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Las verdades a la cara

¿No te cansa que existan esas veces
en las que callan por no atreverse
a presenciar tu respuesta, tu reacción
o incluso por no lastimarte?
Suponen que te hacen un favor.
A veces, a ellos, tal vez.
Pero sólo logran que te preocupes un poquito más
por ese sin saber.
Porque en ocasiones sólo necesitas
a la verdad sin máscaras.
No a ninguna de esas palmaditas en la espalda
ni a esos silencios cargados de tan bárbara
hipocresía.
No se dan cuenta, de que eso, hace mucho más daño.
Y yo lo percibo y me callo.
Para no desentonar entre tanto grito mudo,
mientras sangro.
El silencio es para los momentos precisos
en los que no hay nada mejor que decir,
en los que es necesario escuchar, hacer
o reír.
Pero no para cuando te miran gritándote ayuda.
Y te desnudan sus ojos a base de lágrimas
y aunque, a veces invisibles, de igual manera inundan.

Dejémonos ya de payasadas,
de cartas guardadas en la manga,
de realidades que llegan tarde y desusadas. 

La comunicación es el mejor medio
interlocutor,
no la pieza enemiga para crear guerras internas,
y me refiero a las comeduras de cabeza.
Son como hormigas buscando migas de ideas
atrapándote entre escombros de barruntos.
Y entre tanto, me pregunto
por qué preferimos ser capaces de apostar por callar.
¿Es el miedo de perder algo o alguien?
¿Es la inseguridad,
el reproche, las discusiones venideras
o la elección por no doler? _a ti o a ella_
Yo sólo sé que tomando atajos o caminos largos
todo lleva al mismo destino, más tarde o más temprano.
Y las verdades acaban asomando, nítidas y claras.
Así que, intentemos parar de acumular futuras cicatrices
escondiendo a las palabras
y digamos mejor, y pese a toda consecuencia,
los consejos, las confesiones, las declaraciones
y todas esas mierdas a la cara.
Que ya la vida, de por sí,
está muy mal pagada.

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