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Puntos de sutura indelebles

¿En qué punto
ensordece el mundo
y ya no te escucha, o ya no lo escuchas?
Las heridas sin cura.
Te haces invisible.
Inaccesible, como un trozo de tela deshilvanado.
La cordura jugando al despiste.
El corazón tan abandonado.
La tristeza se hace rutina
como el desayuno de las mañanas.
Untando lágrimas sobre las tostadas.
Y el pensamiento cada vez más suicida.
El recuerdo se hace cuchilla sobre la piel.
Y vas caminando con paso incierto sobre el papel
que te ha tocado vivir.
¿Por qué a mí?
¿Por qué no a mí?
Todo es negro, ya no hay gris.
Las ojeras sin paraguas, manchadas por esa falta de
pasión por las cosas, que deja de estar.
Por esas ganas por todo, que un día hubo, y ya se van.
Desinterés por uno mismo.
Desprecio por uno mismo
¿Cuándo empezó todo esto?
¿Cuándo se nubló la vida y dejó de ser vida
para ser abismo?
Te olvidas de todo aquello
por lo que merecería la pena soportar cualquier peso.
Casi cualquier peso.
Los recuerdos de fondo,
la depresión sobre la mesa puesta
y las sonrisas de adorno.
La pena como música ligera
haciendo ruido en la cabeza.
Esa que te hace presa.
Y ya no hay conciencia.
Ni razón, ni motivación, ni fuerza.
Ya solo hay lucha.
Una batalla contra ti mismo.
Esa con la que te auto-destruyes
y con la que corrompes el futuro y la oportunidad.
La posible oportunidad
de volver a ser.
De poderte salvar.
Pero ya habías pensado
"¿habrá marcha atrás?"
Pero no la hay,
ya todo ha pasado tal cual.
Arrastras los pies y las ganas allá donde se podrían
tocar los sueños,
la ilusión, la risa entre momentos.
El querer tocar y sentir todo lo que para ti parece abstracto.
Pero casi todo te sabe a fracaso.
Seguro que puedes coser el roto
y hacer que parezca como nuevo.
Igual que todas esas veces que has fingido
ser alguien cuando te sentías nada.
Un fuego que ya solo es brasa.
Pero es tal la desesperación por toda esta conflictividad
que todo se ve borroso
desde un par de ojos meramente tristes.
Pesarosos.
Insumisos.
Infelices.

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