títeres

No quiero un país que se desune, que se desbarata,
que se intoxica con los prejuicios y tópicos.
Ni quiero que llevar a su bandera, sea una compañía poco grata,
donde la ondee y la luzca solo para 
vitorear las victorias de fútbol.
Entonces sí, orgullosos.
Entonces sí, no hay vergüenza ni pudor.

No quiero que los colores de esta tela bordada
solo represente al flamenco, a los toros, a las tapas y a las juergas
como si fuese nuestra única realidad.
Como si todos representásemos esta realidad.
Como si olvidaramos a la gran cultura de la que podemos presumir,
como la que dejaron españoles poetas, pintores o arquitectos,
belleza que no se puede ni debe olvidar ni reescribir.
Por qué no mejor pensamos en todo aquello.
Por qué echarnos los balones fuera para juzgarnos,
en lugar de dialogar, y luego decidir.

Si esto es así, no lo quiero.
No quiero un país que se señala a sí mismo
por los diferentes acentos y dialectos,
y ríe con burla, y acusa como si esto se tratase de un defecto.
Orgullos debemos estar de esa diversidad.
Pero siempre quedará ese dedo acusador.
Ese dedo, del que se cree siempre mejor.
Y eso, no debería ser España.
Yo, no la quiero así.

No quiero al que te mira a la cara y te engaña.
Y te ata con cortos hilos sobre la espalda
para ser títere de quienes necesitamos un mejor líder,
sin cartas bajo la manga, ni palabras que solo sean palabras.

Por qué no reformar el simbolismo que nos mancha.
Por qué no reformar las leyes que no nos hacen justicia 
ni nos permiten libres ni tampoco nos amparan.
Por qué no quemar los trapos pasados
y dejar de escupirnos reproches a la cara.

¿Por qué no?

Pero no hay nadie que nos haga sentir salvados.
Porque no hay mejores políticos.
Porque no dejan de lado a la ambición económica y social.
Porque no les convienen unirnos.
Porque, entonces, seríamos más fuertes, tal vez.
Pero nosotros, borregos,
luchamos entre ciudades y pueblos,
haciéndonos más inestables y ciegos a la vez.

Inerte

Un continuo juicio hacia lo diferente.
La verdad contraria.
La razón que no entiendes.

Debates sociales llenos de inconformismo.
Violencia abrupta.
El telediario podrido
de prensa rosa, crímenes, violencia machista
y política corrupta.

La bandera nacional en los balcones
gritando en sus ondeadas una libertad democrática.
Tan falsa, tan soñadora, ella tan máscara
y nosotros tan marionetas.
Seremos, seguro, piezas de alguna gubernativa táctica.

Desesperación.
Un puño alzado clamando libertad.
Barricada en las calles
con la intención de que de una vez por todas
nos escuchen a voz quebrada.
Nuestros derechos escritos sobre un papel que no tiene seriedad.

Rompemos España.
Nos enfrentamos entre ciudadanos.
Removemos el polvo de la historia.
Y entre tanta lucha sin resolver, el corazón se nos empaña.

¿Qué logramos?

Llantos de dolor.
De injusticia.
Un quebranto en donde
nuestros ojos no pueden soportar
más decepción.

Decepción por la desigualdad.
Por el fraude.
Por la falta de conciencia o voluntad
de los que podrían hacer más.
Carencia de diálogo.
Carencia de iniciativa.
Carencia.

Carencia.

Decir hacer
y no hacer.
Regurgitar palabras donde mienten,
y mientras lo hacen se atreven a mirarnos a la cara.
Después, puñalada a la espalda.
Así es como nos mienten.
Decir hacer
y no hacer.
Hechos inertes.

(DES)HECHOS

De qué sirve que
me hayas demostrado tanto
durante tanto tiempo si de pronto
vas a dejar de estar,
                de poder contar contigo.

                 De nada.
     De absolutamente nada.

Lo que yo llamo hogar

¿Desaparecemos?
O qué tal si me cobijo bajo tu ropa
como una capa de invisibilidad.
 
     Refugio.
         Abrigo.
             Hogar.

Lo que representan tus brazos
cuando me aprietan fuerte y
siento que a todo aquello, que nos
lastima y nos señala,
       lo vencemos.

    Así.
       Contigo.
             Unidos.



La vicisitud de la tristeza

Como en un reloj de arena,
todo el dolor se atrapa en un mismo extremo
hasta caer la última mota
y volcar de regreso.
No puedo detenerlo,
pero me niego a que caiga de nuevo
en mí
ese peso.

Las tortuosas relaciones cubistas

El paso del tiempo nos transforma.
Nos volvemos desconfiados y exigentes por norma.
Yo tengo el puente de Brooklyn en mis ojos iluminados.
Por más guerras, yo nunca he atado a mi corazón entre cadenas y candados.
Por qué hacer holocausto a nuestros sentimientos más humanos.
Estar llenos de heridas no significa tener que hacernos a un lado.
No nos hace estar más a salvo.

Soy los 300 metros de vértigo en la punta de la Torre Eiffel,
cuando me desechan de sus vidas y, entonces yo, pierdo la fe.
Pero sigo en pie.

Tengo en la piel las mismas grietas que los árboles.
Grietas inadvertidas de experiencia y conocimiento que me hacen ser más fuerte.
No voy a rendirme.
No voy a sucumbirme ante el miedo ni pensaré que he perdido la suerte.

Voy a vivirte, vida.
Y aunque me esperen muchos más llantos y caídas,
yo te miraré con optimismo,
porque sé que detrás de tu belleza,
ofreces la complejidad de un cuadro de cubismo.

Arrepentimiento inoportuno

Acaso importa que tenga las manos atadas.
Que ya no pueda hacer nada,
mientras me lamento porque no estás donde estabas.
Y mi boca calla todo lo que debí haberte dicho.
Y me grito,
solo a mí por dentro hasta rajarme la piel,
que debí haber sido mejor, mientras pude.
Que te he perdido.
Y ya no te tendré más.
Que te has ido.
Y se me abren una y otra vez los hilos de esta herida que me cosí.
Y ya no sé qué pasaría si todavía estuvieras aquí
y, entonces yo,
te hubiera querido, cuando te tenía, un poco mejor.

Nuestra guerra

Eran polvos mágicos los que cayeron sobre nosotros.
No fue el roce de nuestra piel
ni el ruido que hacían otros.
Para mí, no existían otros.
Fue el roce de nuestras miradas
y el ruido que hacías tú
para mis pupilas dilatadas,
cuando te miraba de reojo.
Es cuando te tengo ante mí,
con la austeridad de las dudas,
cuando veo lo que no tuve ocasión de ver,
cuando veo lo que nunca vi.
Es el corazón granulado sobre mis manos,
convirtiéndose en tierra de reloj de arena.
Me deshaces.
Me conviertes.
Tú eres el sol y yo la avena.
Es amor, ocasional, tal vez,
como las historias de verano.
Qué eres, qué quieres ser,
que yo me quedo entre tus dedos como el mejor puro habano,
para que me acaricies con tus labios.
Y tú me rozas.
Y me abrazas.
Y miras con la persistencia de unas semillas de flor de loto.
Son esos ojos que penetran en los míos.
Es esa manera de infiltrarte en mí, como te noto.
Es la claridad de tus iris como el rocío de los ríos.
Es esa cara traviesa que esconde rock en los ojos.
Puedo besarte y sentir Las flores del mal de Baudelaire
entre tu boca.
Porque sumerges en tu interior
una pasión desmedida que me provoca.
Y la infinidad de tus abrazos me lleva
a otro planeta donde solo hay guerras de cosquillas,
y solo hay fuego en las mejillas
cuando te sonrojas o me sonrojo,
cuando me tocas o te toco.

La intranquilidad de una mente inquieta

Dejo de mirar al mundo con la ansiedad por el mañana.
Yo soy Eva y el deseo es la serpiente que me enseña la manzana.
Esas ganas que me gritan desde dentro y no me dejan libre.
Llevo resaca sin haber bebido cubalibre.
Son esas copas del descontento.
Es el "ya llegará" con el que me calmo, o, quizá, me miento.
Es la vida que me araña, y duele.
Es el mundo, que, parece mirarme con vacilo, y hiere.

Una canción de rock

Mi corazón es un micrófono abierto
cuando pasas cerca de mí,
y empieza a bombear fuerte contra mi pecho,
tarareando a voces alguna canción de rock, feliz
Imparable.
Invencible.
El desencanto deshecho a mis pies
y la magia brotando en el aire insostenible,
cayendo sobre nosotros.
Hechizados.
Salvados, con tan solo rozarnos las miradas.
Tú y yo sobrevolando todas las sonrisas del revés;
así tú me salvas, mientras la vida para el resto sigue intacta.

Balada triste de piano

Los últimos mimos.
Las despedidas tristes.
El adiós definitivo.
La larga espera entre paredes
con la pena colgada
entre alfileres.
Las miradas inquietas, 
sin saber dónde esconderse.
El silencio entre murmullos
perforando un vacío que hace a la fuerza penderse.
Los suspiros entrecortados.
El aliento por la angustia, 
arrebatado.
El luto en camisas manchadas de 
salpicaduras de llanto.
Ni hambre ni sueño
ni sed ni tampoco empeño en seguir caminando.
Las horas pasan pesarosas,
y solo puedes revestir al dolor con un collar de rosas
inmaculadas.
Los días, las noches, con olor a humedad.
Es esta tristeza que no se va.
En momentos como estos no existe la suerte.
Hoy vi la impoluta mañana despertando.
Hoy conocí a la muerte.

La inestabilidad de un cuerpo malherido

No quiero abrazos.
Estoy rota.
Y sé que con solo uno de ellos,
terminarían de abrirse todas las fisuras que rajan mi espalda
y me haría pedazos.

Magia

Solamente le vi pasar ante mí,
con sus ojos grises.
Me regaló su sonrisa, y yo...
yo solo sentí ser forastera de otros países
que no había visto antes.
No sé qué pasó en esos dos minutos
en donde no podía dejar de mirarle.
Yo solo sentí cómo los 8 planetas se hacían diminutos
al mismo tiempo.
Y yo, era Plutón, mientras su presencia
era el mismo firmamento.
Le veía allí donde mirase.
O quizá era lo único donde yo quería mirar.
Yo solo quería que se quedase.
Que siguiera siendo aquel extraño hechizo al que yo pudiera sonreír.
No sabía si volveríamos a vernos
o si toda esta magia se quedaba allí.
Y también en mi recuerdo.
No sabía si no sería mutua la sensación de aquel día
o si sería el inicio de algún tipo de preacuerdo.
Pero ese momento fue el principio de todo.
Y también fue el momento de
dejar de sentir a mi mundo medio roto.
Incendió bajo mi pecho una revuelta causando una especie de Revolución.
Desde entonces yo ya era la bandera blanca.
Porque, desde entonces, su mirada es mi perdición.



Opus magnum

Ella,
ella no era como las demás.
Sacudía su pelo despeinado entre el viento
y no le importaba que los mechones taparan su cara.
Miraba al mundo con tiento,
sonriendo en cualquier sitio donde pisara.
Sus ojos eran como la noche estrellada de Van Gogh.
Podías mirarlos y creer perderte entre luces de cielo
sonando de fondo, en tu cabeza, alguna canción.
Estaba cansada de declaraciones de intenciones y de amores de hábito.
Esperaba a que la mirasen como nunca antes,
con esa rara magia o pálpito.
Ellos,
no sabían ver que ella
era arte.
No porque su corazón tuviera forma de arquitectura gótica,
ni porque sus labios estuviesen manchados de pintura barroca.
Sino, porque ella era única.
Era como una obra peculiar de inteligente elección,
en la que solo ojos con precisa sensibilidad
sabrían apreciar su valor.
Tal vez encontró al amor en algún bar de copas,
entre charlas sólidas y música grunge,
o quizá aún siga sola,
y así se quiera más.
Solo sé, porque recuerdo todavía, que, ella
no era como las demás.

La chica coraje

Es difícil verte sin reír casi a carcajada,
tú que eres la chica de la sonrisa infinita.
Con tu aire misterioso, vas recogiendo miradas
que para nada te hacen sentir pequeñita.
Tú, que has visto batallas en tierras que eran hogar
y has sido fuerza cuando cargabas a tus hombros
una tristeza que era más bala que puñal.
Y aun así regalas tu sonrisa como si nada te doliera.
Como si nunca hubiera pasado por encima tuya la vida
mientras ésta se riera.

El bucle

Siempre es lo mismo.
Dedicamos canciones y con detalles obsequiamos
como si diéramos un trocito de nosotros.
Besamos lento como si no hubiera tiempo.
Abrazamos
como si se acabase el tiempo.
Apretamos el pecho al otro queriendo que
el minutero fuese infinito,
pero es corto todo este aliento.
Es breve la sensación de sentirnos a gusto.
Y aun así, damos todo nuestro esfuerzo por querernos,
aunque sepamos que todo acaba.
Como si luego no fuera a dolernos.
Pero, la verdad es que, sabemos que todo este
suspiro de éxtasis emocional, va a derrotarnos
en cualquier momento.
Sabemos que abriremos en canal al corazón
para sacarnos el uno del otro.
Normalmente es así como suele ser.
Y, pese a todo, nos arriesgamos para volver
a sentir la breve felicidad,
a sabiendas de que, en algún instante,
echaremos a llorar.

Necedades

Odio hablar de ti.
Darte la importancia que no deberías.
Abrirme las venas para sacarte de mí.
Y aun así no puedo.
Eres tatuaje en mi piel.
Eres venda en mis ojos.
Eres la esclavitud sobre mi pensamiento que no me deja ser.
Y aun así sigo ciega diciendo te quiero.

Último post it

A ti, que solo estás cuando tú quieres: Adiós.

Idealismo insustancial

Y vuelves cuando casi ya te olvido. Me revuelves cada sentimiento, y hago hueco en el orgullo para quererme otra vez contigo.
Vienes y te vas cada vez que quieres, y yo te dejo abierta la puerta, tonta de mí, dejando que me hieras. Y te aprovechas; porque puedes.

Te busco incansable, pero nunca te encuentro.
No dejas encontrarte, ni en sueños, ni en hueso ni carne.
Y ya no sé por qué te busco.
Siempre pienso que si te doy un poco aún más de mí,
cambiarás.
Y que entonces empezarás a demostrarme.
Pero ni tú cambias ni yo escarmiento.
He querido creer que ibas a estar para mí,
como dijiste que te gustaría; y así me miento,
con la ilusión de que lo harás,
pero es que no lo haces.
Y eso es lo que me vale
para darme cuenta de que debo huir de tus caprichos.
Que, así, no cuentes más conmigo.


Te puedo tener a menos 2 milímetros de mí,
y aún así,
sentirnos emocionalmente lejos

de ti,

de mí.

Y así, no te quiero.

Yo, que pensé que eras mi serendipia;
pero no he encontrado en ti lo que creía.

Me conviertes en incertidumbre
porque ya no sé qué hacer para quedarme y no perdernos.
Que no quiero que estas idas y venidas se hagan costumbre.
Y ya no sé ni si te quiero.
Pero te quise.
Y te quise
como si no fuera a doler.
Tú no vienes si te digo ven.
Y eso, es lo que me hace dudar de si mereces toda esta pena.
Que no quiero a alguien que no me demuestra que me quiera.

Te buscaba a ti, a ciegas, como si tú fueras la luz. Solo tenía que abrir los ojos para verte bien. Mi camino, no eras tú.
Porque no siento que te importe, como tú sí me has estado importando.
Pero para qué seguirte demostrando.
Te aviso de que todo es diferente, que te noto distante y no me gusta,
que me pierdes, que me alejo sentimentalmente de ti,
y no siento que reacciones, como si te fuera indiferente.
Y soy yo la que se asusta
por irme.
Porque no querría irme.
Pero tu actitud me obliga a despedirte
como si nunca hubiéramos sido, para nosotros, importantes.

Esta vez no vas a hundirme.

Luego vendrás con la mirada arrepentida.
Muriendo de celos por no ser quien se queda conmigo. Mirando atrás hacia tu oportunidad perdida.

Y entonces, será como si hubiéramos jugado a ser dos tontos,
que no han sabido encontrarse en el momento adecuado.
O, tal vez, somos nosotros los inadecuados.

Soneto nº1

Tú arrodillas a mi amor propio y a mi propia vida;
esposas mis manos, y vendas mis ojos.
Son de tus migas, de lo único que me sirvo entre tu ida y tu venida.
Yo, recluta de un amor imparcial, y de unos labios rojos.

Qué me das tú, si no requiebro y una locura insostenida.
Y yo recojo ilusa cada viruta, llena de antojos,
como si alguna vez mi boca llegara a estar de tu boca, servida.
Tú, que llevas el pecho lleno de puertas con cerrojos.

Sé que llegar a ti parece todo un reto.
A veces pesimista, quiero darme la vuelta,
decirte adiós, y vetarte de una vez de mí, pero no te veto.

Acaso soy masoquista, pero mi mente no te suelta.
Mi noción queriendo gritarte vete, pero no te grito ni te sujeto.
Vete si quieres, que aunque llore, no te detendré, te lo prometo.



Algo n o funciona

Yo siempre con mi manía de hacerte sentir especial;
y tú con tu maldita manía de olvidarte por momentos de mí.
Somos inconexos, 
y aún así yo busco todas las maneras de acercarme más a ti.
Emocionalmente polos opuestos, 
porque soy yo quien no sabe controlar estos impulsos 
de demostrarte que estoy aquí y no me voy a ir;
que quiero quedarme contigo.
Y todavía así, 
mientras te acercas y después te alejas, 
y te acercas de nuevo, para luego quizá volverte a distanciar, 
yo siempre me quedo en algún rinconcito rozando tus dedos, 
esperando a que decidas conmigo ese algo más.
Esperando a que de una vez ordenes este puto desorden emocional.


Mi salvavidas

Si supieras lo capaz que soy de hacer por ti, todo lo que no hice por nadie...
No espero que me preguntes por qué, es que tampoco yo lo sé,
pero sí me doy cuenta de que me siento  g r a n d e,  e n o r m e,
desde que estás presente en este hormigueo que llevo con tu nombre.

A rastras, casi despegadas ya las heridas.
Olvidadas.
Me las arrancas a bocados, mientras me agarras por el hueso de mis caderas.
Protegida.
Tus abrazos, mi salvavidas.

Mi tristeza se hace estrecha, hasta que ya no queda nada... nada.
Solo la sombra de un recuerdo que fue y que ya no es  n a d a.

Me he olvidado de alinear mis labios; desde ti solo saben dibujar curvas.
Innumerables.
Infinitas.
Y cuando me doy cuenta, tengo esa cara de tonta feliz
con la que hacía demasiado que no me encontraba.
Contigo, la vida es una versión mejorada,
en la que siento que la fortuna me acude.
Lo demás podría asemejarse a una demo, que se repetía en bucle
y en donde no tenía
destino ni guía.

Tú en cambio, pareces esa brújula que me lleva a todas partes.
A cualquier lado.
Y siempre mimada como si fuese algún frágil regalo envuelto en lazos;
más cuando te sale esa forma dulce de enredarme entre tus labios mojados.
Cómo podría sentirme perdida.
Contigo no hay vértigo; tú eres mi paracaídas.
Amortiguas mis caídas sin dejarme rasguños,
y si los hubiera,
tú me limpias la sangre y me coses la carne abierta.
Dolorida.
Y aún así, yo me siento la más viva.

Qué tal si solo me alimentara de ti.
Desde el desayuno, con los rayos de luz por la persiana,
hasta la cena, con la luna entrando por la ventana.
Tus besos... mis labios.
Tu cuerpo... mis manos.
Todo un juego de platos solo para combinar todas las posibles maneras
de comerte a besos, y no dejar bocado.

Insaciable.

Insaciable es la definición correcta de lo que yo soy
cuando te tengo de cerca
y no quiero que dejes de estarlo.
Una aproximación de nuestra piel en la que no quede hueco ni espacio.
Rodeada por el calor de tus brazos.
Sumergida en esta nube donde dejas quererte despacio.

Qué tal si me coloco tras tu espalda y me agarro de tu pecho,
y saltamos juntos todas las zancadillas que pueda ponernos la vida.
Seguro que así,
caigamos o no,
todo tendrá otro color.
Ni nubes grises, ni días oscuros.
Tampoco sería todo perfecto; te lo juro.
Prefiero ese punto de locura que estalla en cualquier día menos cuerdo,
pero solo en ocasiones y solo si terminas salvándome tú de cualquier agujero.

Bailemos lento bajo la noche, con nuestro pelo cubierto bajo las sábanas,
de algodón o de terciopelo;
y juguemos al escondite tú, yo y nuestros modales;
ellos contando contra la pared hasta algún número indefinido
en el que mínimo, por un largo rato, y mientras la cordura se haga la loca,
nos deje jugar solo a ti y a mí, a solas.
Y que se asome, por ocasiones, la vergüenza en la punta de los dedos,
como si fuera la primera vez que nos rozamos,
como si fuera la primera vez que nos queremos.
Bailemos en la cama, o en el suelo,
pero bailemos con mis manos sobre tu cintura
y tus dientes en mi cuello.
Y por qué no, también brindemos.
Brindemos bajo el cielo descubierto,
y si hay estrellas, corramos a pedir algún deseo.

Aunque yo, hace demasiadas líneas que ya cumplí el mío.
Solo me queda soplarte y pedirte que no te marches.
Que a mí, no me basta con tenerte solo ahora.
Yo te quiero sin condiciones, ni pruebas de amor, ni secretos que se atesoran.
Yo te quiero siendo la persona favorita de cada uno de mis días.
Que sigas mirándome con esa mirada tuya que me encanta, y me sonrías.

Ven y soplame, que estoy ardiendo, siendo vela, deseando que tú también desees,
que no dejemos de ser la suerte de nuestras vidas.
Porque al menos yo, la suerte la encuentro en tus ojos,
cada vez que me miras.

Y si...

Es inevitable pensarte.
Y no por falta de intentos.
Quizá no tengo las armas suficientes para olvidarte.
Quizá es que no quiero.
Sí, es eso.
No quiero porque estoy convencida de que sin ti, no me muero, no,
pero sí que sumando ese tú y yo / yo y tú, así soy mucho mejor.
A lo mejor porque quiero hacerlo todo bien contigo.
A lo mejor porque quiero darme la oportunidad de quitarme lo menos posible la sonrisa de la boca.
Tal vez lo consigo.
Sé que si las cosas se cuidan se mantienen, pero no se consiguen.
Siempre existe la inestabilidad, 
y su maldita posibilidad de romper con todo en cualquier momento en el que alguien se rinde.
Pero está claro que siempre será mejor, cuidar de lo que se quiere.
Y yo, yo te quiero a ti.
No sé si tú a mí.
La verdad es que tengo dudas.
Y tal vez eso, en ocasiones me aterra.
Puede que porque mis manos ya no quieren tocar a otra piel que no sea la tuya.
Como si llevaran un letrero con tu nombre y no aceptasen otro.
Quizá eso, me suponga un problema o un estorbo.
Porque, ¿y si algún día deba olvidarte y no sepa?
La verdad, eso me inquieta.
Pero hasta el momento solo me quedo con esas señales
en donde me dices que me quede.
Y claro, yo me quedo mientras tú te quedes.
Es inevitable pensarte, y pensar:
¿y si entro en tu cabeza como a golpe de viento?
¿Y si sientes ya, lo que yo siento?
No sé si alguna vez podré abrir del todo, tu pecho,
sin tener que regalarte trocitos de mí, desde una ranura.
Quizá sin sentirme incapaz o insegura.
No sé si tu corazón se hace el fuerte para no lastimarse de nuevo.
Yo no puedo asegurarte que yo no lo haré, pero sí podría, si me dejases, quitarte los miedos.
No te voy a prometer nada.
Sé que ya no crees en las palabras, y la verdad tampoco yo.
Solo imagino que no vas a estar para siempre rehuyendo al amor,
y que alguna vez deberás soltar la espada.
¿Y si para entonces yo ya me he ido?
Podría ser.
Pero aún no me he ido, no me preguntes por qué.
No sé si mis dedos son capaces de pronunciarte letra a letra
en alguna ventana empañada, sin que me tiemble el pulso;
si son capaces de conseguirte,
o de hacer de nosotros solo una historia triste como la de algún triste dramaturgo.
No sé si acabaré teniéndote.
¿Y si te tengo; qué pasará si te tengo?
¿Me querrás tanto como yo te quiero?
Quizá imagino demasiado,
y no es que quiera hacer planes a destiempo,
quizá es que tengo miedo.
Sí,
miedo de perder la ocasión de ganarnos, de ganarte.
No lo sé, solo sé que

es 

inevitable 

pensarte.

El desliz

Podré cometer un desliz.
Puede que cuando me olvide de que tu piel me parece la más suave.
Cuando me olvide de que es tu cuerpo mi asilo y que teniéndolo, siento planear como un ave.
Puede que cuando no recuerde que son en tus ojos donde yo me siento mejor.
Cuando me acostumbre al tacto de tus manos sobre mi corazón
y eche de menos cómo me sentía sin que lo agarres con ese amor tuyo.
Cuando sienta la duda de cómo sería si te sustituyo y ya no te incluyo en mis planes.

Podré cometer un desliz.
Cuando me parezca rutinario el desayuno de tus besos y las noches de abrazos infinitos.
Puede que cuando ya no recuerde que desde ti, es cuando el mundo me parece pequeñito.
Cuando no piense que son las yemas de tus dedos las que me hacen reír.
Puede que cuando el sonido de tu risa no me provoque ya el efecto de sentirme feliz, como hasta ahora, y puede que entonces, ya tampoco me apetezca parar contigo las horas.

Podré cometer un desliz.
Quizá cuando deje de morderte los labios tanto como hasta hoy, como antes.
Tal vez, cuando no me detenga a pensar que eres tú quien ha lamido mis heridas y mi sangre;
que dejé de sentirme cobarde cuando estabas de mi lado, en mis momentos más tristes.
Quizá cuando el azul del cielo que veo por ti, irracionalmente se convierta en colores grises.

Podré cometer un desliz, y puedo.
Podré tener el error, e incluso decidir irme de ti, lejos.
Podré, puedo.
Pero sería la persona más ingrata del mundo,
si dejo de recordar todo lo que soy, y todo lo que me das,
si huyo de todo esto,
solo por querer saber cómo es estar en otro cuerpo que no sea el tuyo.

Cicatrices

Notaba los bolsillos cargados de vacío.
He llevado una máscara hecha a medida para taparme la tristeza que me causa tanto frío
interior.
Puede que el sentirme sola entre tanta gente, haya sido mi condena.
Y así he llorado yo la pena,
detrás de mi ausencia,
y detrás de esta careta.
Yo sé que la felicidad solo se toma por sorbos.
Mi boca buscaba oxígeno para gritar socorro
y arañar con las uñas las puertas que me cerraban el paso,
pero se mantuvo la sensación de ahogo,
y así siempre he visto medio vacío el vaso.
Parece que las cosas buenas llegan con retardo
o es que soy yo que he estado viviendo en un estado de letargo,
con esta penumbra que crispa, anudándome los brazos,
desajustando mi vida, y haciéndome cada vez más pesimista,
y con las heridas incrustadas a mi piel, sin reparo,
recordándome todo lo que me gustaría olvidar.
¿Es que no se podrán alguna vez sanar?
A veces sonrío y siento que estoy viviendo una mentira,
y es que quiero rehacerme y no volver a ser la misma.
Pero, ¿cómo dejo atrás tanto daño?
Si hay días y noches en las que me empaño
con la humedad de esta tormenta que en mi alma noto.
No soy yo, es mi corazón el que se siente roto.
Me decían que me olvidara, que continuara hacia delante,
que el pasado ya está pasado y que el futuro es el importante.
Es sencillo decirlo sin cargar con el recuerdo que hiere
y que arrastra por los tobillos.
No es fácil lograrlo.
Mis errores, todavía los estoy pagando.
Erré al quedarme un poco más donde me sentía de menos.
Erré al recordar el dolor que me producían los malos momentos.
Erré, fui yo quien erré por no saber dejar de lado
a lo que no me hizo sentir a salvo.

¿Cúal es la ocasión perfecta?

Me agarró por la espalda, me colocó un par de alas
y me dijo, puedes irte si quieres.
Pensé, quizá no le importa que me vaya.
Me sentí sobre la inestabilidad de un precipicio, entonces yo,
con miedo a hacerme desastre, abrí el plumaje y comencé a volar.
Quizá yéndome me empiece a necesitar.
También quizá no.
Entonces empecé a querer olvidarme de lo que yo quería.
Lo importante es si eso mismo que yo siento, lo sentimos los dos.
Y parecía que no me correspondía.
Tantas veces he soñado con sus brazos agarrándome fuerte tras la espalda.
Tantas veces he pensado, que si me diera una sola ocasión de tenerme de frente
sin las espadas de escudos tan perennes,
muy posiblemente hubiese conseguido derretirle esta frialdad.
Pero qué más da;
sé que con el tiempo me mirará
con esas pupilas color cielo,
y con lo que ahora se resiste, entonces no se resistirá.
Pero siempre existe un pero,
y en esta historia no será menos;
y es que si me pone esas alas,
y yo echo a volar más allá de su alcance,
existe la posibilidad de que cuando me quiera, yo no pueda dar marcha atrás,
y me haya perdido; yo ya sin vendaje, ya no te necesito, le diga.
Has perdido tu oportunidad.

Vete de mí

Te buscaba en otros ojos, en otro pelo, en otras caras nuevas
que pudieran recordarme a ti,
como si de alguna manera te tuviera.
Pero no eras tú, y eso no me hacía feliz.
Me he dejado caer en manos que no eran las tuyas,
intentando lidiar con la carencia que me suponías.
Pero solo he sentido un vacío que magulla.
Y no supe cómo decirme a mí misma que te olvidara.
Quería que te fueras, que de una vez dejaras de estar en mi mente,
y aunque llevara ese peso a cuestas, no lo soportaba.
No soportaba que estuvieras sin estar,
que fueras recuerdo pasado,
que fueras herida sin sanar.
Me preguntaba cada día,
qué hacía yo tan perdida en ti, y tú tan como si nada.
Y me preguntaba por qué no volvías.
Dejaste olvidado cómo yo contigo he sido,
cómo fuiste tú también conmigo,
y con todo ello, qué fue lo que sentimos.
Parecían emparedadas de todas tus palabras,
las cuatro paredes de mi cuarto.
Y me quedaba mirando a la nada, tan perdida como te miraba a ti,
como si fueses alguna piedra preciosa de cuarzo.
Allá donde mirara, solo te veía a ti,
incluso cuando cerraba los ojos y me rompía los tímpanos
con música alta, tú hacías más ruido aún, dentro de mí.
Te he llorado noches, gritando bajito "vete de aquí".
Eres el hit que se repite una y otra vez, hasta aborrecer.
Yo aborrezco esa sensación de que no estés.
Y ahora intento vencer todo ese dolor que he sentido,
rehaciendo mis descosidos.
Esos que tú has deshilvanado.
Quizá me hago creer que ya no estás tan en mi cabeza,
pero no quiero quedarme en algo que fue y ya no es,
y que al pensar solo me produce una enorme tristeza.
Hace un tiempo que empecé a borrar todas estas ganas
de volverte a ver.
Aunque no es fácil, lo voy intentado.
Te juro que si pudiera elegir, te elegiría a ti, una y otra vez,
pero sé que tú a mí no.
Que no eres tú quien me ve con ojos de querer más, soy yo.
Soy yo quien se aferra a alguna remota posibilidad de tenerte.
Pero quiera o no, olvidarte

es la mejor elección.

Desvelo

Quédate conmigo hasta que se me cierren los ojos.
Y háblame de cualquier cosa;
cuéntame si al mirarte te sonrojo
o si sientes en el vientre mariposas.
Háblame de lo que sea, pero háblame bajito.
Que tu boca me parece más bonita cuando se dirige a mí
y tus labios se mantienen pegaditos.
Que tus ojos me atiendan como si fuera lo que más te gusta observar;
como quien mira al horizonte y se pierde en la longitud del mar.
Yo quiero ser tu mar.
Yo quiero ser aquello que adores, y con lo que sientas ternura
cuando me mires y me toques,
cuando me huelas y me notes.
Y rozándote con la leve caricia de mis labios
ya sientas la piel erizada de tus brazos.

Quédate conmigo hasta que se me cierren los ojos.
Que esta noche no quiero dormir
sin antes fugarme hasta tu pecho
para refugiarme del frío exterior
que no comparte este lecho
_ni quiero _.
Quiero que se pare el tiempo
mientras tú y yo no paramos de querernos.
Quizá eso nada pueda detenerlo.

Me gustas más cuando son los miedos los que te desvisto,
y entonces luces, ante mí, sin corazas ni filtros.
Después me miras con esa mirada profunda que provoca
que no quiera otra cosa que no sea a ti.
Y así, esta noche yo no tengo sueño.
Yo solo quiero que te quedes conmigo hasta que se me cierren los ojos,
y me manches la piel con tus besos.
Y cuando no tenga más fuerza de luchar contra este peso
que cargan mis párpados,
entonces, y solo entonces,
justo antes de quedarme dormida contigo,
no me olvidaré de susurrarte que
eres
el
desvelo
más
bonito.

Relaciones complicadas: La norma de la fase inestable

No me des alas, que vuelo.

Sin expectativas duele menos

Tenemos tanto pavor a que nos hagan daño de nuevo,
a perder la libertad, y a perder el sentimiento
de sentirnos bien con nosotros mismos,
que nos obcecamos por mantenernos en el margen.
Nos vestimos de camisa, y debajo de la misma
llevamos caparazones y chalecos salvavidas,
por si nos rompieran una vez más la sonrisa.
Y decidimos solo vivir el momento,
sin querer planear ningún futuro,
porque no creemos ya casi en nada.
Y con todo, nos hacemos los duros.
Cuestionamos,
nos aleccionamos a elegir mejor,
y nos separamos del pasado,
sin olvidar que no hay que tropezar
con lo que ya elegimos
ni con los errores que ya cometimos.
Hacemos duda a quienes nos pretenden.
Y se convierten en frágiles
sin saber por cuál tangente saldremos.
Porque, a veces, lo tenemos claro,
pero otras,
nos hacen tambalear tanto el corazón
que dejamos caer los dados
sobre el tablero
para apostar por una partida,
que tal vez merezca la pena,
que tal vez, por esta vez, esté a la talla de nuestra medida.
Pero eso no lo sabemos,
por eso siempre queremos corroborar
y vivir despacio lo que podemos sentir o no sentir,
para después no tener que echar el freno de mano
antes de haber acelerado demasiado.

Relaciones complicadas: la ley de la contradicción.

Tu boca me cuenta lo contrario a lo que tus actos demuestran.

Reflexión nº2. Qué irónico

El amor propio, en muchas ocasiones,
no hace otra cosa que perjudicarnos.
Si no, por qué esperamos siempre
que sea la otra persona quien nos busque.
Por nuestra necesidad de sentirnos buscados,
queridos e importantes por ese otro alguien,
olvidando u omitiendo,
conscientemente,
sus necesidades;
la también necesidad de sentirse
buscados, queridos e importantes para nosotros.
Si esas necesidades no se cubren recíprocamente,
no hay entendimiento,
dando lugar a un escenario de sentimientos refrigerados.
O sea, a la frialdad.
El uno por el otro...
Así que, en todo caso,
a veces deberíamos ceder un poco
y no ser siempre los orgullosos.
Porque al final
solo sirve para distanciar a quien quieres.
Y es justamente
lo que no quieres.

Reflexión nº1. Quién nos merece.

A veces nos cegamos
con personas con las que pensamos
que nos hace bien.
Quizá porque no hemos tenido cómo comparar
si de verdad era lo mejor.
Y nos conformamos.
Y entregamos de más.
Pero realmente, quien merece la pena
es aquella que se acuerda de ti
cuando está rodeada de gente,
y nota tu ausencia.
La que no quiere un día sin saber de ti.
La que te llama la atención
porque no le has hablado en todo el día.
La que haría una locura
que no había hecho antes
solo por estar contigo.
Quien te hace feliz en mitad del caos.
Y te hace olvidar la tristeza
en cuestión de un segundo a otro.
Merece la pena quien busca tu felicidad
y no provoca que te auto-destruyas
con la noria de idas y venidas
que supondría una relación tóxica.
Que sea tu complemento.
Ese que hace de ti, una persona más bonita.
Sin dependencias.
Sin cuerdas.
Que el amor sabe mejor
cuando es libre de elección y de cómo vivirlo.
Quiérete _bien_ a ti,
y después, sabrás elegir quién te merece.

El regreso

LLegas inesperable como la lluvia de septiembre empapando mis máscaras para hacerme la fuerte. Contigo desarmada, como antes, como siempre.
Yo ya no te esperaba,
de tantas veces que creí en tu regreso,
imaginándote de nuevo siendo líder de mi sonrisa.

Eres el golpe de ola que no avisa,
que te sacude, te arrolla
y te hace frágil bajo su poder.
Y es que tú puedes hacerme inevitable.
El no poder marcharme cuando tú vuelves
y no poder no sentir, porque contigo siempre ha sido así,
siempre ha sido incontrolable
estas ganas de tenerte,
esta indomable forma de quererte

conmigo.

Se me pasaron tantas cosas por la cabeza
mientras no estabas...
Creí que me había disipado en tus recuerdos
y que ya no me pensabas.
Que fui parche o pasatiempo,
y que mientras tú no sentías nada,
a mí, sin ti,
me pesaba el tiempo.
Pero vuelves siendo la sorpresa más bonita
que brilla en mis ojos.
Y es que, tal vez, nunca dejaste de ser importante.
Me recoges los trozos
y los juntas con los tuyos,
y así haces que la pena en el amor
solo sea un rumor en el murmullo.
Y es que tú tienes el don de quedarte en mi cabeza,
aunque en todo este tiempo muerto te he querido camuflar
entre mis pésimos intentos de poderte olvidar.
Quizá siempre estuviste en mí
de alguna manera,
aunque, por amor propio, me resistí.
Y ahora, continúas aquella historia que dejamos a medias.
Cómo decirte que no.
Si de mi corazón, siempre fueron tus manos, las dueñas.

En pause

He dejado de sentir cómo nacen las larvas bajo mi vientre,
de sentirme perdidamente ilusionada por coger
al amor que se gesta y que ya siempre dejo sobre algún recipiente;
quizá ya no sepa comprenderlo,
ya no me quede magia en los ojos para seguir viendo cómo se detiene el tiempo,
o quizá me falte ingenuidad para creer todavía en cuentos.
Es algo que expira cuando ya no hay un estado pulcro
en el pecho.
Roto, descuidado y malgastado el pulso,
entre arañazos bruscos.
Y aunque quiera intentarlo, siempre acabo
diciéndome a mí misma, qué hago.
Siempre acabo encontrando un pero.
Como si ya no fuera aquella de antes con el conformismo entre los brazos,
al que en realidad no echo de menos.
Aunque sí me gustaría sentir como sentía;
tan soñadora y con tantas ganas,
que ahora en lo que menos creo, es en aquello en lo que sí creía:

el amor.

Ya no soy capaz de sentir aquello,
ya no solo ante palabras, si no tampoco ante pruebas de te quiero.
No porque no quiera, ni desconfíe, ni tema siquiera al dolor,
si no porque cualquier pequeñez es capaz de pararme los pies
y hacerme decir que no.
Ya no me es fácil sentir lo suficiente
para querer quedarme,
aunque me manifiesten
la mejor manera de quererme.
Termino largándome de cualquier minucia que me procure la duda.
Y ni siquiera yo, con eso, soy capaz de entenderme.
Pienso incluso, que puede que esté mejor sola.
Que con ello me ahorre cargar mochilas de fricciones sobre la espalda
que cualquier relación atesora.
También eludir hacer y hacerme daño
y limpiarme la sangre de la boca al morderme la lengua,
con el orgullo hecho trapo.
Quién sabe qué es mejor.
Desde luego yo no voy a impedir pero tampoco forzar nada.
Simplemente espero sentir algún día con alguien en que los dos nos merezcamos
que sin esperarnos,
la vida haya parecido estar parada,
hasta encontrarnos.

Culpable

Soy culpable de haberme conformado con esas dos palabras
que componían un te quiero, sin muestra alguna de veracidad.
Como si fueran esas dos palabras las que alimentasen al amor, 
sin más reciprocidad.
Soy culpable de haber creído en las promesas, en las afirmaciones
hechas solo por la palabrería escrita en aire y papel,
y en los engaños disfrazados de ilusiones;
como viejos trucos de ilusionistas, 
de encantadores de hipnosis y de magos especialistas
en las mayores farsas.
Y de llegar a creer que sus faltas eran mis faltas.
O, incluso haber cargado con ellas a sabiendas
de que yo no tenía nada que ver.
Culpable de haber dicho en mitad de la inexperiencia,
y haberme dejado llevar a situaciones con las que no estaba preparada
y en las que no supe decidir con inteligencia.
Soy culpable por haberme dejado herir, tapando mis ojos
para ver solo lo que yo creía ver.
Soy culpable de no quererme sola,
de querer a quien no me quería tanto,
y cuando me querían lo bastante, yo no he sabido ni podido corresponder.
Culpable de ir con prisas, como si se acabara el tiempo,
como si fuese imposible dosificar por raciones paulatinas, todo lo que voy sintiendo.
Y es verdad que no podemos ir controlando lo que se siente
pero, tal vez sí, cómo lo vamos demostrando.
Soy culpable de aprender de mis malas decisiones
y procurar no caer de nuevo en los mismos errores.
Culpable de trucar a mi pecho con alarma,
para avisarme de ladrones de sueños,
que no les importa dejarte sin nada,
más que a la tristeza desconsolada
en las noches sin cuentos.
Soy culpable de haber dejado de sentir por la persona políticamente adecuada.
Culpable de no tratar a la persona correcta
del mismo buen modo en que
sí traté a la persona incorrecta.
También de practicar la indiferencia con alguien que tal vez
haya merecido un poquito más a mi mejor versión.
Culpable de querer no entregarme tanto de primeras,
de querer ir despacio
y de no querer comprometerme lo suficiente en un espacio-tiempo
en el que no puedes llamar relación
a alguien que todavía estás conociendo.
Soy culpable de protegerme bajo un caparazón de seguridad
anti-desencantos.
Y así ser más exigente, no por arrogancia
si no porque ahora con motivos más sensatos,
sí me detengo a pensar que no merezco cualquier pasajero,
que me merezco a alguien que merezca lo que yo valgo.
Ahora es a mí misma a quien más quiero.
Soy culpable de no poder controlarme emocionalmente,
porque no soy la grúa que maneja los hilos en el corazón.
Y si de algo más soy culpable, es de darme cuenta que entre tanto desencuentro
alimentado por heridas,
la persona más importante de mi vida en la línea de combate

sin excusa ni condición,

siempre debo ser yo.

El siniestrado

Había magia.
Sin chistera ni cartas.
Era increíble como cualquier cuento de hadas.

Me miraba 
con esos ojos que parecía que se apoderaba de mí.
Y yo me dejaba.

Todo iba paso a paso,
o quizá me perdí en su piel
y no pude ver que íbamos algo rápido.

Yo le protegía y le secaba los ojos,
le besaba la mejilla
y le dejaba apoyar su tristeza sobre mi hombro.

Y me correspondió.
Me mostró su mapa de lunares
y me vestía mis labios con sus labios
mientras notaba cómo sonreía

a mí o a la vida.

No era suficiente,
era mejor que eso.
Pero aún así no supo ser el último punto de sutura
que cerrara mi corazón, para ser su nombre, mi suerte.

Y no hubo explicación ni precariedad, pero 

ni
aun 
así

fue para siempre.

El siniestro

Había magia.
No aquella que se escondía entre trucos de barajas.
Era algo que no se presagia.
Casi imposible y casi irrepetible.

Le miraba y no me asaltaba la duda,
quizá por eso pensé que amor no tenía por qué
significar ni miedo ni atadura.

Todo iba despacio;
manipulándose con precisión
la cocción de una ilusión y su espacio.

Era como mi armadura.
No tenía por qué decirle que le necesitaba;
ya estaba allí lamiendo mis heridas,
y siendo la mejor de las curas.

Y yo le correspondí.
Le enseñé todo lo que desconocía
y le abrigaba las manos con mi aliento
en algún invierno en el que, solo por tenerle,
ya vencí

a la vida.

No era suficiente,
era más que eso.
Pero sin embargo yo

yo no supe ser la historia sin terminar que quizá quería.

No fui inherente.

Hipócritas

Seamos hipócritas.
La gente no quiere que les mires con desprecio o indiferencia.
Les da igual que les salpiques la espalda con la crítica,
siempre entre los dientes.
Esperan que te esfuerces porque seas quienes quieren.
No importa si mientes,
siempre se quedan con la apariencia.
Aunque no sea real, es con lo que cuentan;
tú eres el show y ellos la audiencia.
Convencionalismo superficial y formalismo de quita y pon.
Vayamos con el fingimiento en la boca y en los ojos la decepción.
Caretas arrugadas en los bolsillos, dispuestas para jugar a ser otro que ni eres ni quieres ser;
menosprecia tus sentimientos, solo es importante lo que parezca que esté bien.
Tienes que hacerlo, la sociedad te obliga a ello, te empuja a ello.
Vive entre tu verdad y aquella otra que te dictan, como en dos mundos paralelos.
Seamos marionetas,
en manos de cualquiera que tome de nuestras vidas
para dominar las riendas.
Haciendo lo que sentimos en todo momento,
a veces, somos más infelices.
Porque quieren ver cómo logras reprimirte.

Hacer lo que sientes, sentir lo que haces;
¿seamos orgullosamente infelices?

La doncella

Aún cuando decía que le olvidé,
a veces buscaba saber cómo estaba.
Quizá por si aún me tenía presente, o tal vez
porque yo todavía le pensaba.
No de aquella forma en la que yo me reducía a la nada
y le regalaba el corazón entero
para ponerme bajo sus cuerdas de titiritero.
Pero algo quedaba aún,
que no eran ni cenizas ni memorias de baúl.
Quizá curiosidad bajo aquel rencor.
Quizá mis ganas de querer que sin mí no estuviese mejor.
El egoísmo del odio.
El dolor que pasaron estas heridas ya secas.
Todos los escalones del podio,
vacíos de recelos,
en donde ya no se encuentra.
Y ya no me siento víctima,
de aquel invierno helado,
de aquel infierno entre sus candados.
Tampoco me tiritan
los recuerdos,
y ni siquiera se encuentran bajo tiritas.
Quien perdió,
ya no soy yo,
ya no me siento así.
No fue más que una estación
de entre tantas otras que ya pude vivir.
Pasado y lección.
Nada más.
Y seguramente sepa que no volverá
a tener a alguien que soporte todas aquellas faltas.
Porque su supuesto amor iba asociado
a una serie de peleas ya amañadas y sin revancha.
Aunque debí de ser yo, son ellas,
son sus manos las doncellas
que barrieron hasta la última miga
de lo que fui y lo que fuimos;
y ya ni amantes ni amigos.
Y está claro,
no vale la pena la estancia de lo que no es bien recibido.