Carta XXXV

Tenía miedo de fechas donde el amor, en cualquiera de sus formas, emerge con pretextos con fines comerciales. Tenía miedo de las familias guardando puntualmente sus colmillos, para derrochar felicidad aparente. Miedo de las parejas abrazadas a su pasión y a su entusiasmo. A esa gente golpeando copas para celebrar lo incelebrable; porque ser feliz junto a los tuyos no debería de ser excusa para festejar solo en el día de la madre, San Valentín o Navidades. Porque, que no os engañen, es todo un disfraz de amor puntual, orquestado por y para la economía de empresarios. Somos manipulados. Sí, tenía miedo de sentirme sola. De sentir otra vez más a la austeridad de la verdadera emoción, de la verdadera felicidad. Fechas que me ahogaban el corazón recordándome lo que no tenía.

                              Pero este año, es diferente. Estás tú.
                              Y contigo, será fiesta cada día.

*

La vida a veces es algo así como un zapato de claqué desgastado que ya no suena,
y por más que bailas los pies y los golpeas contra el suelo, si tú crees que no tiene arreglo, no lo tendrá. Y te creerás roto y creerás al mundo entero indiferente e inhumano. Y no se trata de creer en lo que crees que ves o en lo que crees que sientes, ni tampoco en lo que te digan, sino, de tener la certeza de que si quieres, puedes.

Carta X

Se escucha el rumor de la vida pasar. Las calles alborotadas con el aleteo libre de los pájaros, los gritos divertidos de niños y el mascullo de los adultos. En algún lugar alguien ha dejado la puerta abierta al amor mientras en algún otro, una pareja discute acalorada en tanto sus corazones gritan meahogo. Y es que, qué es la vida sin la contrariedad de lo que amamos. Cómo podríamos calificar lo importante que es el tiempo junto a quienes lo merecen, sin aprender lo que es perderlo, arrebatado por las dudas, la nostalgia, la soledad o la pena que nos avasalla.

Carta IX

Perdemos demasiado el tiempo comiéndonos la cabeza, dando vueltas a situaciones pasajeras, emociones envueltas en pena, y la vida solo consiste en vivirla, disfrutando de los pequeños instantes que te den fuerza, y que te hagan brotar la sonrisa; en saber decir adiós, poner la justa pasión en cada momento y dar la bienvenida a las cosas que vengan a ponernos el corazón patas arriba, y sin buscar un porqué, solo te quedes con lo bueno. Pero eso, díselo a la tristeza; tan puñetera y tan poco efímera, se queda a mordernos la piel y acabar con nuestro alma, o eso es lo que creemos. Pero nunca debemos pensar que no podemos contra ella, porque podemos.

Carta VII

He querido vivir de los sueños. Y quizá ya sea mayor para las noches de Halloween o para las de los Reyes Magos, y solo me quede la opción de desempolvar los recuerdos de cuando fuimos niños traviesos. Pero joder, mi corazón trota como un Globetrotter, y mientras eso pase, voy a seguir soñando y persiguiendo que esos sueños traspasen la realidad. Que nadie tiene derecho a decirme lo contrario; que ningún obstáculo es para tanto ni yo para tan poco. Que nunca fueron buenas las prisas ni la avaricia, ni la inconstancia, que las mejores cosas se consiguen a pasos cortos, despacito y con buena letra. Mientras, oídos sordos a quienes nos hieren, gritan, señalan o avisan de que el futuro que queremos es imposible, que lo imposible solo existe si piensas, con una indudable certeza, que lo es. Los más grandes muros nos las pone la cabeza, cuando nos traiciona haciéndonos creer que tenemos la incapacidad.

Carta VIII

Soy quien no para de hablar de amor cuando en realidad no sé una mierda sobre amor. Soy la teoría y no el ejemplo. He perdido tiempo enfocando mi concentración en problemas inexistentes o sin importancia, con los que mi cabeza se dejaba dominar. Problemas repentinos en la comunicación, tal vez debidos a mi mal hábito por callar, cuando una vez en mi pasado aprendí que solo así, no sumaba más problemas, pero esa razón no importa ya. Sobre todo porque con ello, me labraba mi peor destino, porque no se trataba de callar, sino, de educar el comportamiento. También las dudas, los miedos y algo así como el shock, me han estado persiguiendo cuando no supe decir "oye, te quiero" en lugar de arrebatarme casi a voces con un "no pasa nada, joder" cuando sí que pasaba algo: mi falta de cabalidad. Y ahora me persigue el arrepentimiento, el tormento por no haberlo hecho mejor, las lágrimas, las malas noches, y no por las tormentas de ahí afuera, sino, por las de mis recuerdos, y el odio que me tengo por no haberlo hecho mejor cuando pude, y en su lugar, decidí no hacer nada e irme.

Cambiar. Lo dije otras veces, pero siempre creí que la otra persona debía entenderme, en vez de darme cuenta de que era yo quien debía de entender que así no solo le hacía daño, me hacía más daño yo, al conseguir perderle. Ni siquiera yo me tolero así, pero no es fácil, y no voy a echarle más la culpa a mis putas cicatrices, la culpa es mía por no aprender de una puta vez que la pena te afecta lo que tú quieras que te afecte. Ahora lo sé. Demasiado tarde, joder.

Quiero ser como Roberto Benigni en La vida es bella, y convertir cada miedo o cada duda en una sonrisa, y dejarme ver solo con positividad; que para amar se requiere de valor, y no me he dado cuenta antes de que si afrontas cada nudo, con una sonrisa, todo sale mejor. Lo juro por mi amor propio, que por todos aquellos miedos no me voy a volver dejar atrapar. Puede que no merezca tu perdón. Y sé que me merezco esto. Pero oye, te quiero.

Carta IV

Cuántas veces nos hemos dicho que mañana sería otro día. Que entonces, todo bien; que lo malo, estaría olvidado. Que entonces actuaríamos. Que entonces seríamos otros con la voluntad de 100 guerreros comiéndose al mundo, y ganando. Me pregunto cuántas caídas necesitamos en la misma piedra, fracturándonos el corazón y abriéndonos la misma brecha, para aprender a ser mejores, o hacerlo mejor. Porque yo he sido incapaz de aprender de un día a otro, aun sabiendo que lo hacía mal, que elegía mal, o que me hacían mal. Soy un ciego con la adicción a no llevar perro guía para hundir mis pies en la misma mierda, de aquella calle a la izquierda. 

Cuando por fin sentimos a la pérdida o al dolor, nos damos cuenta de todo, como si fuésemos un enfermo abriendo los ojos después del coma, entonces, y quizá solo entonces, vemos lo mal que lo estamos haciendo. Actuamos a destiempo, y antes solo queremos hacerlo por la vereda más estrecha, rozándonos las heridas por sus paredes, sangrando hasta que ya no puedes más. Luego llega el arrepentimiento demasiado tarde, cuando la oportunidad ya no te guarda un lugar. mos sin escuchar, vemos sin atender, hacemos sin pensar. Y cuando pensamos razonando, ya nos hemos hecho daño. Siempre, siempre a deshoras, pidiendo perdón por fallar o fallarnos. 

Lo siento, por tardar en aprender que no hay mañana, es ahora.

Noche 63

Cuando está al lado, siento que no tengo por qué estar en guardia. No arde el pecho en llamas, sin avisar de la taquicardia de siempre, cuando siento el miedo a esta vida, con la que mis pies improvisan. Cuando está al lado, olvido el tiempo, o son las horas las que ya no avisan, y así entonces, tengo todas las razones de este mundo para querer quedarme en este invierno, donde siento sus manos cálidas abrazándome, mientras el mundo, a su lado, me parece menos infierno.