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Mujer tirita



Te recogí de aquel charco
que provocaron tus parpados mojados.
Y me dejaste recoger con mis yemas
aquellas lágrimas con su pena
y tu cariño abandonado.

Fui la venda que abrazó tus heridas
y tocó tu tristeza con el cuidado
de aquel que se lava las manos
antes de tocar un libro
para procurarlo limpio.

Te sequé tus ojitos tan inundados,
y los miré y atendí.
Y pude leerte aquel abismo taciturno
como quien lee bajito, moviendo los labios,
quizá por si te entendía así.

Eras tan de brazos cerrados al mundo
y tan abiertos hacia mí
que me sentía única.
Y así lo era.
Fue como si en tu corazón llevara
mucho tiempo sin sonar música.
Y yo de pronto hiciera ruido
y tú me lo permitieras.

Ya no tenías las mejillas húmedas
ni las ojeras doloridas.
Ahora tu sonrisa era tan bonita
que no podía mirarla y no querer
tenerla encima.
Tus labios estaban listos
para ser mordidos
y no tener ya que sentirse a la defensiva.

Y ahora que podías levantarte
sin la ayuda de nadie
y echar a correr ganando al pasado,
parece que yo sólo llegué para ser
la mujer tirita.
De pronto me despegaste de tu piel
ya renovada,
te frotaste para despeinarte
aquella marca que ya no estaba,
y sólo dejaste que de tu pecho
sólo fuera una visita.

Fui esa lección que necesitabas
para recomponer tus ideas.
Me dejaste lamer tus arañazos
y coser aquellos cortes tan feos
en tu clavícula
y ahora incluso, hasta bromeas.

Y dime ahora qué hago conmigo.
Que ahora soy yo la que se viene abajo
porque te vas
a prisa
y para perseguirte
yo ya he perdido el ritmo.
Que yo ya aprendí bastante
y sé que si no te quedas
es porque tuvimos que ser un episodio,
_tal vez necesario
al menos para uno de los dos_
en medio de todo este puto mundo insalvable.

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