Carta VIII

Soy quien no para de hablar de amor cuando en realidad no sé una mierda sobre amor. Soy la teoría y no el ejemplo. He perdido tiempo enfocando mi concentración en problemas inexistentes o sin importancia, con los que mi cabeza se dejaba dominar. Problemas repentinos en la comunicación, tal vez debidos a mi mal hábito por callar, cuando una vez en mi pasado aprendí que solo así, no sumaba más problemas, pero esa razón no importa ya. Sobre todo porque con ello, me labraba mi peor destino, porque no se trataba de callar, sino, de educar el comportamiento. También las dudas, los miedos y algo así como el shock, me han estado persiguiendo cuando no supe decir "oye, te quiero" en lugar de arrebatarme casi a voces con un "no pasa nada, joder" cuando sí que pasaba algo: mi falta de cabalidad. Y ahora me persigue el arrepentimiento, el tormento por no haberlo hecho mejor, las lágrimas, las malas noches, y no por las tormentas de ahí afuera, sino, por las de mis recuerdos, y el odio que me tengo por no haberlo hecho mejor cuando pude, y en su lugar, decidí no hacer nada e irme.

Cambiar. Lo dije otras veces, pero siempre creí que la otra persona debía entenderme, en vez de darme cuenta de que era yo quien debía de entender que así no solo le hacía daño, me hacía más daño yo, al conseguir perderle. Ni siquiera yo me tolero así, pero no es fácil, y no voy a echarle más la culpa a mis putas cicatrices, la culpa es mía por no aprender de una puta vez que la pena te afecta lo que tú quieras que te afecte. Ahora lo sé. Demasiado tarde, joder.

Quiero ser como Roberto Benigni en La vida es bella, y convertir cada miedo o cada duda en una sonrisa, y dejarme ver solo con positividad; que para amar se requiere de valor, y no me he dado cuenta antes de que si afrontas cada nudo, con una sonrisa, todo sale mejor. Lo juro por mi amor propio, que por todos aquellos miedos no me voy a volver dejar atrapar. Puede que no merezca tu perdón. Y sé que me merezco esto. Pero oye, te quiero.

Carta IV

Cuántas veces nos hemos dicho que mañana sería otro día. Que entonces, todo bien; que lo malo, estaría olvidado. Que entonces actuaríamos. Que entonces seríamos otros con la voluntad de 100 guerreros comiéndose al mundo, y ganando. Me pregunto cuántas caídas necesitamos en la misma piedra, fracturándonos el corazón y abriéndonos la misma brecha, para aprender a ser mejores, o hacerlo mejor. Porque yo he sido incapaz de aprender de un día a otro, aun sabiendo que lo hacía mal, que elegía mal, o que me hacían mal. Soy un ciego con la adicción a no llevar perro guía para hundir mis pies en la misma mierda, de aquella calle a la izquierda. 

Cuando por fin sentimos a la pérdida o al dolor, nos damos cuenta de todo, como si fuésemos un enfermo abriendo los ojos después del coma, entonces, y quizá solo entonces, vemos lo mal que lo estamos haciendo. Actuamos a destiempo, y antes solo queremos hacerlo por la vereda más estrecha, rozándonos las heridas por sus paredes, sangrando hasta que ya no puedes más. Luego llega el arrepentimiento demasiado tarde, cuando la oportunidad ya no te guarda un lugar. mos sin escuchar, vemos sin atender, hacemos sin pensar. Y cuando pensamos razonando, ya nos hemos hecho daño. Siempre, siempre a deshoras, pidiendo perdón por fallar o fallarnos. 

Lo siento, por tardar en aprender que no hay mañana, es ahora.

Noche 63

Cuando está al lado, siento que no tengo por qué estar en guardia. No arde el pecho en llamas, sin avisar de la taquicardia de siempre, cuando siento el miedo a esta vida, con la que mis pies improvisan. Cuando está al lado, olvido el tiempo, o son las horas las que ya no avisan, y así entonces, tengo todas las razones de este mundo para querer quedarme en este invierno, donde siento sus manos cálidas abrazándome, mientras el mundo, a su lado, me parece menos infierno.

Consecuencias

Te lo advertí.
Tú preferías hacerme daño
mientras yo te recordaba que amar era de dos.
Esta vez, puede que no te sepa perdonar ni Dios.

Noche 62

Salto como los gatos, sin vértigo,
por su cintura, de una curva a otra.
Mis manos inflamables con el viento desértico
que desprende su piel, y la ropa sobra.

Me dice que me quiere con sus labios manchados
de una ilusión diferente a la que antes yo había visto.
Mis ojos osados le miran fijamente,
así puedo sentir cómo emocionalmente, le desvisto,
y aunque no lo nota,
tengo miedo de no ser lo que quiere,
o lo que necesita,
y eso tal vez me hiere
por dentro.

Me mira.
Me mira como antes no me miraba
y pienso, que debe de haber perdido la cordura,
y su mirada alunada me abraza como nadie me abrazaba.

Yo le devuelvo
fuerte
el abrazo,
por si acaso
nunca deja de quererme.

Noche 60

Ella es como un marinero que busca su puerto
temiendo las vistas de un futuro menesteroso.
Tan puerco como mentiroso
el primer vistazo hacia las rejas que le invaden
en su depresivo negativismo.
Sus pies buscan el abismo
como un suicida feliz por romperse los huesos
y dejar de hacer voletear sus alas nunca desplegadas
por miedo al qué dirán.
Yo sé que podría dejar todos esos miedos atrás
y saltar volando,

pero ella
todavía no lo sabe.

Abre su cajón de sonrisas fingidas,
y las luce como si la infelicidad fuera del tesoro, la calderilla.
Pero sufre, sufre cada roce sobre sus heridas
y le cuesta un mundo salir por la puerta y poner la mejor mejilla,
y aún así, lo hace.

En algunas ocasiones dijo que
no estaba hecha para esta vida;
parecía una rueda desinflada sin boquilla
para poder llenar de aire.
Y es posible que no estuviera hecha para esta vida
donde pisa Tierra y no Marte.
Que amarle es tan fácil como complejo,
pero se rinde si le tocas solo con mirarle.
Pequeña extraterrestre de dudas infinitas
que casi nadie sabe ganarse.

Ella puede coger su mochila con el peso que elija;
con dudas o sin ellas, ella es quien suma o quien resta;
sé que puede atreverse y ganarse a este mundo con su bandera fija
en sus sueños, donde puede hacerlos realidad,

pero ella,
todavía no lo sabe.

Noche 59

Somos,
el veneno y la cura.
La caída y el paracaídas.
La herida y la grapa que sutura.

Nos hemos enfrentado a los monstruos internos
que nos ardían por dentro
queriendo vencernos.

Les dimos de lado
y nos pillaron de nuevo, más tarde.
Volvimos a ser el enemigo cobarde
y montamos en aquel mismo altibajo, de nosotros, aferrado.

Pero siempre hemos tenido claro,
que todo aquello era nuestra manera de aprender ser mejores.
Y que separarnos, no es la opción que quiere, ni la que yo barajo.
Lo peor, siempre, es dejar la puerta abierta a los viejos errores.

Noche 58

Creo que prefiero matarme contigo
intentando entendernos,
que soportar el vacío tan triste que se queda
cuando tú te vas.

Imagino que todos los susurros hablan de mí.
De lo triste de mis ojos.
Y de lo raro que actúo últimamente.
Y es que no soy la misma persona desde que no estás.