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De sexos ocultos

Amar a quien te ama es un privilegio del que no acostumbramos a valorar.
Ya de pequeños husmeamos a la curiosidad, y nos fijamos en otros niños,
sonreímos tímidamente y nos sonrojamos.
Y nuestros padres nos advierten
con recelo a quién sí y a quién no mirar
y con qué sí y con qué no jugar.
Es como si todo estuviera lleno de etiquetas
que nos dicen “esto es para niños y esto para niñas”.
Y nos determinan el perfecto canon de belleza,
el perfecto modelo de formación y de formalismos,
el correcto modo de vida conformista
empleando el convencionalismo.
Y, educándonos dentro de todos estos estilos predeterminados de vida,
olvidamos a nuestros sentimientos, a nuestra libertad y a las alternativas.
Y nos tragamos todo eso de que, si eliges otra opción,
no estás haciendo lo correcto.
Pero la elección, a veces, solo es una excusa, un pretexto,
para que acabes haciendo lo que quieren y lo que crees que eres,
lo que crees que debes.
La realidad, es que hay cosas con las que nos sentimos mejor
sin haberlas elegido.
Y entonces, señalamos y nos reímos
de todo lo distinto.
Ser la diferencia es algo que nadie ha pedido,
pero, lo creamos o no, es una diversidad que forma parte de la propia naturaleza.
No pretendamos ser copias exactas con el mismo idealismo,
sin tolerancia por lo demás, utilizando a la discriminación.
Rechazando de forma automática, inducidos
por una sociedad adiestrada en una errónea e insana educación.
Con ideas herméticas que juzgan
sin conocimiento
y con frivolidad.
Sin sentimientos
y con maldad.
Enfermos, los llaman,
pero no saben que precisamente la homofobia
es la enfermedad.
Predican con la violencia física o verbal,
sin embargo, el amor entre dos, sin cuestionar los sexos,
es un derecho dentro de la libertad
que no hiere ni mata.
Pero el odio sí.
Las burlas desde la etapa de colegio,
el que te señalen con el dedo
y el sentirte obligado a fingir.
El conocimiento equivocado y el “lo respeto, pero…”.
Hay que erradicar al prejuicio, a la aversión,
a la ignorancia de creer saber cuando en verdad no,
a las charlas con tabú,
al dar la espalda a todo lo que no es como tú,
y ponerle una cremallera a todo lo que conlleva.
Y ser libres.
La libertad de querer a él o a ella.
La lucha incansable por ser más personas que animales.
La batalla inacabada, por desgracia, por dejar de sentirse escaparate
para risas, juicios y señales.
El dejar de esconderse, de ser quien no eres, de sentirse culpable
o no sentirse aceptado.
El dejar de tener miedo, y de ser rechazado.
De enfrentar conversaciones familiares o con amistades
para ser tú mismo, y dejar de mostrarte con velos.
Tristemente, la libertad, ahora, todavía es solo otra etiqueta,
para creernos libres, sin serlos.
Libertad hipócrita.
Libertad condicionada.
Libertad libre en un campo de granadas.

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