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Y, de repente tú

Yo veo emociones cuando te miro,
al igual que un lienzo al óleo las produce.
Tal es como yo te admiro.
La paleta de rojos de Velázquez en tu boca.
La torre del oro en tu rubio pelo.
Tan bonita, tu dulzura, que parece que el arte se equivoca
cuando no eres tú la musa ni el boceto.
Salvador Dalí hubiera renunciado al surrealismo
si hubiera visto ese mundo que escondes tras tus ojos.
Tan ciertos y tan vivos que, de ellos, nadie querría salir.
Yo me negué al amor una vez.
Puede que muchas.
Pues se revela desconcertante y también es dolor.
Es misterio y es duda.
Sin embargo, te conocí y desde entonces,
es claridad.
Y puedo sentirlo
mucho más leal y mucho más real.
Como las explosiones de sabores mexicanos en el paladar
llegas tú bombardeando todos los engaños
en los que me acostumbré a saberme amada.
Solo estaba desarmada.
Aprendiendo.
Con el corazón a dieta e impidiéndome a mí misma
ver la verdad.
Y, de repente tú.
Con tu forma de querer tan sencilla.
Porque es fácil quererte.
Sin prisas.
Sin candados ni guerras de por medio.
Yo solo quiero ser los brazos que te auxilian
en tus miedos.
Darte luz en la oscuridad
y no prometerte que estaré,
sino, estar.
Y ver bailar lento
a tus dedos sobre mis manos.
Sorprenderte con tu chocolatina favorita
a ver si así me sacas una sonrisa
y dejas de esconderla en las fotos
como la Venus del espejo.
Que tu boca es mucho más bonita 
cuando sonríes y el mundo se hace pequeño.
Quién me iba a decir a mí
que los sueños sí se cumplen.
Pero ahora lo sé.
Ahora que tú estás aquí.

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