lunes, 20 de junio de 2016

(Des)motivaciones


Tú,
que te miras todos los días al espejo
intentando reconocer lo que un día fuiste
y ya no eres.
Ya sólo el anhelo.
Que si un día sonreíste,
y si sonríes,
es con esfuerzo,
es un momento,
es fachada,
recuerdo,
efímero instante,
careta
de unos labios curvados
de tristeza.
Tú,
que miras tus manos
manchadas con tu pena.
Rebañando las migajas de
los buenos días.
Y vas como arrastrando los pies
sin saber bien tu camino.
Sintiéndote como un perro perdido,
oliendo lugares y personas
buscando tu sitio.
Pero no estás solo.
Tus lágrimas están ahí siempre.
Dándote alivio,
a veces.
Y abrigo
a tu rostro,
cuando cae tu sollozo
sobre tus mejillas,
sintiendo el calor
de esta sustancia líquida
de dolor
que escuece, en ocasiones,
cuando tienes demasiado qué llorar.
Y pareces tan despreocupado,
pero no es así.
Te gusta ser fuerte,
pero eres sobretodo frágil.
Y vas buscando algo a lo que aferrarte
y donde amar.
Quizá las manos de una mujer
donde reposar.
Y no sentirte tan solo,
ni tan triste.
Ni tan
sin ti.
Porque ya no eres.
No estás.
Vives por rutina,
pero marchas en cada mancha
de este opaco ciclo en que estás metido
llamado depresión.
Y la vida es esa zorra
que te hace daño,
que te mira a la cara y te escupe sonriendo,
como diciendo “aquí mando yo”.
Y es cuando se paran tus ganas
de alimentarte de este mundo
donde la felicidad
sólo es un estornudo.
El instantáneo beneficio de los pesares.
Pero a pesar de su fugacidad es capaz
de cobrarle sentido
a todos los desprecios y a todas las heridas
que provoca
la vida.
Y entonces,
tu tristeza rebuzna
como gritándole a tu boca
que sonría de una puta vez.
Que sí,
que la vida es muy injusta,
y se siente muy sola, a veces,
y también, no siempre vale cualquier compañía.
Pero,
se ve mejor cuando te quedas
con los pequeñitos momentos,
que por muy pequeños que sean,
valen más que toda esa porquería.
Y por ello,
ya vale la pena luchar
por seguir adelante.
Así que,
tú,
que tanto te has reprochado
las veces que te has fallado a ti mismo
por las decisiones,
por los errores,
por las carencias
por los malos hábitos,
las rutinas mal acostumbradas…
levanta de una vez
de ese charco que te empapa,
sécate los ojos
y mira bien.

El mundo también espera de ti
que le señales con el dedo
y le digas,
“hazme todo el daño que quieras,
vale,
pero luego será olvido
y entonces, me voy a reír”.

Porque podrá apretarte,
ahogarte,
consumirte,
jugar una y otra vez con tu corazón,
y acabar contigo,
cuando toque,

pero tú,

podrás levantarte,
sonreírle, como si no tuvieras rencor,
limpiarte las legañas de la mala suerte
e ir a por otro sorbo

de

“me da igual todo,
aquí estoy yo.”






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