martes, 26 de abril de 2016

El último adiós



La noche me habla sobre aquéllas sonrisas de victoria
y aquéllas lágrimas de grueso dolor con las que creí que moría.
Sinsabor de una misma sinfonía.
Inmersos mis ojos en un calor ardiente a punto de desbordar
un mar que ya no puede ocultarse tras la máscara.
Mi piel se pinceló de la rudeza de las cáscaras.
Para protegerme tal vez,
o para sentirme menos amarga.
Los recuerdos que menos se olvidan son aquéllos que se hacen con delicadeza,
tramando que fueran los más especiales para quien se hacía.
Y sin remedio, unas tristes cuencas a la luz de la noche, se vacían.
No enloquecí, sólo dejé de ser yo.
Y si no me entienden,
qué sabrán de lo que mi corazón sufrió...
No soy ni las virutas de amor quemado que un día fui.
Soy aquélla inflamable cortina de humo anunciada para no exhalar.
Mi tic tac grita amordazado
el auxilio con el que un día se sintió salvado.
Que no te di todo lo que tu quisiste  fue lo único que dejaste de encontrar,
pero de lo que recibiste, fue mucho más de lo que tú me ofreciste dar.
Me he cansado de buscarte, de fingir que me quieres aún,
de enloquecer por esperarte, pero no te das cuenta tú.
Que dé otra su vida por ti,
porque ya no escucho música donde creía que latías por mi.
No sé si volveré a ser lo que era,
sólo sé que dejé mi corazón allá donde te perdiera.
Creo que mi actitud es un mero escudero
que defiende mi pecho, para que no vuelva a romper de dolor.
Pero, ¿sabes?, me echo de menos a mi misma por lo que fui contigo.
Pero ya no eres más mi ombligo.
Sigo siendo la diferencia que te gusta.
Que lo nuestro acabase no quiere decir que me catalogues ahora
como un defecto o una culpa.
El veneno que emerge de la copa de tus labios
no es más que mi propio engaño,
por querer creer que nadie más sería razón por la que avivo.
No quiero ser víctima de una mentira que me provoco a mi misma.
Tú y yo ya no formamos parte de una misma vida.
Miéntete y di por tu cabeza una y otra vez que nunca te quise,
pero siempre sabrás que es tan falso como el velo que me viste.
Te clavé en el negro de mis ojos y sólo te veía a ti.
De quieta sonrisa mi boca, donde deshacías a tu antojo.
Te di mi vida a tus manos, y morí.
Borraste mi nombre y la fecha en la que entonces
no querías que me fuera.
Y al final fuiste tú quien me dejó desconcertada y desierta.
Me quedé en cada tilde de tus letras, como si no existiera.
A veces tú tan egoísta...
Que no te duela que haga mi vida sin tenerte en cuenta.
Haces de mi pensamiento un laberinto
donde siempre vuelvo a un porqué.
Me intoxico de un bucle de remembranzas
en donde apareces para hacerme doler.
Provocas que muera con sólo unas palabras.
Que mi mundo se pare y ya no haya risas.
Que mi gesto marchite y ya no exista.
Pero de esta secuela,
aprendo que el truco está
en que no te importe que te duela.
Al final de todo, las únicas ganas que tenía eran
de dejar de llorar todas las noches por ti,
y que hubiera alguien que sí me demostrara
su amor por mí.
Pues no sirve de nada construir un altar bajo los pies de nadie,
porque cuando no haces algo bien,
sólo van a contar con lo que estuvo mal.
Siempre elegí complicarme la vida contigo.
Ser quien sostuviera tus defectos
y cuidara de ti, por encima incluso de mi.
Y tú…
tú elegiste descuidarme...
Sé que este es el último adiós.
Mis lágrimas a fuego sobre mi piel
me advierten de enterrar las vivencias que compartimos
para dejar de tenerte presente.
Ya me cansé del dolor que produce quererte.
Aún más de sentirme ausente por este lastre
que causaste al romperme el pecho.
Abriste mi corazón tirando el embalaje,
ahora quedó crudo, sin armas y sin traje.
Cargando con la herida donde disparaste.
Tu imaginación llegó al extremo.
Donde asociaste a la falta de costumbre
como síntoma de amante.
Entre todos los errores, que tú me demostraras con hechos las palabras,
era lo relevante.
Porque más que "te quieros", necesitaba mucho más…
como que me desmenuzaras el alma... abrazándome. Y ya.
Y por supuesto, amores ciegos donde debieras confiarme.
Caigo desde el precipicio por las balas,
donde perdí la cabeza por un tiro de tus armas.
Pero no me rindo, creo en mí, sé que soy capaz
de rendir al orgullo de tenerte,
porque en ti, como pensaba, no habita toda mi suerte.
A veces las cosas tienen que acabar de una manera fea,
para que con el tiempo te alegres,
dándote cuenta de que haber seguido por aquél camino,
era una mala idea.

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