jueves, 7 de julio de 2016

De amor y de miedos

Me gustaría que habláramos.
Poder contarte tantas cosas...
Darte los buenos días con la sonrisa del que
vive optimista mientras los demás vivimos apenados.
Y quizá mientras se curve mi boca,
te apetezca mudarte en ella,
donde será siempre verano si tú la tocas.

Por aquí todo sigue igual.
Mi lado izquierdo aún apuesta por lo nuestro,
y aunque no estés ahora, no se lo toma del todo mal.
O sea, no quiere complicaciones con otros,
aunque se complique por ti,
pero sabe darte tiempo.
Porque no quiero otras personas.
No quiero conocer a nadie más.
Ya estás tú, y contigo no tengo excusa
para poder ser mi mejor yo y tenerlo que dejar.
Porque me haces ser justamente lo que soy
sin tener que esconderme,
y eso está bien.
Más que bien.
Por el momento solo puedo pensarte,
y miro tus fotos como si así te pudiera saber.
Me sé de memoria muchas cosas que me decías;
conversaciones de móvil y llamadas de teléfono
que sonaban más puras y más putas que cualquier poesía.
Y, con todo eso, siento tanta fuerza
que nadie me podría hacer sentir de menos,
y es por eso que no te creo cuando te vas.
Yo recito tus palabras en mi cabeza como si fuesen mi rezo,
mi rutina, mis ganas de ganar
_de ganarte a ti, por supuesto_.
No sé si sabes que eres el manifiesto
de mis intenciones revolucionarias bajo mi pecho.
Espero que un día ya no burlemos
la causalidad de encontrarnos en alguna charla pendiente.
Que yo te quiero y tú me quieres
y lo sabemos.
Para qué seguir evitándolo.

También me ha dado por escuchar por las noches
canciones de amor y de miedos.
Con letras donde me reflejo y puedo trasladarme
a algún mundo imaginario donde estoy
yo
contigo
y tú
conmigo.
Y entonces todo parece perfecto,
hasta que acaba la canción y abro los ojos
y veo que no estás.

Menuda novedad...

Pero me gusta soñar despierta contigo
y pensar que algún día vas a volver
para hacerlo todo realidad.
Que vas a cogerme de la mano
como quien se agarra de la vida
para luchar contra la muerte,
y que vas a aderezar, con tu dulzura, a nuestros días,
haciéndolos venideros de la buena suerte.

Quién sabe.

Tú,
yo...

Qué bonito sería tenerte
otra vez,
como la primera vez.

Pero en esta ocasión
para siempre.

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