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Bipolaridad



Hoy es uno de esos días bipolares
en los que nada es como el día anterior.
Te miro y no te reconozco.
Tienes una bruma en los ojos de sensación
ensordecedora.
Y ahora es cuando me da miedo preguntar
por nosotros.
Tu boca titubea con excusas rebuscadas
y pareces estar encarnando al desengaño en persona.
Todo empieza a hacerse difuso desde mis labios
y éstos se desdibujan en garabatos.
Tienes una expresión de innegable rechazo
y yo empiezo a hacerme inflamable.
No hables.
Me gustaría.
Porque parece que sé la que se avecina
y mi interior empieza a calcinarse encima
de toda esta calculable polaridad opuesta.
Te filtras por las rendijas de mi piel eriza
y lo que menos quiero es que digas
que voy a tener que echar de menos
a la media luna de tu boca.
Me gustaría no entender tu vocabulario
y poder hacerme la loca.
Pero ya es demasiado tarde.
Entendí tu lenguaje,
aunque no las nociones para esta catástrofe.
Creo que estoy ardiendo,
que mis lágrimas queman mi piel y mi carne.
Y tú ahí.
Alejándote.
Podrás aplaudir tu apuesta,
porque has conseguido desvincularme.
Y yo me quedo bajo la tormenta
preguntándome tantas preguntas
a las que me has dejado sin respuesta.
Y mis manos tan llenas de tanto
y tan vacías de ti.
No me esperaba este cambio.
Ni me lo esperaba así.
Con tus estrechos razonamientos
y mis anchos agujeros en el pecho.
Y enloquezco pensando en cómo volver a conseguirte,
más que en el daño que me has hecho.


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