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A ciegas tras de ti



Te intenté dar los momentos adecuados
para mirarte a los ojos,
ponerte en plata mi nombre en tu mano
y contarte las sensaciones
con las que nunca me encontré.
Todo parecía bueno.
O era lo que yo quería ver.
¿Me oíste?
¿Te diste cuenta de todo lo que hice?
Momentos pequeños que
no merecían ser obviados.
Tú sólo sonreíste.
Y yo me agarré de tu boca
creyéndome que con eso ya lo tenía todo.
Pero mi pecho siempre andaba rezagado.
Tardó en comprender
qué era lo que de verdad necesitaba.
Recuerdo tras tuya, la playa.
Un sol sin sombras.
Recuerdo a tu cintura
y a mis manos abrazándola.
Mi inquietud.
Mis ganas de correr a un lugar
donde sólo estuvieras conmigo, tú.
Porque allí estaba el tiempo y sus varillas
recordándonos que todo pasa pronto.
Y yo sentía que no te descubría a fondo;
que callabas
y mientras yo desnudaba mi alma
como una idiota que cree
en lo que quiere ver,
comía de las migas
que rociabas a tus pies.
E incluso después de dejarme a un lado de ti,
rebusqué aquellas virutas
para rebañar un poco de lo que habíamos sido.
Pero, ¿realmente te conocí?
No creo que lo que tú me ofrecías
fuera lo que más me hiciera falta.
Me vislumbraron las ganas de querer.
Te quise con un amor tan crecido que se saltaba las rampas.
Y así no supe ver
que no eras lo que necesitaba.
Porque yo necesitaba que sintieran tanto como yo,
y no me dejaran atrás,
que no me cambiaran por una barata razón.
Te aseguro que no supe dónde meterme
para esconder mis ojos.
Para barrer mis trozos.
Ni cómo empezar a vivir de nuevo
teniendo miedo de todo,
como si se pudiese repetir.
Y comienzas a beber el mundo a sorbos.
Hay que aprender a mirar
hacia delante, sin necesidad
de volver la vista hacia atrás.
No es tan simple.
Ahí es cuando el tiempo ya no va tan rápido.
Ahí es cuando la confianza se reviste
y se guarda tras los trapos.
Parece que nunca vas a superarlo.
Como si ya todo fuera a ser azul oscuro casi negro.
Pero sí.
Todo llega,
 tarde o temprano.

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