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La inmortalidad de las mariposas

Intento hacerte caso.
Dejarte a un lado.
Dejarnos por un tiempo.
Hacer como que no siento.
Pero te encuentro en los recuerdos que me producen
las charlas con otros;
me quedo pensando en lo que me respondías tú.
Y es cuando me vuelve la sonrisa.
Empieza a abrirse el ataúd
de todo lo que he intentado matar
después de que decidieras parar conmigo
al mundo que nacía bajo nuestros pasos,
de todo lo que parecía mariposa bajo nuestros ombligos,
de todas las noches que eran como tardes de domingo.
Y no lo puedo evitar.
Que, estás siempre presente de alguna forma,
y cuando te pienso, no siento ningún sentimiento herido,
cuando pienso en ti, yo solo siento paz.
Es esa tranquilidad que nunca he sentido por nadie
en pleno intermedio, en pleno punto muerto.
Olvidándome de olvidarte.
Contigo mi corazón, aun sin estar, no se siente desnudo,
lleva impecables, y anudados, los cordones de seguridad en sus zapatos.
Y no tropieza con el olvido ni con los mismos errores de cualquier otro pasado.
Sin embargo, si tú no fueras tú, yo ya me sentiría desastre.
Y eso es lo que te hace ser especial.
Que, aunque parezca que va a llover fuerte,
permites la inmunidad de que el viento no arrastre.
No sé cómo lo haces.
Pero no me siento cobarde por dejarte espacio.
No me siento impotente por no saber si vuelves.
Me gusta la libertad con la que te sientes libre,
la misma con la que decides
si juntarás tus alas con las mías para hacernos pájaro
y que pueda ser solo la transfusión de amor quien nos equilibre.
A veces, claro, me siento triste,
pero es una tristeza puntual que se siente más esperanzada que acabada.
Sé que cuando vengas me preguntarás qué ha sido de mí en todo este tiempo,
y te responderé que te esperaba,
mientras te he seguido queriendo.

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