lunes, 23 de mayo de 2016

La droga más bonita



Me tocas como si escribieras despacito
y de pronto te emocionaras
y aprietas la escritura contra las hojas
hasta que se corra la tinta.
Y entonces yo te miro
como si se hubiera vuelto noche en mis ojos
y brillaran las pequeñas luces de estrellas
en mis pupilas.
Tienes los dedos empapados,
el pecho sudado
y me susurras con la voz agitada
que te quedas,
que no vas a quedarte a dormir
para irte por la mañana.
Que sí,
que te quedas.
Y no vas a huir de los compromisos
que nos esperan
ni de verme con los labios sin pintar,
que ya te encargas tú de
desmaquillarlos.
No vas a huir de los hábitos rutinarios
como eso de quererme.
Y no,
no me vas a prometer estar siempre.
Lo vas a hacer.
O al menos procurarlo,
pero ya no podré decir que me mentiste.

Y yo ya no sé qué decirte,
que tienes la carita tan bonita
que te comería a besos todos los días.
Pero sólo si no dejas de ponerme
ese rostro tan interesante por las noches,
como el que se detiene en los renglones
de algún libro, para comprender la lectura.
Y es que mira, yo te quiero a voces.
Porque no puedo fingir que eres nadie,
que estoy segura de que este cosquilleo es hermafrodita
y se hace el amor así mismo,
porque lo siento ya por todo mi cuerpo
como si me jodiera la vida de la forma más bonita.
Y yo
de ti,
cómo no ser entonces,
cada vez más adictiva.

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