martes, 21 de junio de 2016

Amor de pecho roto


Sólo te mereces cosas buenas, me dijo.
¿Entonces por qué no te quedas?, pensé.

Pasamos un tiempo conociéndonos.
Qué cara tan guapa lucía con sus ojos llenos de cielo,
con un azul más bonito que el propio firmamento
en sus días con el guapo subido.
Y le miraba, seguramente con la cara más tonta
con la que nunca antes me había sentido _o ya no recuerdo_.
Era todo.
Era su forma de hablarme
en alguna madrugada cualquiera
mientras me susurraba al oído.
Y le tenía. Todo su ser, tan mío,
como suyo este corazón escondido
y camuflado, bajo el tórax.
Lo hizo fácil.
Aun sin haberse pensado ir a por todas.
No sé cómo lo hizo, pero logró encontrar
todo lo que ni yo recordaba que soy.
A veces temo encajar en alguien tan así,
es decir,
como la pieza correcta que me vale,
porque sé que yo no me voy
_o al menos, suele costarme_.
Que me anclo,
que me engancho,
que me pierdo en todos sus, para mí,
perfectos desperfectos.
En todo lo que imaginé y no pensé que fuera posible
más allá de los sueños.
Una utopía echa realidad.
Es todo aquel adjetivo positivo.
No sé cómo calificarle ya,
pero
qué más da.
Porque se fue.
Se ha marchado por un tiempo
y no sé si de nuevo vendrá a por mí.
Me gusta pensar que sí.

Es de esas personas con cicatriz abierta aún,
con escozor en sus lágrimas.
Y tan de pronto te encuentras
con todos sus sentimientos encogidos entre los puños,
sangrando,
reclamando todo lo que fue.
Tú no entrabas en sus planes,
pero llegaste.
Y va abriendo sin darse cuenta esa puerta
donde vas entrando
sin haberlo previsto tú tampoco.
Y entonces ocurre,
que se habéis comido ese poco a poco
y se miráis
a los ojos
y veis justo lo que necesitáis.

Pero es que no era el momento idóneo.
Tampoco sé si lo hay.
Sólo sé
que le vi las manos llenas de dolor
y que no podía acercarse a mí sin encontrarse con él.

Malditos.
Malditos amores de pecho roto.
Amor que notas, pero yo casi no noto.
Amores de elección simplista.
Y, por qué no,
un tanto egoístas.
De esos que no pueden sentir por ti,
pero que, en el fondo, tampoco quieren que te vayas.
Y tú con el nudo en la garganta,
queriéndote perder a ti mismo de vista,
aprietas los nudillos entre tu clavícula y tu pecho,
como diciéndole a tu corazón,
“tonto, ¿qué has hecho?”

Pero aquí estoy.
Pensando que tal vez
la suerte no me vino
sólo cuando le encontré.
Que puede que no la haya perdido _a la suerte, digo_.
Porque aún queda esa posibilidad _porque no es remota_
de que todavía, cuando sane, vuelva conmigo.

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