sábado, 2 de julio de 2016

Naufraguemos


Te confieso que nunca me atrajeron los ojos azules,
pero es que los tuyos…
me hacen nadar hacia otro mundo
en el que sin duda me mudo.
En el que no pasa nada si llevo
las manos manchadas de heridas o de fallos.
O si me relamo la boca después de bebernos
y tenernos.
Yo siempre lo he tenido claro
contigo.
Te vi y supe que eras el lugar de donde
siempre quise ser.
Provocas ese te quiero efervescente con el que haces
que todo deje de estar del revés.
Es como si fueras una quimera
hecha realidad.
Porque te miro a los ojos
y siento que podría perderme en ellos,
y que no necesito más
_sólo naufragar
en ti_.
Respirar tu calma
y sentir así
que estoy en la justa línea
donde nada me falta.
Que me hables bajito, y que, aunque sea
por una llamada de teléfono,
ya me hagas sentir que estamos cuerpo a cuerpo,
pasando las horas tontas sonriéndonos.
Para mí los sueños modestos y pequeñitos
son los mejores.
Como cuando te coges de mi mano
y te beso despacito
la frente, los párpados,
las mejillas, tus labios…
Y pierdo la cuenta de por dónde iba
y empiezo de nuevo;
pero tú te das cuenta de que me he perdido
porque quiero.
Entonces sonríes,
y yo ya me muero de amor
con ese arco de cupido que tienes en tu boca.
Con esa risa floja
que traes tan bonita y tan tuya.
Y también, perdóname si sueno repetitiva,
pero también con esos ojos… Dios, con esos ojos
con los que no me cansaría nunca
de decirte que aprendería a nadar en ellos.
Que si tú me miras se me mojan los complejos
y ya sólo quedan virtudes.
Y tú, que no te aludes
cuando digo que hay algo más bonito que ese cielo
de ahí arriba.
Que me maravilla
tu naturaleza de ser tan diferente al resto.
Que mi saliva vive a ras del suelo
por tu culpa
cuando te miro.
Que quererte y admirarte va unido
porque es imposible no hacerlo.


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